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Como quizá suceda con frecuencia, me he ido interesando por el problema del desarrollo cognitivo sin saber con claridad por qué. Ulteriormente, descubrí algunas razones y, como introducción, expondré la que me parece más racional.
Brevemente, pues, y con una buena dosis de simplificación, creo que llegué a interesarme por el desarrollo cognitivo al alcanzar el tercer estadio en mi enfoque de la enfermedad mental —estadios que reflejan muy groseramente las sucesivas actitudes del movimiento psicoanalítico en su conjunto.
En la primera etapa, hace cuarenta o cincuenta años, mi postulado dominante hubiera sido que la enfermedad mental es el resultado de las inhibiciones sexuales. Esto puede ser profundamente verdadero; pero, entendido ingenuamente, conduce a un análisis muy superficial. Además, en un plano más sutil, puede llevar a un paciente a la creencia inconsciente de que, con la ayuda del analista, puede consumar su complejo de Edipo en lugar de renunciar a él; y así ser dueño del mundo.
En el segundo estadio, veinte o veinticinco años atrás, mi afirmación fundamental hubiera sido que la enfermedad mental es el resultado de un conflicto moral inconsciente. Esto complementa más que contradice el punto de vista anterior e implica una mejor comprensión del concepto de Freud del Superyó, con los agregados kleinianos sobre la complejidad de las relaciones tempranas del Superyó con el Yo. En particular, el Superyó severo se considera como el resultado de una “paranoia intrapsíquica” (si puedo acuñar esta expresión), más que de una educación rigurosa. La receta es, por tanto, lograr que el paciente reintegre las proyecciones que distorsionan su Superyó —un proceso que precipita lo que Klein llama la posición depresiva, donde la culpa depresiva empieza a frenar los ataques contra los objetos internos en proceso de restablecimiento—.