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La enorme trascendencia y significación de los cambios, símbolo de nuestros días, y el rápido pasaje del cambio científico, a menudo de carácter revolucionario, a su fase práctica, que incide sobre el hombre modificando a veces todas sus perspectivas y criterios, hacen justificables los modernos conceptos pedagógicos de “educación para el cambio”. Pero indiscutiblemente actualizan, por otro lado, desde el punto de vista psicológico y psicoanalítico, la necesidad de redefinir los conceptos centralizadores e integradores de la mente humana. Esto justifica el renovado interés del psicoanálisis por el tema de la identidad y las palabras de Erikson cuando nos dice: “El paciente de hoy sufre sobre todo con el problema de en qué debe creer, qué debe llegar a ser, mientras que el paciente de la primera época del psicoanálisis sufría sobre todo por las inhibiciones que le impedían llegar a ser lo que él pensaba que era”.
Esta problemática producto de la evolución ha alcanzado a todos los campos del quehacer humano. La profesión médica como tal sufre dicha influencia.
Las connotaciones e implicaciones emocionales del ejercicio profesional asumen para el médico un carácter agudo y exigente de límites bien definidos. Ser médico —dice Simmel 22— parece ser un ideal muy apetecible que satisface muchos intereses del Ello. Desde un punto de vista infantil le está permitido al doctor emplear todos los mecanismos de placer que al niño le están negados. El médico puede ver a la gente desnuda, puede explorar todo lo excrementicio y manejarlo, sabe y puede explorar todos los misterios de la diferencia de los sexos, conoce como nacen los chicos, etcétera. Para la mente infantil, tiene, pues, un atractivo que Simmel equipara al omnipotente dominio del pene paterno sobre el cuerpo de la madre. Además, como lo señala Nunberg 20, en estas fantasías juega todo lo mágico de las zonas erógenas.
Frente a estas fantasías, cuyo grado de elaboración parecería no muy d