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Comenzaremos esta aportación haciendo una breve reseña evolutiva del concepto de Ideal del Yo. En cualquier sentido que Freud haya utilizado el término, siempre tuvo el significado de una instancia en la mente que trata de recapturar permanentemente la perfección narcisista de la infancia. Este es un concepto que Freud nunca cambió.
En su trabajo Introducción al narcisismo , Freud nos dice que durante su crecimiento el niño se ve contrariado tanto por la admonición de los otros como por el despertar de su propio juicio crítico. De esta manera siente que ya no puede retener la creencia en su propia perfección y entonces trata de recuperarla al restablecerla dentro de sí en forma de un Ideal del Yo. Desde entonces, el autoamor que ha gozado en su infancia el Yo verdadero se dirige hacia esta instancia. El narcisismo del sujeto hace su reaparición trasladado a este nuevo Ideal del Yo, al que, como el infantil, se considera poseedor de todas las perfecciones.
Freud diferencia la formación de este Ideal del Yo, que concierne al objeto (o al Yo), de la sublimación, que concierne al instinto y dirige el impulso a un fin distinto del de la satisfacción sexual. Agrega que el Ideal del Yo favorece la represión, puesto que constituye una identificación con aspectos no sexualizados del padre, y que existe otra instancia que “observa” si se realiza esta satisfacción narcisista y compara constantemente al Yo verdadero con este ideal. Ubica el origen de este “observador” en la influencia crítica de los padres y sus equivalentes: educadores, maestros, etcétera, y lo denomina función de autoobservación.
En El Yo y el Ello , hace su primera aparición el término Superyó como sinónimo de Ideal del Yo, con un marcado énfasis sobre las funciones