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No es sólo movidos por un interés puramente abstracto que reflexionamos sobre el tema de la protesta y la revolución. La ola de protesta que arrastra a tantos jóvenes de nuestra cultura exige una comprensión acabada de su etiología. Sin duda, debe haber una enorme tensión entre las exigencias que la sociedad hace a los jóvenes para que se adapten, por un lado, y los deseos de esos jóvenes en lo que se refiere a modificar tales exigencias en su propio favor, por el otro. Tal tensión se manifestó en forma muy súbita a través de acciones de protesta y declaraciones revolucionarias por parte de la juventud.
Dos cosas nos parecen destacables: 1) las protestas parecen ser independientes de las ideologías y las estructuras sociológicas de los distintos países y, por ende, están basadas en motivos de índole más general. En los países autoritarios han sido suprimidas, pero su existencia es innegable; 2) las protestas y las esperanzas revolucionarias son enérgicamente expresadas por los jóvenes que cuentan con los beneficios de una educación más amplia. La mayoría de ellos no se han visto en modo alguno limitados o privados; incluso podría afirmarse que la sociedad se ha adaptado a sus necesidades en lo que se refiere a proporcionarles una educación permisiva. Así, no es una clase no privilegiada desde el punto de vista material la que rechaza las condiciones existentes sino, más bien, es precisamente el grupo seleccionado por su sociedad para ocupar las posiciones de liderazgo el que se ha vuelto rebelde. Cabe preguntarse: ¿podría ocurrir que estos jóvenes se hayan vuelto particularmente sensibles al curso de la historia contemporánea y a la tensión que soporta el hombre moderno? ¿Se han vuelto sensibles a la “falsa consciencia” de las masas manipuladas y ello los ha llevado a la resistencia y la rebelión?
Por primera vez en la historia, las tendencias revolucionarias se han hecho visibles en una sociedad de abundancia. Algo en la estructura de las posiciones sociales y en la