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El punto de partida de este trabajo es un problema de semántica. Mi pregunta inicial fue: ¿Cómo el término regresión, que pertenece al vocabulario de la teoría de la neurosis, se encuentra más y más frecuentemente en las descripciones de tratamiento, no para referirse a la enfermedad, sino para designar un elemento intrínseco de la cura, es decir, algo que permite la progresión?
Hay contestaciones inmediatas, tan viejas como el origen del método analítico en el método catártico: si el principio del tratamiento es retrotraer el paciente a la situación inicial viciada que lo enfermó, para poder rectificarla, es evidente que este retroceso es la primera condición del progreso. Pero, ¿estaremos hablando de la misma regresión? o bien, dado que por definición, el paciente que nos llega enfermó por un proceso complejo en que tuvo un papel predominante la regresión, si esté en estado regresivo, ¿cuál es esa regresión que va a experimentar específicamente en el tratamiento, cómo está desencadenada y para qué sirve?
Para contestar, tenemos que considerar dos aspectos en el uso del concepto. En primer lugar, se puede cuestionar la existencia de un aspecto regresivo propio de la situación analítica, y en caso de reconocerlo, determinar sus características. Se nos presenta entonces un segundo sentido del término regresión en su aplicación al tratamiento: la afirmación, bastante común, de que el análisis tiene “un curso regresivo”. ¿En qué medida nos parece legítima? Estos dos problemas de fondo nos llevan a considerar la posible existencia de una temporalidad particular a la situación analítica y su papel en el proceso terapéutico.
Freud utiliza por primera vez el concepto de regresión en una carta a Fliess de 1897. En este texto, atribuye a la regresión un papel importante en la dinámica de la neurosis. Su primera exposición sistemática del concepto se