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Me ha sido muy satisfactorio estudiar detenidamente el concienzudo comentario de Diego García Reinoso, cuyos detalles quiero valorar en esta respuesta, aunque por
motivos de espacio me veo obligado a dejar de lado algunos de sus aspectos, tales como sus consideraciones generales acerca de la génesis de las enfermedades psicosomáticas, de la influencia de los impulsos destructivos (la libido por sí sola no puede provocar conflictos; por eso hablo de la concepción tánato-libidinosa) y también sus conceptos referentes a una discutible confusión originaria entre cuerpo y objeto en las primeras etapas del desarrollo de un individuo. Con respecto a esto último, me inclino más bien a pensar que ya desde su nacimiento el bebé tiene objetos y, claro es, vínculos con ellos, y que además establece distinciones entre él y sus objetos, aunque con errores en sus juicios discriminatorios en momentos de conflicto. Por otra parte, no sé a lo que D. G. R. se refiere, cuando menciona la persistencia de la primera teoría de la angustia (la referente a la libido reprimida que se transforma en angustia), en la que probablemente no cree ya ningún psicoanalista, cuando se refiere a las enfermedades psiconeuróticas o psicosomáticas. Tampoco comprendo bien qué quiere expresar con lo de prescindir del concepto de objeto interno en la teoría kleiniana o con lo de que sea posible, en algún momento, dejar de lado en alguna teoría lo referente a las relaciones de objeto.
D. G. R. considera el pronóstico del infarto de miocardio “singularmente más grave que el de una úlcera gástrica” y no comprende cómo una “maduración libidinosa” puede traer como consecuencia el paso de la úlcera al infarto. Ante todo, quiero insistir en la existencia de mayor madurez libidinosa —lo que no significa madurez en toda su personalidad— en B en la época que precedió al infarto que en la precedente a la úlcera. Se había independizado más de su madre y de otros familiares, lo que se correlacionaba con su mayor capacidad