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Aunque en las consideraciones teóricas suele aceptarse que el narcisismo, esto es, la carga libidinal del Self ***, no es per se patológica ni nociva, existe una comprensible tendencia a evaluarlo negativamente en cuanto se abandona el campo de la teoría. Cuando existe tal prejuicio, sin duda está basado en una comparación entre el narcisismo y el amor objetal, y se lo justifica afirmando que el primero representa la más primitiva y la menos adaptativa de esas dos formas de distribución de la libido. Con todo, creo que estos criterios no surgen fundamentalmente de una evaluación objetiva de la posición del narcisismo en el desarrollo o de su valor adaptativo, sino que se deben a la intromisión injustificada del sistema altruista de valores típico de la civilización occidental. Cualesquiera sean los motivos, tales juicios de valor ejercen un efecto empobrecedor sobre la práctica clínica. Tienden a promover en el terapeuta el deseo de reemplazar la posición narcisista del paciente por el amor objetal, mientras que a menudo se descuida la meta más adecuada, esto es, un narcisismo transformado (es decir, una redistribución de la libido narcisista y la integración de las estructuras psicológicas primitivas en la personalidad madura). También en el aspecto teórico se ha descuidado la contribución del narcisismo a la salud, la adaptación y el logro ****. Sin embargo, tal predilección resulta justificable por razones heurísticas, ya que el examen de los estados relativamente silenciosos del narcisismo en equilibrio es evidentemente menos fructífero que su estudio en los estados de perturbación. Los trastornos del equilibrio narcisista a los que nos referimos como “herida narcisista” parecen ofrecer una vía de acceso particularmente promisoria a los problemas del narcisismo, no sólo por la frecuencia con que aparecen en un amplio espectro