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Para escribir este trabajo me encontré con algunas dificultades que me parece útil exponer; pienso que ayudarán a ubicar nuestro tema.
Parto de una paradoja: como profesional, como intelectual, como individuo, como psicoanalista, desarrollo mi actividad libremente, aparentemente sin perturbación alguna, en un mundo en el que sin embargo todo está perturbado. ¿Qué clase de libertad es la mía entonces? ¿Es libertad o es aislamiento? Y más aún, este aislamiento, ¿no será, quizá, producto necesario de la perturbación del mundo, del mundo que me rodea y que es el mío?
Tomar consciencia de mi aislamiento puede ser algo más que un sentimiento esquizoide de futilidad o de despersonalización. Puede también ser la captación dolorosa de que mi seudolibertad es participación en un estado de injusticia y opresión, un “desentenderme” que se vuelve intolerable al entenderlo.
Entender que la realidad, esta realidad que condeno de palabra, no es ajena a mí, sino que es también modelada por mí, por mi abstenerme como por mi comprometerme, me obliga a cuestionar mi ubicación en ella.
¿En qué medida mi aislamiento entra al servicio del orden establecido —orden represivo si los hay?
Surgió en mí la necesidad de elaborar un tema (la violencia) que el contexto social imponía. Convergieron inquietudes personales acerca de la ubicación de nuestro quehacer y nuestra teoría psicoanalítica, una influencia y un estímulo grupal *** y por otra parte la situación socio-política por la que atraviesa nuestro país, el continente y el mundo.
De todo ello, aparecen varios vectores que me solicitan: