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Según el autor se duplicaría la repercusión social original sentida frente a la muerte de Cristo y el hipotético crimen de Moisés. El patrón de conducta sería:
1) shock universal y profundo duelo, todo se detiene. 2) Culpa masiva, todos elogian al líder muerto, se magnifican sus virtudes y se nulifican sus vicios. 3) Necesidad de inmortalizarlo y restituirlo para negar el hecho, uso de plegarias especiales y símbolos como llama eterna, nominación de aeropuertos y edificios, fundaciones y bibliotecas. 4) Vuelta lápida a la normalidad, rápido olvido que expone el deseo inconsciente de muerte al líder. La tendencia al pronto olvido está contrabalanceada con aniversarios y ceremonias. Se observa notoria escasez de sueños después del asesinato tanto de analistas como de analizados. La privación de sueños servirá a la negación del impacto emocional. La continuada exposición en televisión durante tres días habría servido como válvula de escape a la ansiedad inmanejable hasta recuperar el yo. Parece que las personas con problemas homosexuales profundos, hombres y mujeres, pudieron soñar más y sueños más perturbadores. O eran mejor recordados. Se identificaron con víctima y victimario. Los impulsos de matar al padre y la fantaseada venganza originarían la emasculación defensiva. La heterosexualidad, incesto simbólico, llevaría a la muerte. En cuanto a Oswald, reuniendo los pocos elementos: hijo menor y consentido que nunca conoció al padre. Puede haber matado al padre que lo abandonó, o identificado a Kennedy con su madre oportunista, egoísta y no confiable. El período de comportamiento desordenado de los últimos años muestra el intento de abandonar la madre al expatriarse a Rusia y casarse. Debió sin embargo volver a la Madre Patria. Al ser padre sus temores se agudizaron. Entró en pánico y ya no podía liberarse de la madre y los crímenes con ella. Intentó matar al General Walker, pero no lo logró. Más desesperado aún: era matar o ser muerto. Mató a Kennedy pero no fue ba