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Llamamos Yo a esa parte del aparato psíquico que está vuelta hacia el mundo exterior y cuya tarea consiste en recibir los estímulos y efectuar las reacciones de descarga. Puesto que el análisis pertenece al mundo externo, también es el Yo el que se vuelve hacia él. Los conocimientos con que contamos acerca de las capas más profundas del aparato psíquico nos llegan a través del Yo y dependen de la medida en que el Yo los admite, en virtud de los derivados del inconsciente que todavía puede tolerar. Si queremos aprender algo acerca de esos estratos más profundos o provocar un cambio en una constelación neurótica de instintos, sólo podemos apelar al Yo. Nuestro análisis de las resistencias las explicaciones e interpretaciones que ofrecemos a nuestros pacientes, nuestros intentos por modificar sus actitudes mentales por medio de nuestra acción personal, todo esto debe comenzar necesariamente por el Yo. Ahora bien, entre todas las experiencias por las que pasa el Yo durante un análisis, hay una que me parece tan específica y característica de la situación analítica que considero justificado aislarla y presentarla como “el destino” del Yo en la terapia analítica.
El contenido de este trabajo quizás sorprenda por su familiaridad. ¿Cómo podría ser de otro modo, en vista de que no es más que una descripción de lo que ustedes observan a diario en sus análisis? No obstante, la justificación radica en que aquí se reconoce adecuadamente por primera vez un factor en nuestra labor terapéutica al que hasta el presente se ha prestado muy poca atención en nuestra literatura. El enfoque que más se acerca al de esta presentación puede encontrarse en un trabajo de Reich *** sobre análisis del carácter, en el que este autor habla de “aislar” un rasgo caracterológico dado, de “objetivarlo” y de “crear distancia psíquica” con respecto a él, refiriéndose así, sin duda, a ese proceso terapéutico que ahora describiré en una forma mucho más general.
A los fines de nuestra descripción, sin duda i