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Dice el autor que es de observación común un hecho que aún no ha sido satisfactoriamente explicado, y es el de que terapeutas novicios, sin mayor experiencia ni conocimientos, pueden tener éxitos con casos ante los cuales experimentados analistas suelen fracasar. En esto suele tener que ver, la capacidad previa del terapeuta en establecer buenas o malas relaciones interpersonales, por su personalidad, inteligencia y salud mental y emocional.
La liberación de un Yo más o menos débil, aprisionado por reacciones irracionales repetitivas, no puede lograrse mediante la ocasional toma de conciencia de dichas reacciones, con abreacción emocional concomitante frente a sus causas históricas.
La eficacia de la terapia parece depender más bien de dos factores principales: a) El modelo de actitud y puntos de vista sanos que el analista pueda ofrecer a su paciente en la hora analítica; b) La habilidad del terapeuta en influir, no sólo verbalmente, sino en toda su conducta, para cambiar la conducta del paciente.
Sólo podemos llamar verdadero insight, a aquel que se acompaña de un cambio real en las identificaciones profundas del paciente, expresadas en su conducta.
Si definimos la comunicación interpersonal como “la respuesta de una persona al estímulo provocado por otra”, podríamos decir que las respuestas inadecuadas del neurótico están basadas en la identificación con imágenes parentales, que a su vez respondían con algún patrón de selectividad negativo frente a la necesidad de comunicación del niño. Spiegel llama a esto “comunicación disyuntiva”, y el resultado es la influenciación insidiosa, hacia una visión distorsionada de la realidad. Normalmente, alrededor de los seis años, un niño ya posee la estructura básica de comunicaciones de su grupo social. Pero ya desde los primeros días de vida, pueden demostrarse respuestas reflejas, condicionadas por medio ambiente, sobre todo en lo referente a la alimentación. Desde entonces, no sólo las reprimendas o halagos, sino también gesto