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Cualquier tipo de actividad supone una base mínima de creencia en la importancia, por lo menos instrumental, de lo que se hace. Pero existen situaciones históricas en las que surgen preguntas que penetran más allá del ámbito abarcado por las respuestas inmediatas respecto al sentido o eficacia de una práctica.
Con el psicoanálisis se da un fenómeno de esta índole; las circunstancias, encarnadas en los hechos cotidianos que se introducen en sectores supuesta o metodológicamente aislados, obligan al psicoanalista a dar respuestas que trascienden las meramente referidas a lo técnico o aún a la concepción de la personalidad necesaria para su actividad.
Se hace necesario dar razón de lo que se hace, de lo que se piensa, y de lo que se piensa que se hace. El problema de lo ideológico, hasta ese momento implícito o más o menos difuminado, se hace entonces presente.
Lo ideológico supone, como lo señala T. Parsons, una doble dimensión: la asunción de un compromiso valorativo y la expresión cognitiva de la concepción en la que se basa, aun cuando ambas se den de manera escasamente consciente.
El pensamiento psicoanalítico se halla más cerca de aquellas concepciones que consideran a la verdad y a su indagación como un proceso paulatino, contradictorio e histórico. También, por la misma razón, se halla naturalmente disponible para aceptar la legitimidad del cuestionamiento de los supuestos ideológicos en los que se basa y que, sobredeterminadamente, lo condicionan, puesto que es, en la mejor tradición freudiana, fundamentalmente interrogativo.
No obstante, la comprobación de que su práctica, lejos de ubicarse en un ámbito de neutralidad valorativa y de cognición científica “pura”, se halla instalada en el seno de la realidad social, y por ende participa de sus contradicciones y las expresa, suele dar lugar a una actitud escéptica. El descubrimiento de las determinaciones subyacentes a las propias afirmaciones transformaría a las conceptualizaciones en meros contenidos manifiestos de