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El autor señala que los episodios psicóticos son más frecuentes de lo que la escasa literatura sobre el tema permite suponerlo. Afirma que no se trata necesariamente de fracasos, ni tampoco de la micropsicosis en el curso de la sesión, con referencia a lo cual cita a W. Baranger. Afirma que tales episodios son menos comunes en la medida
en que se diagnostican y tratan mejor las casos borderline. Cita tres breves ejemplos y luego uno más extenso como modelo de esta psicosis transferencial. Como indicaciones técnicas sugiere no comenzar un análisis sin un buen diagnóstico previo, e incluir a veces entrevistas con algún familiar o pruebas psicológicas. Un período de análisis de prueba puede aclarar dudas. Debe ponerse atención en el uso de la negación, la distorsión y la proyección masiva. Las parapraxias, los violentos cambios de humor y las explosiones de agresión primitiva mal contenida, las regresiones rápidas y profundas y la emergencia de material reprimido mal o nada disfrazado, son señales de alarma.
Cuando se ha reconocido o sospechado el potencial psicótico, la conducta futura dependerá del analista. Puede abandonar el campo o adaptarse a las circunstancias. Confinarse a objetivos limitados de terapia de apoyo, o continuar el tratamiento y la quiebra de las defensas. En estos casos la perturbación psicótica puede ser inevitable. Es el precio que ambos deben pagar. La provocación de la psicosis puede disolver la armadura y remodelar la personalidad en mejores condiciones. El manejo de la transferencia es de importancia capital, especialmente la transferencia erótica y la hostilidad. El caso puede requerir hospitalización o medicación tranquilizante. Hay que enfatizar como punto principal la flexibilidad de la personalidad del analista. Los cambios de frecuencia, la posición y la cantidad de actividad terapéutica, más la necesidad de ser generalmente cálido y empático, llevarán las exigencias más allá del llamado del deber. Además hay que prever la necesidad d