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En los primeros días de 1910, Freud escribía a Pfister: “Este año no es todavía bastante viejo como para que yo no pueda iniciar mi carta deseando que sea para usted un año merecidamente feliz. En cuanto a lo que yo me deseo a mí mismo, que es conseguir en su transcurso otros amigos como usted, me parece demasiado presuntuoso como para que hayan posibilidades de que se realice”.
Ante una carta así ¿quién no desearía haber estado en el lugar de Pfister y de este modo disfrutado de la amistad de Freud? La personalidad de Freud que se trasluce en sus obras, donde éste hace referencia a algunos episodios de su vida muy significativos, parece tan placentera que no se puede menos que sentir que el hecho de moverse en su intimidad llenaría a cualquiera de enorme satisfacción. Se comprende que Pfister respondiese, si alguno le preguntaba cuál es el mejor lugar del mundo, que viviese con Freud.
Lo que más se aproxima a la realización de un anhelo de estar con Freud, de poder compartir su vida y de acompañarle en sus quehaceres, es introducirse, lo más hondamente posible, en lo que nos queda de su intimidad, como sus cartas. Aparte de constituir un prodigio de belleza literaria, éstas tienen contenidos que permiten seguir a Freud, durante años, en sus movimientos cotidianos, creadores y llenos de afectos valiosos, eminentemente vitales.
Hasta la actualidad han aparecido sólo cuatro grandes conjuntos de cartas de Freud. El primero, De los comienzos del psicoanálisis, reúne aquellas que dirigió a su amigo berlinés, el médico Wilhelm Fliess, entre los años 1897 y 1902. Dicho médico fue una figura muy importante para Freud, aunque sólo por constituir su objeto transferencial paterno, cuando Freud se autopsicoanalizaba.
El segundo conjunto contiene algo más de cien cartas, de diferente época e índole, muchas de las cuales están dirigidas a la que luego fue su esposa. Ya esta enunciación da a entender lo interesante que ron para conocer la personalidad de Freud.
En el tercer