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Al atravesar las fases del conflicto edípico, dice el autor, un niño tiene la oportunidad de elaborar muchos aspectos de su Self en evolución. En condiciones apropiadas, experimenta el placer de la independencia y la autodeterminación en el desarrollo social, un sentido positivo de la responsabilidad que acompaña al compromiso activo con sus propios sentimientos y con el mundo que lo rodea. Puede romperse la continuidad del proceso en este desarrollo, complejo y de tipo dialéctico, y manifestarse esto, entonces, más tarde o sólo potencialmente, en los esquemas neuróticos ulteriores. Pero un individuo puede llegar a la fase edípica con un Self en formación ontológicamente muy diferente que el común de los sujetos. Bychowski observó pacientes cuya función sintética del Yo no se había logrado porque la capacidad para amar y la capacidad para formar una identidad separada se oponían y no podían desarrollarse más allá del primitivo punto de fluctuación entre la sumisión erótica y la hostilidad. Betthelheim mostró que los comienzos del desarrollo del Yo en niños autistas son totalmente diferentes de los otros, y Laing sugirió que la verdadera ontología de un Self en el contexto de carencias tempranas de seguridad conduce a estructuras del Self cualitativamente distintas. La diferencia básica radica en el compromiso con los propios sentimientos y la propia actividad; el niño se relaciona desde la posición ventajosa de la sumisión y la complacencia. Hace lo que hace porque piensa que así es como otros esperan que lo haga, con ló que pretende ser invulnerable al otro.
El autor ilustra estas ideas con un paciente de 30 años (en su segundo análisis), cuya secuencia de desarrollo del Self radicaba en que, para obtener el amor y la atención de su madre, renunció a sus propias necesidades. Cuando intentó tener sus propias actitudes, exploraciones e intereses, ella se apartó y se volvió fría y deprimida. El niño abortó tempranamente su rabia consiguiente por temor a su alejamiento.