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En sus comentarios iniciales, Warner Muensterberger señaló que desde el comienzo de la historia del psicoanálisis, tanto Freud como Abraham demostraron interés por aplicar los criterios analíticos a campos que se encontraban más allá de la situación clínica. Con todo, lo que ha dado nuevo ímpetu a la preocupación psicoanalítica por los ciencias sociales es la comprensión más profunda de aspectos especíales del Yo, tales como su función organizadora y sus propósitos adaptativos generales en relación con los problemas de la vida. Muensterberger subrayó un aspecto esencial de todo el debate, esto es, el problema relativo a la manera correcta de aplicar el enfoque psicoanalítico a los problemas sociales. Mencionó las diversas conexiones entre el psicoanálisis y las ciencias sociales y afirmó que todos los casos clínicos estudiados por el análisis incluían numerosas variables sociales y culturales. Pero también planteó si el analista que entra en el campo de los problemas sociales está en condiciones de desarrollar hipótesis y hacer recomendaciones. Por otra parte, cuando otros estudiosos, por competentes que sean en su propio campo, utilizan conceptos analíticos, pueden aplicarlos de modo superficial y mostrar intensa resistencia frente a una verdadera comprensión de la motivación inconsciente. El analista está obligado a manejar los problemas sociales desde un punto de vista psicoanalítico pero, si no logra familiarizarse acabadamente con todos los aspectos teóricos y técnicos del campo de investigación, su papel puede transformarse fácilmente en el de un “buen samaritano” de corte humanitario, que pierde de vista su meta científica neutralizada.
A pesar de tales complicaciones, el psicoanálisis tiene algo especial para ofrecer. En antropología, por ejemplo, cierto conocimiento del psicoanálisis lleva a plantear nuevos interrogantes, a comprender la conducta psicosocial desconcertante y a enriquecer la ciencia del hombre con nuevos puntos de vista.
Según Muensterberger,