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En su estudio del simbolismo, Una nueva clave para la filosofía, Susanne Langer señala que “la gran contribución de Freud a la filosofía de la mente consistió en comprender que la conducta humana no es tan sólo una estrategia destinada a obtener alimentos, sino también un lenguaje, y que todo movimiento es, al mismo tiempo, un gesto”. Entiendo que la autora se refiere aquí a dos cosas. Primero, que el psicoanálisis ha demostrado que la conducta no está motivada sólo por la necesidad de satisfacer impulsos instintivos utilizando objetos adecuados, sino también por la necesidad de mantener un contacto significativo con tales objetos; segundo, que la actividad humana es intrínsecamente simbólica e implica un intento de comunicar algo. Una parte esencial de la tesis de Susanne Langer es que las diversas actividades humanas aparentemente no biológicas e “imprácticas”, tales como la religión, la magia, el arte, los sueños y la formación de síntomas —esto es, precisamente esos aspectos de la vida humana que han llegado a constituir el dominio particular de la investigación psicoanalítica—, tienen su origen en una necesidad humana básica de simbolizar y comunicar y que son, de hecho, lenguajes.
Aunque creo que Susanne Langer está en lo cierto en su visión del psicoanálisis y, de hecho, me inclinaría a agregar que Freud inició una revolución en nuestra capacidad para comunicarnos al hacernos tomar consciencia de intentos de comunicación no reconocidos hasta ese momento, también es cierto, según creo, que las formulaciones teóricas del psicoanálisis exhiben una cierta tendencia a no reconocer la plena importancia de los aspectos comunicativos de la conducta humana. Ello se debe a la naturaleza y la historia de la metapsicología, que se basa en el supuesto de un aparato psíquico concebido como un modelo análogo a un sistema nervioso central único y aislado. Dentro de dicho aparato se supone que existen ciertas estructuras, que tienen determinadas relaciones entre sí, y están ca