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En una reunión efectuada hace poco en la Sociedad Británica se hizo evidente que la etapa anal ha sido objeto de considerable descuido en la literatura psicoanalítica de los últimos veinte años. ¿A qué se debe tal descuido? ¿Acaso Freud y los otros analistas que trabajaron cerca de él, como Abraham, Ferenczi, Jones y otros pocos, ya descubrieron y formularon todo lo que hay para decir sobre la analidad? Sin embargo, los analistas en general no se han abstenido de revisar, repetir y volver a examinar problemas cuya esencia ya había sido descubierta y presentada por Freud. Creo que el motivo es otro. La investigación psicoanalítica se ha volcado cada vez más a las primeras fases de la vida infantil, y el interés por la etapa oral y los procesos más tempranos, incluyendo la vida prenatal, ha eclipsado la preocupación por las fases posteriores.
Creo que este cambio en los objetivos de la investigación y la especulación analíticas se ha hecho a expensas de nuestra comprensión de la psicología del niño y el adulto, y de los procesos del desarrollo como tales. El efecto que los nuevos hechos determinados por la maduración ejercen sobre el niño en crecimiento, esto es, el problema de la adaptación a nuevas posiciones y papeles a lo largo de la vida, constituye un tema digno de la curiosidad y la investigación analíticas. La vida es un proceso continuo, en el que el individuo se ve constantemente expuesto a la aparición de algo nuevo, y lo que está en juego no es tan sólo una modificación de lo que ya ha acontecido. En tal sentido, quisiera mencionar algunos comentarios recientes e inéditos hechos por el doctor Payne sobre la adaptación a la vejez.
Volviendo a la etapa anal, es evidente que, puesto que sigue a la etapa oral, la oralidad ejerce una cierta influencia y, en la fantasía inconsciente, el ano puede llegar a identificarse con la boca, y las heces, con el alimento; pero el ano y las heces también son, en realidad primariamente, material de la fantasía inconsciente, y