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Si bien gran parte de las objeciones y dudas formuladas por los discutidores fueron aclaradas en la respuesta de Bion, pienso que sería útil retomar algunos de los aspectos más controversiales del presente artículo.
Por de pronto, la afirmación acerca de la ventaja de trabajar “sin memoria ni deseos” puede producir confusión y desconcierto, además del riesgo de prestarse a malentendidos que distorsionarían su verdadero espíritu. La enorme ventaja de haber escuchado conferencias del doctor Bion en que desarrolló precisamente dichos conceptos y el haber tenido oportunidad de conversar detenidamente con él sobre sus puntos de vista, me permiten comentar aquí aquellas consideraciones por él expuestas con lo que, estoy seguro, se ampliará la comprensión de su original aporte (para incorporarlo o no) a la teoría de la técnica.
En rigor de verdad, se trata más de una actitud interna por parte del analista que de una real modificación de la técnica frente al paciente. Bion se refiere especialmente a que el analista debería poder funcionar con una calidad tal de estado mental, que denomina “evolución”, como para poder utilizar al máximo su intuición. Es en ese sentido que, apoyándose en la frase de Freud, sugiere que se adquiera la capacidad de “cegarse artificialmente”. Quiere significar con ello que es preferible que el analista no se deje influir por sus conocimientos previos ni por sus juicios a priori para que no contaminen lo que está ocurriendo en el “aquí y ahora” de la sesión analítica. De esa manera, es posible captar al máximo los elementos y matices nuevos que siempre existen en cada experiencia de encuentro entre paciente y analista. Como dice Bion “los cincuenta minutos de cada sesión son demasiado valiosos. En comparación con eso, ninguna otra cosa es importante”.
Diferencia la “evolución” o “intuición” de la “memoria propiamente dicha” en que la primera surge de manera espontánea como una totalidad, del mismo modo en que surge un sueño; mientras que los recuerdo