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Los datos estadísticos son más o menos los mismos del trabajo “El suicidio en los estudiantes universitarios”.
Un estudio de las razones que daban los miembros de la familia de los suicidas reveló que en el 50 por ciento de los casos había continuos problemas y dificultades entre el suicida y sus padres, o conflictos con su pareja. Estas dificultades parecían ser un miedo anticipado al rechazo o sentimientos de rechazo en jóvenes muy sensibles. El 28 por ciento había estado deprimido o mentalmente enfermo durante algún tiempo. En ningún caso hubo pruebas de que estuviera preocupado por problemas en el colegio, ni indicaciones del uso o abuso de drogas. En el 22 por ciento de los casos los jóvenes eran hijos de padres divorciados. Todos los suicidios se produjeron en la casa de la víctima y en todos los casos menos tres (sobre un total de diecinueve) el arma suicida era un revólver perteneciente al padre.
El 44 por ciento dejó una nota, generalmente a uno de los padres (porcentaje mayor de notas que el que se encuentra entre los adultos: 30 por ciento), y uno o ambos padres estaban en la casa en el momento del suicidio. Es evidente que existía una gran falta de comunicación entre los padres y su hijo, o más exactamente, que existía una barrera para toda comunicación efectiva. Frecuentemente los varones de este grupo tenían padres rígidos, ambiciosos, que premian el éxito y la masculinidad, y tenían conflictos respecto a su identidad y educación sexuales. Las exigencias parentales producían un debilitamiento del sentido de identidad. Frecuentemente hay en estas casas revólveres que simbolizan, para el padre, su masculinidad.
Uno de estos padres había dicho a su hijo de 19 años: “Si no te puedes arreglar