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Mi hipótesis acerca de las psicosis infantiles está basada en dos conceptos fundamentales de Freud; se trata de una proposición casi socio-biológica. Como señala Freud, mientras el animal posee una facultad instintiva para percibir el peligro en el mundo externo, que le permite dar los pasos adecuados para enfrentarlo, dicha facultad está atrofiada en el ser humano. En éste, el Yo debe hacerse cargo de la prueba de realidad que el Ello descuida. La situación del infante humano se ve enormemente empeorada por otra circunstancia biológica, a saber, el hecho de que nace en una etapa más temprana y menos madura del desarrollo físico que cualquier otro mamífero. Estas dos circunstancias interrelacionadas, a saber: 1) la atrofia del instinto de autoconservación y 2) la inmadurez de los aparatos en el momento del nacimiento, traen como resultado la total dependencia del ser humano para su misma supervivencia del cuidado de una madre o un sustituto materno durante un largo período. Mucho después de nacer, el niño sigue necesitando una simbiosis social, característica de la especie, con la madre. Intentaré demostrar que los síndromes de las psicosis infantiles tempranas, tanto del tipo auttsta como del simbiótico, representan fijaciones o regresiones a las dos primeras etapas de “indiferenciación” dentro de esta temprana unidad madre-niño. En esa etapa crepuscular de la vida que Freud llamó narcisismo primario, el niño prácticamente no da signo alguno de percibir nada que no sea su propio cuerpo; parece vivir en un mundo de estímulos internos. Las primeras semanas de vida extrauterina están caracterizadas por lo que, siguiendo a Ferenczi, llamamos la etapa de realización alucinatoria de deseos. Mientras que el sistema enteroceptivo (cenestésico) funciona desde el nacimiento, el sistema consciente perceptual, el sensorio, aún no está cargado. Esta falta de carga sensorial periférica cede paso gradualmente a la percepción, sobre todo a la percepción a distancia, del mundo exte