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En este trabajo me referiré a la capacidad o la falta de capacidad, para utilizar mecanismos proyectivos.
Es mucho lo que se ha escrito sobre el desarrollo gradual de la posibilidad de relacionarse con objetos, que constituye un logro en términos de la evolución emocional del individuo. Por un lado, se supone que dicha actividad tiene una base instintiva, en cuyo caso el tema incluye toda la gama ampliada que resulta del uso del desplazamiento y el simbolismo. No es necesario volver a examinar todos estos puntos, muy bien expuestos en la literatura psicoanalítica clásica. Por otro lado, se supone que al comienzo de la vida existe una situación en la que el objeto aún no está separado del sujeto. Se trata de un estado al que se designa como fusión cuando se vuelve a él luego de una separación, pero cabe pensar que, al comienzo, existe una etapa por lo menos teórica previa a la separación Yo - no Yo. Desde el punto de vista del observador, quizá ya haya aquí una actividad de relación con los objetos, pero es necesario recordar que, al principio, el objeto es un “objeto subjetivo”. Utilizo este término para referirme a la discrepancia entre lo que se observa en la actividad de relación con los objetos y lo que el bebé experimenta.
En el curso del desarrollo emocional, el individuo alcanza una etapa en la que puede decirse que ya constituye una unidad. En el lenguaje que utilizo, se trata de una etapa de “Yo soy”**, y asume extrema importancia debido a que el individuo tiene que ser para poder hacer. El “yo soy’” debe preceder al “yo hago”, pues de otra manera “yo hago” carece de significado para el individuo. Se supone que estas etapas del desarrollo se van alcanzando gradualmente muy al comienzo de la vida, pero reciben el refuerzo del Yo materno y, por ende, tienen en esos tempranos estadios una fuerza debida al hecho de que la madre se adapta a las necesidades del niño. (En otro trabajo *** he tratado de mostrar que tal adaptación a las necesidades no significa tan só