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El estilo denso del autor no facilita sintetizar esta obra donde se muestra la contribución del psicoanálisis al conocimiento de los fenómenos “morales” y sus interrelaciones con otros aspectos de la personalidad. Al psicoanálisis le interesa su ontogénesis, no su “esencia”; no nos puede proporcionar, por sí mismo, las finalidades fundamentales para los aspectos morales de la conducta personal, social o política, aunque sí puede ayudarnos a aclarar y organizar ciertos códigos morales. Gracias a Freud tenemos una visión clara y profunda del conflicto moral: conflicto entre la moral y los impulsos, entre la moral y el Yo, entre direcciones morales distintas y coexistentes.
La conducta moral se forma tempranamente a partir de las relaciones del niño con los padres, que además de ser amados y odiados, representan la autoridad. No sólo las prohibiciones sino también su amor sobrevive en la relación del Superyó con el Yo. Sin embargo, los sistemas de valores pueden llegar a tener un carácter ora autoritario, ora no autoritario, ora antiautoritario. Más tarde surge la experiencia de ser uno responsable frente a sí mismo. El segundo aspecto del Superyó, que influye inmediatamente sobre la conducta moral, está representado por el Ideal del Yo. También constituyen concomitantes del desarrollo las contradicciones entre los diversos imperativos, deberes e ideales. Además, al refrenar la agresión, por ejemplo, el Superyó de una persona puede hacerse más tiránico, lo cual obstaculizará la integración de su “sistema moral”. Los fenómenos de transvaloración, de formalización e integración que se observan durante el desarrollo, corresponden a funciones del Yo. En los ‘códigos” existe, entonces, la influencia del Superyó y del Yo, en particular las funciones integradoras y diferenciadoras de este último.
Muchas filosofías de la moral distinguen entre el Ideal del Yo y otros aspectos del Superyó como la distinción entre “lo bueno y “el deber y no deber”. Para el autor sería interesante