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La “teoría psicoanalítica” no nos interesa en sí, sino en cuanto trae explícito o implícito un cierto número de metas y valores que no nos corresponde aquí discutir específicamente, sino que tenemos que considerar como premisas.
Entre las metas está la concepción de lo que es un análisis y lo que es un analista. Tenemos que saber lo que se espera de un analista, lo que es su función, para decidir sobre lo que es más adecuado para su formación. Esto nos llevaría al tema de otro ateneo: “Teoría psicoanalítica y sociedad”, o “Función social del analista”, o “El análisis como terapia o como investigación”, etcétera.
En cuanto a los valores, discutirlos nos superpondría al ateneo “Teoría psicoanalítica e ideología”.
Creo que tenemos que dar por sentados valores muy generales implicados por la teoría psicoanalítica como ideología. Estos valores están implícitos en el subtítulo del simposio que nos invita a considerar las interrelaciones entre teoría y práctica, las influencias, y esto puede ser una tarea descriptiva e histórica de revisión, pero también las disociaciones y/o contradicciones, lo que significa aquí, según creo, que se las considera como fallas o defectos, poniendo entonces como valores la coherencia interna, la unidad, la identidad y la autenticidad.
El propósito de esta introducción será entonces tratar de señalar, en nuestra institución y en la formación, los factores que nos parecen conspirar contra esta autenticidad.
Está bastante reconocido que existe una disociación, para no decir una contradicción, entre las reglas de juego formuladas (en estatutos y reglamentos) de la institución, y las reglas que realmente se siguen, no formuladas, ocultas, pero cuya vigencia está atestiguada por sometimiento y consenso general.
Creo que los factores responsables de esta inautenticidad o falta de sinceridad se pueden adjudicar a tres áreas u orígenes. No pretendo con esto describir exhaustivamente el fenómeno. Tampoco creo que las tres