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El anhelo de narcóticos es la más maligna de las adicciones: presenta la dinámica de la enfermedad en su forma más pura y revela mejor que otras las dificultades para su terapia.
Glover [7] clasifica las adicciones a narcóticos como estados transicionales malignos entre las psiconeurosis y las psicosis, pero aparentemente no las considera tanto una entidad patológica cuanto un complejo sintomático que puede ser incluido, por lo tanto, como parte de diversos trastornos psíquicos. Éstos comprenden la esquizofrenia, los estados depresivos, las psiconeurosis, las perversiones, los estados “fronterizos” y los “trastornos del carácter”. Como el rasgo común de los procesos de adicción es la impulsividad, generalmente se los incluye en la categoría de los trastornos del impulso, de los cuales son un claro ejemplo.
“Los adictos actúan como si cualquier tensión fuera un peligroso trauma. Sus acciones no están dirigidas (o están menos dirigidas) hacia la finalidad positiva de alcanzar un objeto, sino hacia la finalidad negativa de librarse de la tensión; su finalidad no es el placer sino la interrupción del dolor. Sienten cualquier tensión tal como el bebé siente el hambre, es decir, como una amenaza a su existencia misma” [4] (p. 368).
Las observaciones de Fenichel son dignas de énfasis, porque se ha dado demamada importancia a la simple búsqueda del placer entre los adictos. Por cierto que el hecho de inyectarse un narcótico es gratificante para el adicto, pero el placer obtenido es una euforia patológica, químicamente inducida, que eclipsa la desesperada necesidad de escapar de una tensión intolerable. Gifford, en un trabajo sobre el sueño, el tiempo y el yo temprano, comenta: “La predisposición a la adicción … tiene un interés especial, porque la necesidad de reducir las percepciones de la realidad, de abolir el sentido del tiempo, y de retirarse del contacto humano, sugiere la existencia de un período temprano en el cual las