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Para comenzar, lo haré con una antidefinición que no sé aún si contiene discrepancias con el primer planteo que hizo Willy Baranger: el psicoanálisis no es una ideología, pero sí es su implementación. Puedo considerarlo así: el ser analista, elegir serlo y adoptar la teoría y técnica psicoanalíticas implica la elección de un sistema conceptual que permite la lectura de realidades, jerarquizando entre ellas el psiquismo del ser humano, cómo se enferma, cómo se cura. Esta elección está determinada previamente por el sistema ideológico asumido por el que elige.
Ahora, la ideología. Es substrato encarnado en cada uno de nosotros, modula un amplio espectro que va desde el campo de las percepciones mediatas hasta el conjunto de deseos y aspiraciones de realización en el contexto socio-económico en que vivimos. Pero decir encarnado en cada uno de nosotros es lamentablemente sólo una generalización que no responde a la realidad cotidiana, pues al mismo tiempo que encarnada, no nos pertenece del todo, dado que la cultura contemporánea inserta en ella valores y aspiraciones que asumimos como propios, configurando en fin una verdadera “ideología alienada”. Entiendo con esto que entro a considerar los aspectos patológicos de ese sistema ideológico. De nuevo, ser psicoanalista es el intento de pasaje de una ideología a la praxis; la manera como se implementa o el campo de investigación elegido remite a su vez a esa ideología y la define.
Si esta ideología se constituye en una superestructura psíquica, si se formaliza como cosa “en sí”, ya estamos en su patología, problema posiblemente relacionado con lo que Baranger postuló en un trabajo en cuanto a la relación entre idealización e ideología.
Hemos discutido en jornadas anteriores de este mismo simposio lo concerniente al conflicto que cada analista pueda tener entre su quehacer profesional y su ideología. A este respecto, pienso que es necesario y útil que entre ambos planos exista un mínimo punto de fricción que determina a su ve