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En su introducción, Eveoleen Rexford se refirió a la mesa redonda de 1955 sobre “Los sueños en la práctica del psicoanálisis”, en la que Editha Sterba manifestó que, en el caso de los niños, el análisis de los sueños desempeña una parte menos significativa de la labor analítica que la dramatización lúdica y los ensueños diurnos. Sin embargo, había observado que los niños cuya sintomatología incluía de manera predominante una única zona erótica (como en la enuresis, la succión del pulgar, etcétera), relataban sueños con mayor frecuencia y los utilizaba en la labor analítica. También manifestó que el niño no puede asociar libremente de manera similar al adulto porque su Yo todavía no está en condiciones de diferenciar la función observadora de la función de experiencia.
El debate subsiguiente en la mesa redonda de 1955 reveló opiniones divergentes acerca de la frecuencia de los sueños en el análisis, el relato de sueños y su utilidad en la terapia de niños. Los participantes cuya experiencia estaba esencialmente limitada a casos adultos destacaron aspectos relativos al desarrollo en los niños que hacían difícil el empleo del material onírico en esos análisis. Varios analistas de niños afirmaron que, en su experiencia, sus pacientes relataban sueños, y se refirieron también a las técnicas que permiten utilizarlos en el análisis.
Rexford continuó con una breve pero amplia reseña de la literatura analítica sobre los sueños en los niños. En la primera edición de La interpretación de los sueños, Freud afirmó que los sueños de los niños eran simplemente una realización de deseos y no presentaban problema alguno en cuanto a su solución. En ediciones posteriores y en otros trabajos indicó que ya se podían encontrar sueños distorsionados en niños de cuatro o cinco años. En Análisis de la fobia de un niño de cinco años, Freud incluyó sueños en los que estaban presentes la distorsión y el simbolismo. En El tratamiento psicoanalítico de niños, Anna Freud sostiene que en lo relativo