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El cambio individuai, considerado como respuesta a la aceleración del cambio colectivo, es la gran prueba a la cual está sometido el hombre de hoy (Klineberg y Stoetzel, Swanson, Newcomb, Hartley y otros). Evidentemente la psicología ha aportado una importante contribución respecto de este problema (maduración, aprendizaje). Pero sólo el psicoanálisis parece capacitado para describir de cerca las manifestaciones del cambio individual y aprehender sus limitaciones.
El cambio individual no aparece en primer plano en el pensamiento psicoanalítico; se sitúa como un subproducto de la investigación, subproducto tal vez deseable pero no directamente considerado. El pensamiento psicoanalítico se ha dedicado preferentemente a los obstáculos que traban el proceso analítico, por ejemplo a la compulsión de repetición. Ha descuidado relativamente las manifestaciones del cambio individual, los procesos que lo determinan. Ahora bien, es innegable el interés práctico y teórico del cambio.
Cambio es un término ambiguo. En principio, el cambio nunca puede ser completo; el atributo “cambio” sólo tiene sentido si se lo refiere a la identidad del objeto que cambia. En segundo lugar, la mayoría de los cambios son superficiales y pasajeros a la vez; una primera aproximación permite considerar como cambios solamente a los cambios profundos y duraderos.
En la estrategia analítica, la “neurosis clínica” (o el cuadro clínico) se transpone en la “neurosis transferencial”; la evolución y la dilucidación de esta última permite el descubrimiento progresivo de la “neurosis infantil” (los conflictos inconscientes originarios); la neurosis transferencial está en el corazón del proceso analítico (Lagache, 1964 b). Estos puntos de vista permiten la