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En su biografía de Freud, Ernest Jones se refiere al bien conocido caso Dora** y a sus diversos síntomas somáticos y mentales. Después de señalar que ella nunca reanudó su análisis de sólo once semanas de duración, menciona que “murió hace algunos años en Nueva York”***.
Este hecho despertó mi interés por varias razones. ¿De qué murió Dora? ¿Pudo la intuición de Freud, unida a su penetrante interpretación de sólo dos sueños, realmente iluminar la estructura de la personalidad de esta infortunada niña? Si Freud estuvo acertado, ¿no deberíamos ver en la vida posterior de Dora el impacto de las razones que hicieron que retuviera sus síntomas de conversión? Y, por último —aunque esto no es menos importante—, ¿cuánto más avanzados estamos actualmente en nuestra comprensión del “salto de lo mental a lo fisiológico”?
Mi particular curiosidad acerca de la vida posterior de Dora hubiera encontrado desde el comienzo un obstáculo insuperable durante la vida de Freud, debido a la discreción de este último. Freud escribió: “He esperado cuatro años desde el final del tratamiento, y he pospuesto su publicación hasta oír que ha sucedido un cambio de tal índole en la vida de la paciente que me permite suponer que ahora ha disminuido su propio interés en los sucesos y hechos psicológicos.
“Es innecesario decir que no ha quedado en el relato ningún nombre que pudiera poner sobre la pista a un lector no médico; y la publicación del caso en un medio puramente científico y técnico debería, aún más, brindar una garantía contra lectores no autorizados. Naturalmente, no puedo evitar que la paciente se sienta apenada si su propia historia clínica llega a sus manos, pero ella no leerá nada en ese trabajo que no sepa ya previamente, y podrá preguntarse quién, además de ella misma, será capaz de descubrir por el trabajo que es de ella de quien se trata.”
Veinticuatro años después del tratamiento de Dora por Freud, sucedió un hecho que aclaró el anonimato del caso a otro analista, sin que Freud lo s