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El psicoanálisis ocupa un lugar único, según creo, entre las teorías psicológicas, debido a que está constituido por dos clases de teorías: una clínica y otra metapsicológica o, como lo ha expresado Rapaport (1959), los “principios clínicos” y la “teoría psicológica general”. Este distingo está ejemplificado por Freud en el Capítulo 7 de La interpretación de los sueños, donde sus explicaciones están en un nivel por completo distinto del que encontramos en los primeros seis capítulos de esa misma obra. Me refiero a su intento de considerar el aparato mental en términos de un sistema energético cuasi-termodinámico (1900). Al pasar a este nivel, Freud creía, como aún cree la mayoría de los teóricos psicoanalíticos contemporáneos, que se encontraba así en el nivel más fundamental de explicación. Al abandonar los datos particulares de la situación clínica, nos instalamos en el dominio de una cantidad impulsiva hipotética y nos planteamos de qué manera los fenómenos que estamos explicando muestran esta o aquella vicisitud de la “energía impulsiva” en un estado de “fusión”, “defusión” o “neutralización” (Hartmann, 1950, 1955), y qué huellas han sido cargadas o catectizadas con esa cantidad energética hipotética. En esta línea de teorización en un nivel metapsicológico, que incluye el “punto de vista económico”, llegamos también a la concepción de la actividad del deseo y la psicosexualidad como, esencialmente, la reducción de la “tensión impulsiva”, y a una concepción de la homeostasis, como la que Rapaport (1951) elaboró en una serie de modelos conceptuales basados todos en el punto de vista económico.
Los psicoanalistas han tendido a dar por sentados sus conceptos “clínicos” y a considerar a la metapsicología como la teoría. Desde luego, también sabemos que los teóricos metapsicológicos se quejan de que muchos analistas ignoran esta parte de la empresa psicoanalítica, se