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Luego de señalar la dificultad de ser el hijo de un hombre genial, Martin Freud hace una brevísima descripción de sus tíos y de sus abuelos paternos, Jakob y Amalia. De esta última el autor recuerda su gran vitalidad, emotividad e impaciencia, aun en los últimos años de su larga vida. Relaciona estas particularidades de su carácter con su origen racial y dice al respecto: “Los judíos galitzianos tenían poca gracia y carecían de modales y sus mujeres no eran por cierto lo que denominaríamos ‘damas'. Eran muy emotivos y se dejaban dominar fácilmente por sus sentimientos. Pero, aunque en muchos sentidos parecían ser, para la gente más civilizada, bárbaros e indómitos, de todas las minorías fueron los únicos que enfrentaron a los nazis. Fueron hombres de la raza de Amalia los que combatieron al ejército alemán en las ruinas de Varsovia; y se puede decir que cuando se oye hablar de judíos que muestran violencia o beligerancia, en vez de humildad y lo que parece débil aceptación de un destino cruel, es posible sospechar con seguridad la presencia de hombres y mujeres de la raza de Amalia. No es fácil vivir con esta gente, y mi abuela, verdadera representante de su raza, no era una excepción. Tenía gran vitalidad y mucha impaciencia; tenía hambre de vida y un espíritu indomable. Nadie envidiaba a la tía Dolfi, cuyo destino era dedicar su vida al cuidado de una madre anciana que era un huracán”.
Recuerda las animadas fiestas familiares en el piso de su abuela que se realizaban en Navidad y Año Nuevo (Amalia ignoraba las fiestas judías) y la tensa expectativa que invadía a la anciana en las últimas horas del día, mientras esperaba la llegada de su hijo Sigmund. No recuerda que éste haya dejado de ir alguna vez a esas reuniones.
Relata el autor que la familia Freud, luego de abandonar la pintoresca ciudad morava de Freiberg, se alojó en el atestado y sucio barrio judío vienés de Leopldstadt. El respeto que Jakob y Amalia Freud tenían por los estudios y la inteligencia de su pri