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La aportación de Grinberg y colaboradores se suma a la fuerte corriente de nuevos descubrimientos y orientaciones en la investigación de los sueños y añade valiosos y originales enfoques para entrar a comprender mucho de lo que sólo ahora sabemos con precisión, es decir, que debemos dedicar casi dos horas de las veinticuatro diarias del adulto a soñar para mantener nuestro precario equilibrio psíquico. Como lo señala Fisher 1: “Parece haber una necesidad básica de lograr una cantidad de sueños bastante fija todas las noches” y además “podría decirse que si bien Freud tiene razón al afirmar que el soñar resguarda el dormir, en un sentido más fundamental, el dormir preserva el soñar, esto es, permite la descarga del ciclo onírico básico”.
El trabajo de Grinberg y colaboradores resulta sintético, quizá demasiado sintético para la riqueza temática que abarca y sugiere. Resulta también altamente estimulante y nos ubica ante una renovada disección de los sueños. Se resumen velozmente de entrada las ideas esenciales en la moderna conceptualización del soñar. Las anticipaciones de Freud y sus planteos precisos para el análisis de la “vía regia” hacia el inconsciente han encontrado ya más que corroboraciones y metodologías dentro de las ciencias llamadas experimentales. El descubrimiento del REM añade un nuevo y enorme capítulo para el conocimiento del psiquismo primitivo donde se sitúa esa magnífica y conservada estructura arcaica que son los sueños. Creo que podemos ya afirmar que el individuo se inicia en un mundo alucinatorio proyectivo expresado a través de un 100 por ciento de REM en la vida fetal y que en la medida del desarrollo de la capacidad adaptativa del niño a la realidad exterior, va disminuyendo la naturaleza alucinatoria de sus objetos en tanto adquiere una mayor integración con los objetos reales equivalentes externos. Esto resulta del juego proyectivo-introyectivo entre objeto interno y externo por las modificaciones que la realidad impone a los objetos int