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Esta obra contiene las aportaciones al Simposio de la Sociedad Psicoanalítica de Viena, reunida en 1910, para tratar sobre el tema del suicidio. Participaron en el mismo Freud, Adler, Freidjung, Molitor, Oppenheim, Sadger y Stekel.
El compilador de la versión inglesa describe en el prefacio el clima general de la cultura europea de la época en que tuvo lugar este simposio que marcó un definido enfoque del problema.
El mundo científico hallábase imbuido de una filosofía rígidamente determinista. Ciertamente, no se pensaba ya en los demonios de la Edad Media; pero la idea de la causación externa del suicidio había cambiado sólo de forma, no de contenido. El suicidio se consideraba dependiente de fuerzas inmutables, de condiciones que se imponían al hombre de modo inexorable y ante las cuales debía sucumbir. Privaba el Espíritu de las leyes, de Montesquieu. La muerte voluntaria obedecía a factores cósmicos. Para el astrónomo y estadista belga Quételet, por ejemplo, era un fenómeno constante, ajeno a la voluntad del hombre. Igual determinismo prevalecía en las ciencias médicas; el patólogo vienés Julius Bartel concluyó que el status thymicolymphaticus constituía un factor predisponente para la autodestrucción en el ser humano. La psiquiatría, sobre todo, racionalizaba la causación del suicidio. Aunque ya en 1827 Esquirol había realizado un profundo estudio Sobre la monomanía del suicidio, sus ideas no prevalecieron. Esquirol lo consideraba un acto cometido en estado de delirio agudo; puso el énfasis sobre el carácter psicogénico; entre sus varias causas, señaló particularmente las condiciones sociales y ambientales. Mas los factores psicogénicos y reactivos postulados por él fueron olvidados en favor del origen organotóxico y los factores hereditarios y constitucionales de los trastornos psíquicos.
El mundo sociológico se gobernaba por las ideas de Durkheim, quien en 1897 publicó su clásico estudio El suicidio, en el que lo explicaba por el estado de la sociedad a la que e