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Hasta el momento la hipocresía ha sido —con excepción de la descripción hecha por E. Bergler 5 y las breves referencias de M. Klein 11 y H. Segal 17—un tema cuya magnitud ha pasado inadvertida tanto desde el punto de vista de su dinámica como en relación con los aspectos técnicos que derivan de su particular modo de comunicación.
Puesto que presento la hipocresía como un trastorno del carácter y no como un simple rasgo del mismo (y con esto quiero decir que abarca al carácter en su totalidad y en su formación), me ha parecido necesario poner también cierto énfasis en la interacción del paciente con su ambiente o, dicho de otro modo, con los acontecimientos “externos”, desde que, debido a la intensidad de los mecanismos de proyección (y a la propia experiencia infantil del hipócrita), éste intenta crear el ambiente adecuado a su trastorno. Así, necesariamente éste será el ambiente transferencial en el cual ha de trascurrir el tratamiento, hasta tanto se defina y aclare la perturbación del carácter. En este sentido, “el campo estará enfermo de hipocresía” 4, y ello en la medida en que este concepto abarca transferencia y contratransferencia.
Este trabajo va más allá del intento de establecer una tipología; tiende en cambio a recalcar la fijeza de un trastorno que en primer término ataca la esencia del análisis.
Existe un gran repudio social en relación con la hipocresía, y supongo que esto ocurre en la medida en que perturba profundamente (o amenaza) las relaciones entre las personas y confunde acerca de los valores éticos y morales. Sin embargo, en determinadas circunstancias parece aceptable “un cierto grado de hipocresía” No creo que en este último caso se trate de aquel trastorno, puesto que la característica de dicho trastorno consiste en que la hipocresía es permanente, lo que no se contradice con el hecho observado de que puede ser también una fase transitoria de la infancia o del análisis.
Desde el punto de vista de la técnica analítica, considero que