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Me resulta muy propicia esta ocasión para comentar un trabajo del doctor Angel Garma, uno de los analistas más conocidos y respetados en el mundo entero. Leyendo su relato y antes de hacer observaciones, debo admirar su ánimo y su dedicación a emprender el tratamiento de un paciente tan seriamente perturbado y tan cercano a la psicosis.
Es posible que esta admiración mía contenga ya una duda inicial. No tanto porque el autor aceptó tal paciente borderline para analizarlo —yo tomo la decisión de analizar a un paciente con independencia de su diagnóstico—, sino porque el tratamiento mismo y las interpretaciones reflejan que Garma considera a este paciente como un perverso, en el sentido clásico de Freud. Su propia base teórica, centrada en los instintos, descuida los grados de patología que se manifiestan en las capacidades defensivas y adaptativas del Yo y en las relaciones de objeto. Aun la idea de que la fase instintiva oral-dependiente sea seguida por la oral-genital y no por la oral-agresiva, acentúa esta diferencia y evaluación clínica.
Yo misma considero que la homosexualidad de B se debe no solamente a su culpa y autocastigo, sino que es un síntoma principal y una defensa primaria —entre otros— contra la psicosis. Una defensa muy débil que necesitó además las defensas somáticas que culminaron en la oclusión coronaría. En la actividad muscular exagerada que precedió al infarto me parece ver nuevamente una señal amenazadora de la descompensación de las funciones yoicas y de la inminencia de una psicosis. Pienso que fue ese peligro el que empujó al enfermo a buscar el análisis.
Además, el infarto es el último de una serie de síntomas del sistema simpático que consistía en constricciones vasculares. La úlcera, así como las jaquecas y los dolores supraorbitarios, forman esta serie. En mi opinión, son parte de una reacción de huida. Huye de la madre mala persecutoria, aunque al mismo tiempo sufre de angustia de separación. Jamás tuvo ocasión de establecer relaciones bu