En esta ponencia, escogeré algunos aspectos teóricos, dando por supuesto que existen otros puntos de vista, diferentes o complementarios, pero que exceden el espacio de esta presentación. La discusión posterior dará ocasión para profundizar en estos aspectos.
Según la concepción clásica acuñada por Freud y sus continuadores la contratransferencia es el conjunto de reacciones inconscientes del analista frente a la transferencia del analizado. No obstante, si decimos que algunas de las reacciones inconscientes del analista corresponden a la transferencia del paciente evitamos una generalización difícil de sostener, porque en cualquier situación clínica el analista tiene sus áreas singulares, propias de su identidad. Es difícil determinar en cada caso cuáles respuestas del analista corresponden a la transferencia del analizado y cuáles no. Aunque es un fenómeno ampliamente aceptado, la forma de entenderlo o interpretarlo varía mucho según el modelo teórico que se maneje.
Desde los trabajos de Freud sabemos que la contratransferencia es un fenómeno universal que puede interferir con la neutralidad, la empatía y la formulación de la interpretación. Fue uno de los argumentos para indicar la necesidad del análisis personal de los futuros analistas, para afrontar en lo posible, la actuación de conflictos no resueltos de su vida emocional. El reconocimiento y el manejo de la contratransferencia, resultan esenciales, pero para ello es básico no confundir los conflictos del paciente con los del analista, evitando extender la afirmación de que todas las reacciones del analista provienen de las proyecciones del paciente.
Comunicação apresentada nas “II Jornadas Ibéricas de Psicanálise: Dificuldades Contra-Transferenciais”; Lisboa, 1 de Outubro de 2011.
Membro Didata da Sociedade Espanhola de Psicanálise (Josep Irla i Bosch, 2 08034 Barcelona, España, gbodnerp@gmail.com).
Las dificultades en el uso de la contratransferencia han sido objeto de controversias que se plasmaron en varios trabajos en torno a los años 50 de siglo pasado, especialmente los de Winnicott (1949) Heimann (1950) y Racker (1953) que valoraron la comprensión de la contratransferencia del analista para un mejor entendimiento de la transferencia del paciente. La comprensión de la contratransferencia basada en el modelo estructural de la mente, adquirió nuevas modalidades a la luz de la teoría de las relaciones de objeto, con los mecanismos más tempranos en la evolución del psiquismo, especialmente la proyección, la introyección y sus identificaciones. La descripción del fenómeno de la identificación proyectiva, como elemento evolutivo y su utilidad para la comprensión de la psicopatología y la técnica del análisis, abrió nuevas perspectivas en relación a la contratransferencia.
Si la contratransferencia es una reacción a la transferencia del analizado, es necesaria una breve referencia a este concepto. Como señalan Laplanche y Pontalis (1971) la transferencia para Freud, desde un punto de vista teórico, “no es más que un caso particular de desplazamiento del afecto de una representación a otra”. Pero con posterioridad a sus escritos técnicos, Freud desarrolla a partir de 1920 una modificación mayor en su modelo teórico y en la concepción del funcionamiento inconsciente. Introduce el modelo estructural y desarrolla las consecuencias de la evolución y resolución del complejo de Edipo.
Esto significa que la transferencia, entendida como desplazamiento de afectos de una representación a otra, no se produce por cauces arbitrarios, sino por caminos trazados según las huellas de las relaciones de amor y de odio, hacia los primeros objetos significativos. Éstos, no son sólo los objetos de la realidad del niño sino que están teñidos por las fantasías y afectos que acompañan a su percepción.
Freud ubicaba estas experiencias emocionales en una etapa relativamente avanzada del desarrollo infantil, cuando el niño o la niña empiezan a controlar sus esfínteres, disponen de la comprensión y expresión del lenguaje y buscan satisfacer su curiosidad respecto de las diferencias y relaciones entre los sexos. Los análisis realizados por M. Klein en niños pequeños le condujeron a situar la conflictiva edípica en una etapa más precoz en el desarrollo del individuo que la postulada por Freud. Si la situación edípica se inicia en épocas tan tempranas, es natural que sus objetos tengan características diferentes a los del complejo de Edipo
clásico. Freud había advertido que las representaciones de los objetos edípicos no son sus copias naturales sino que están distorsionadas por las fantasías del sujeto. La ubicación de Klein de los procesos de introyección, proyección e identificaciones en etapas muy precoces, añade a estos procesos nuevas características. Los objetos externos no están sólo distorsionados por los afectos y las fantasías del sujeto, sino también por poderosos mecanismos defensivos, en especial la escisión, la negación y la identificación proyectiva. Esta perspectiva enfatiza el modo activo como el psiquismo primitivo construye sus objetos, sobre la base de las vivencias reales, pero con la marca de su experiencia subjetiva. Podríamos decir que cuanto más predomina el estado mental esquizoparanoide, más fuerte es la creencia en la realidad construida de estos objetos y menor su confianza en la realidad propia de estos objetos que sólo se alcanza a través de la elaboración depresiva.
Este es un proceso largo y difícil, porque no sólo requiere producir la separación y diferenciación del objeto, sino también abandonar los controles obsesivos, la negación maníaca o la intrusión omnipotente con sus respectivas identificaciones. Estos mecanismos aportan seguridad y su debilitamiento, que es la condición necesaria para el cambio psíquico, es vivido como un peligro por la incertidumbre que acarrea.
La función activa en la construcción de los objetos, de “objetalización” diría tomando el término de Green, da fuerza y consistencia al sistema de fantasías y creencias en las que se apoya el funcionamiento patológico y permite entender la resistencia al cambio; sólo el penoso trabajo de duelo de “sus” objetos, permite abandonar este mundo construido de acuerdo a un patrón narcisista y admitir la existencia de una realidad por fuera del control del sujeto.
A la luz de su concepción del desarrollo psíquico temprano, Klein desplegó su modelo basado en el descubrimiento de un tipo específico de ansiedades, estructuralmente acopladas a unas defensas características. Esto constituye las relaciones de objetos internos que se organizan en dos sistemas relativamente estables, el esquizoparanoide y el depresivo. En alguna etapa de sus construcciones teóricas, tanto Freud como Klein, parecían albergar la idea de una culminación exitosa del desarrollo psicológico, concediendo a sus ideas una tonalidad “finalista”. Esto se visualiza en la idea kleiniana de una elaboración suficiente de la posición depresiva o en el caso de Freud, en torno a la idea del “sepultamiento” del complejo de Edipo. Ambas parecen ideas conclusivas, que darían por finalizada la etapa de estabilización en la elección y las relaciones de objeto.
No obstante ni Freud ni Klein, dieron consistencia teórica a esa visión “finalista”. El progreso del trabajo de Freud hasta el final de su vida, así como las indagaciones póstumas de Klein, anticipan las perspectivas desarrolladas por otros autores. En el campo kleiniano ha sido fundamental la obra de Bion, quien describió la oscilación Ps< >D que expresa una evolución importante respecto a las ideas de Klein. Si las posiciones esquizoparanoide y depresiva, son estados evolutivos, Ps y D, representan estados mentales, estructuralmente análogos a las posiciones kleinianas, pero no concebidos como desarrollos lineares sino como oscilaciones permanentes y disposiciones normales del psiquismo. En ese sentido, la patología puede deberse tanto a que se detenga la evolución en la etapa esquizoparanoide, como a la resistencia frente a la regresión transitoria, debido a un cierre defensivo en una posición depresiva, como si fuese definitiva.
Este enfoque de la dinámica psíquica, supera el esquema linear y finalista, que una lectura simple podría inducir. En su lugar instala un modelo en evolución permanente, que estabiliza el sentimiento de identidad del sujeto sin replegarse en ella defensivamente; aporta confianza en sus creencias sin cerrarlas a las de otro, permite reconocer sus impulsos amorosos y agresivos sin la necesidad compulsiva de actuarlos; desarrolla la fantasía y la imaginación sin sustituirlas por la realidad material ni a la inversa, quedar adherido a la realidad material sin espacio para la imaginación o la fantasía creadora. Para que este modelo abierto pueda funcionar adecuadamente es necesaria una razonable capacidad de tolerancia a las desorganizaciones parciales producidas por la admisión de lo nuevo, así como una fuerza integradora capaz de reunir lo distinto tanto en lo ideativo, como en los afectos o los impulsos.
Quisiera considerar cómo influye la comprensión de estos modelos en la técnica y en la contratransferencia, cuando se examina desde la perspectiva del equilibrio psíquico. En el lenguaje corriente, hablamos de una persona equilibrada para referirnos a alguien capaz de afrontar situaciones difíciles sin padecer una desorganización psicológica.
Pero, el funcionamiento patológico también tiene su estabilidad. Las organizaciones patológicas logran formas de equilibrio que ayudan al paciente a sobrevivir y sin las cuales se sienten desprotegidos o ante graves riesgos. Este equilibrio, busca mantener la estabilidad patológica frente al cambio y la evolución. La organización patológica
es un concepto desarrollado por autores como B. Joseph (1989), E. O'Shaughnessy (1981), J. Steiner (1987) y otros. Steiner ha descripto el repliegue psíquico, como una forma de estabilidad patológica, que al proteger de ansiedades persecutorias y depresivas, brinda una seguridad en la que el paciente se encuentra amparado.
En dichas condiciones de equilibrio defensivo, una interpretación del analista puede sentirse inmediatamente como propia, para negar el aporte del objeto, o como una atribución inadecuada que se rechaza para mantener el estado anterior. Estos mecanismos suelen ser demasiado sutiles, rápidos y poco perceptibles, para la atención flotante en su concepción clásica. Requieren en cambio una atención precisa acerca de lo que hace el paciente con lo que le decimos, qué asociaciones o recuerdos estimula, a través de lo cual podremos observar la disposición al cambio, a la integración de lo distinto o por el contrario una tendencia defensiva a permanecer en lo propio, conocido, previsible y tranquilizador. Desde el punto de vista de la técnica, muchos autores han afinado la observación de estas interacciones, en la transferencia del paciente y en la contratransferencia del analista.
Para ello es necesario un modelo del psiquismo en actividad permanente lo que supone una capacidad para la reorganización que acompaña siempre al sujeto. Esto, como es obvio, es tan válido para el analizado como para el analista, así como para la transferencia y para la contratransferencia. La idea del “sepultamiento” o “disolución” (“Untergang”) del complejo de Edipo (Freud, 1924) fue considerada por Ferenczi como “demasiado fuerte”; Freud aceptó esa objeción, añadiendo que tal vez fuese una reacción excesiva a las ideas de Rank, respecto del trauma del nacimiento.
Pero entonces se plantea, ¿cuál es el destino del conflicto edípico si éste no es “definitivamente” reprimido, ni sepultado, ni resuelto? Es posible que los derivados del conflicto primitivo nos acompañen en todo el curso de la vida, modificados por las diferentes experiencias, en especial el análisis. El conflicto edípico alimentado por los impulsos libidinales y agresivos hacia los objetos parentales, se acompaña de una variedad muy extensa de sentimientos como la vergüenza, el miedo, la humillación, el desafío, el sometimiento y otros; en general, el trasfondo puede traducir una lucha abierta o silenciosa por el poder. Alguno de estos sentimientos había sido eclipsado en el pensamiento kleiniano, bajo las denominaciones genéricas de ansiedades paranoides o depresivas. Este es un campo para la profundización teórica y clínica, que implica matices
importantes en la situación analítica y las vicisitudes de la trasferencia y la contratransferencia.
La experiencia clínica muestra que las defensas no existen ni funcionan de modo aislado. Forman parte de estructuras complejas, altamente organizadas cuyo desmantelamiento despierta inquietud, inseguridad e incertidumbre. De allí las frecuentes oscilaciones en el trabajo analítico, desde los baluartes defensivos a las reacciones terapéuticas negativas. Unos y otros son formas, a veces desesperadas, de mantener el equilibrio patológico protector y conocido. Cuando el análisis avanza más allá de la organización defensiva, el contenido desborda al continente, suelen aparecer sentimientos nuevos, frente a los que el analista debe estar atento para facilitar el proceso y no precipitar una regresión al estado anterior.
En esos momentos se ponen en juego, mecanismos primitivos con la finalidad inconsciente de neutralizar el aspecto novedoso que aporta el analista; y esto puede ocurrir antes de que el analista formule su interpretación, provocando distintos modos de inhibición o forzando interpretaciones que refuerzan las defensas y las estructuras patológicas. Considero que allí radica la posibilidad de hacer un uso correcto de la contratransferencia o un abuso de la misma, cuando la interpretación del analista hace las veces de una actuación inconsciente sobre el paciente.
La salida de la conflictiva edípica basada en la imposición de la autoridad paterna, bajo coacción, no es una solución satisfactoria, sino una seguridad basada en el sometimiento, que cultiva la desconfianza y el resentimiento. Es importante observar estos sentimientos en la contratransferencia del analista, porque puede estar en la raíz de muchos impasses o abandonos inexplicables. Es importante discernir si a veces el acuerdo aparente del analizado con la interpretación del analista, no representa más un sometimiento que un verdadero insight.
En vista de ello Steiner (2011), en uno de sus trabajos más recientes, califica las diferentes líneas para procesar la conflictiva edípica a través de las vías paranoides o depresivas; creo que esta idea es más dinámica y menos conclusiva, que la “elaboración definitiva” o el “sepultamiento del complejo”. Tanto el procesamiento paranoide o depresivo de la conflictiva edípica pueden conducir a la escisión y proyección de las partes repudiadas o temidas del self que son puestas en el analista, quien se identifica con ellas o con las defensas que estimulan. Se produce así un llamativo fenómeno, por medio del cual, el analista contribuye a mantener el equilibrio de la organización patológica del analizado.
Desde la descripción del mecanismo, a la correcta utilización en la interpretación transferencial hay un largo camino, de controversias, experiencias y fracasos. La práctica actual tiende a diferenciar entre la identificación proyectiva como fantasía y la actuación utilizada inconscientemente por el individuo para hacer que el objeto proceda de acuerdo a ella.
Racker describe cómo la contratransferencia puede interferir en el proceso terapéutico. Por un lado puede ser un obstáculo en la capacidad receptiva del analista, hacia el material del paciente y su estado mental en ese momento de la sesión. Además, debido a la identificación inconsciente del analista con las estructuras y objetos internos del paciente, puede comportarse de tal modo que refuerce el círculo vicioso en el que el paciente proyecta y reintroyecta los objetos malos, perpetuando la organización patológica (Feldman, 1997).
Una situación especialmente difícil surge cuando las comunicaciones del paciente perturban al analista debido a sus propios conflictos neuróticos, lo que restringe su comprensión y objetividad. Es posible que entonces se identifique con el superyó del paciente u otros objetos internos. Las implicaciones del uso de la identificación proyectiva, focalizan la atención sobre el modo como el analista y la situación analítica son utilizadas por el paciente, tanto para fines defensivos y como de gratificación. Autores de diferentes orientaciones, enfatizan el uso de la identificación proyectiva, para inducir un estado mental complementario en el analista.
Concluyo estas breves ideas de forma esquemática; el uso de la contratransferencia requiere ante todo, su reconocimiento a través de elementos clínicos que apoyen la idea de que es producto de la interacción con el paciente. El uso de la contratransferencia no significa su interpretación automática ni inmediata: es necesaria una recolección cuidadosa de criterios clínicos surgidos en el momento específico de la sesión. Tomarnos este tiempo ayuda a evitar actuaciones dañinas. La interpretación de la contratransferencia, cuando se formula debe evitar toda connotación persecutoria innecesaria, teniendo en cuenta, que por su propia naturaleza, es inevitable que movilice ansiedades paranoides. La destreza del analista debe ayudar a analizar las ansiedades paranoides, sin adoptar posturas persecutorias.