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Como otros conceptos introducidos por el psicoanálisis, el de la idealización carece, a mi juicio, de una definición clara; en consecuencia, resultan un tanto vagos los rasgos característicos que se le asignan a los objetos idealizados y hasta los procesos dinámicos que los sustentan.
Freud 5 señaló, por primera vez, la idealización distinguiéndola netamente de la sublimación. “La sublimación, dice, es un proceso que se desarrolla en la libido objetivada y consiste en que el instinto se orienta sobre un fin diferente y muy alejado de la satisfacción sexual. Lo más importante de él es el apartamiento de lo sexual. La idealización es un proceso que tiene efecto en el objeto, engrandeciéndolo y elevándolo psíquicamente, sin transformar su naturaleza. La idealización puede producirse tanto en el terreno de la libido del Yo como en la libido objetivada. Así, la hiperestimación del objeto es una idealización del mismo.” Cuando se trata de la primera posibilidad o alternativa, es decir, la idealización en el terreno de la libido del Yo, nos encontramos frente a la construcción de un ideal dentro del Yo, en el que el narcisismo infantil aparece desplazado y el ideal dotado de todas las perfecciones. “Aquello que proyecta ante sí como un ideal, es la sustitución del perdido narcisismo de su niñez, en el cual era él mismo su propio ideal.” Algunos años más tarde Freud précisa, todavía más, el desarrollo de este proceso y posteriormente, con la introducción del concepto de Superyó, da un nuevo e importante giro a las consideraciones sobre este mismo tópico. En primer término veamos cómo se expresa respecto al amor objetal 6. “Dentro de este enamoramiento nos ha interesado’ desde un principio el fenómeno de la ‘superestimación sexual’, esto es, el hecho de que el objeto amado queda sustraído en cierto modo a la crítica, siendo estimadas todas sus cualidades en un más alto valor que cuando aún no era amado”. Y agrega luego: “el Yo se hace cada vez menos exigente y más modesto, y