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Uno de los hechos más salientes en la etapa actual de desarrollo del psicoanálisis es la gran variedad en la técnica de los analistas, especialmente en lo que se refiere al uso de lo que se ha llamado su instrumento fundamental, la interpretación.
A través de las publicaciones se puede apreciar que los analistas interpretan con grandes diferencias en la forma, en el contenido y en la frecuencia, lo que parece ser el resultado de fundamentos teóricos muy distintos.
De manera muy esquemática se ha dividido en los últimos años a los analistas, según su conducta en este aspecto, en clásicos y kleinianos. Como es sabido, las principales diferencias se basan en ciertas teorías sobre el desarrollo mental primitivo, en la importancia adjudicada a la fantasía inconsciente y ciertos mecanismos de defensa y, lo más importante desde el punto de vista que nos ocupa, en la forma precoz en que se establece la transferencia. Lo que parece ser común a la gran mayoría es el reconocimiento del papel central de la neurosis de transferencia y la sobrevaloración, casi mágica, de la interpretación. Fundamento esta última opinión en el hecho de que casi todos los autores parecen creer que, si se la utiliza en forma adecuada, ella es capaz de resolver la gran mayoría de los problemas que se presentan en los análisis, pero pocos se han planteado la cuestión acerca de cómo opera. Más aún, estimo que hay dos hechos importantes en relación con esto que no han sido reconocidos en forma explícita: 1) que la interpretación es una función en el sentido matemático del término, es decir que su valor depende de otra variable, y 2) que el tratamiento analítico se desarrolla por medio de una comunicación entre dos personas, en la que la verbalización es un aspecto importante, pero no exclusivo.
La variable a la que me refiero, de la que toma su valor la interpretación, es la “relación analítica”. Entiendo por tal al vínculo que se establece entre analista y analizando, que incluye a los fenómenos de transf