La invitación a reflexionar sobre la forma y el uso de las Herramientas del Psicoanálisis en estos tiempos (en rigor, sobre el oficio del psicoanalista) resulta un desafío que podría sintetizarse con la siguiente pregunta: ¿cuáles son las herramientas que utilizamos los psicoanalistas?, ¿qué compone nuestra caja de herramientas? Por otra parte, esta interrogación – en la medida en que la formulamos hoy – nos permite dar un paso más y ensayar un contrapunto entre el modo de pensar esa caja de herramientas en la actualidad y hace más de 100 años.
Este contrapunto, claro está, no pretende ser un ejercicio de mera comparación histórica. Más bien, parte de una constatación histórica: la operatoria psicoanalítica, como toda construcción humana, está condicionada y afectada por los códigos hegemónicos de cada época. Y en este sentido, cuando pensamos y repensamos nuestras herramientas como psicoanalistas, resulta necesario problematizar tanto la variación epocal de la que somos parte como sus consecuencias.
La teoría freudiana fue uno de los acontecimientos más revolucionarios para la cultura de principios del siglo XX. Más de 100 años después de su formulación primera y en el marco de una serie de cambios vertiginosos en las instituciones sociales y de intensas mutaciones tecnológicas de alto impacto en la subjetividad, revisar estas variaciones y sus efectos sobre nuestra tarea no parece ser una inquietud sociológica menor de los psicoanalistas sino que es una condición necesaria para el ejercicio del oficio.
En este contexto, la revisión actual en diversos foros de los textos clásicos del psicoanálisis puede ser entendida como un saludable ejercicio en torno de este asunto. Sin ir muy lejos, las discusiones sobre el modo de concebir el encuadre analítico ayer y hoy. También forman parte de estos debates, aunque tal vez se desarrollen más tímidamente, interrogaciones acerca de la vigencia de conceptos teóricos centrales para nuestra disciplina. En esta dirección, las mutaciones en la fisiología reproductiva como consecuencia del avance de la tecnología en esta materia, las novedosas y heterogéneas configuraciones familiares, la caída de la hegemonía de la función paterna y otras variaciones en la subjetividad generan cuestionamientos nuevos. Por ejemplo, acerca de la vigencia del Complejo de Edipo en su configuración clásica, el lugar de la represión como mecanismo de defensa prínceps o el determinismo freudiano con el modelo que podría ser llamado “arqueológico” de la cura.
Presentada la pregunta que consideraremos en esta comunicación, me interesa introducir dos conceptos que revisaré en la comunicación. En primer lugar, la noción de herramienta. En cualquiera de la ediciones del diccionario de la Real Academia Española, al menos las modernas, el término herramienta está asociada con: (I) instrumento, por lo común de hierro o acero, con que trabajan los artesanos; (II) conjunto de este tipo de instrumentos. Ambas acepciones asocian a la herramienta con un elemento simple, manual y que tiene por finalidad hacer algo, como puede ser un objeto artesanal. Pero esta definición puede ser complementada por otra que hace eje en las características (objetividad del objeto) de la herramienta pero también en su uso (subjetividad del uso). Tratándose del
Este artículo forma parte de una colección de los principales oradores en el 49° congresso de la IPA en Boston, USA: “Un mundo en transformación: la forma y el uso de las herramientas psicoanalíticas hoy”, programado para el 22-25 de Julio de 2015. La inscripción está disponible a través de la página web de IPA: Los derechos de autor de este articulo son retenido por los colaboradores.
Es la presidenta electa de la asociación psicoanalítica international (API). Médica, psicoanalista e miembro titular con función didáctica de la Asociacion Psicoanalitica de Buenos Aires.
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oficio psicoanalítico, no hay nada equivalente al martillo del carpintero o al bisturí del cirujano. Sin embargo, es posible identificar un conjunto de recursos (visibles o no) con los que cuenta el psicoanalista en su caja de herramientas.
En segundo lugar, la noción de dispositivo que, por otra parte, es usada con frecuencia en la bibliografía psicoanalítica de la última década. Sin pretender desarrollar un análisis exhaustivo de la bibliografía sobre esta concepto, vale considerar una primera definición. Michel Foucault se preguntó qué es un dispositivo y construyó una respuesta genealógica en la Microfísica del poder. Para el filósofo francés, un dispositivo es una red de relaciones entre elementos heterogéneos (discursos, instituciones, lenguajes, ideologías, estéticas, etc.) explícitos e implícitos, dichos y no dichos. Pero además esa relación no es estable sino más bien lo contrario3. Entre otras cosas, porque emerge en una situación de urgencia.
Ahora bien, ¿por qué visitar estos conceptos (herramientas y dispositivo) cuando nos preguntamos por nuestra práctica clínica?. Tal vez podamos pensar la clínica psicoanalítica como un dispositivo compuesto por una serie de elementos heterogéneos que, como todo dispositivo, nace relacionado con una situación de urgencia o al menos con una situación nueva. En nuestro caso, además, vinculado al padecimiento que cambia y muta, como la subjetividad. A la luz de estas variaciones, ¿qué consecuencias tienen para nuestro dispositivo psicoanalítico? ¿Cómo podría permanecer esa estructura elaborada por el Psicoanálisis hace más de 100 años sin variaciones? Así pensada, la interrogación sobre las herramientas y el dispositivo es una interrogación sobre el oficio psicoanalítico y su caja de herramientas.
No es sencillo determinar cuáles son las herramientas con las que un psicoanalista opera. Sin embargo, sería impensable que pudiera trabajar sin la noción de inconsciente, la de transferencia, el concepto de neutralidad analítica o el de asociación libre. La lectura de “Consejos al médico” de Freud (publicado en 1912) es una excelente entrada a este tema porque allí se puede percibir el esfuerzo que hace el creador del Psicoanálisis por transmitir su experiencia acerca de cómo usa el “instrumento”, en sus palabras, a los jóvenes analistas.
Ensayar un ejercicio de síntesis equivalente no resulta sencillo. Sin embargo, haremos el esfuerzo a lo largo de estas páginas. En primer lugar, nos detendremos en las variaciones epocales y su impacto en el ejercicio de la clínica. Luego, y en segundo lugar, una vez revisado el encuadre como el dispositivo analítico que permite que la transferencia se despliegue, me concentraré en la interpretación como herramienta prínceps del analista.
Partamos de una evidencia: somos contemporáneos de una serie de transformaciones en la subjetividad. Por mi especialidad clínica y porque entiendo que allí se observan más intensamente los cambios subjetivos de nuestra época, me concentraré en la descripción de algunas mutaciones en la subjetividad adolescente que, por otra parte, constituyen un desafío a la hora de pensar nuestra práctica. Como sabemos, la adolescencia es un proceso de fuertes cambios que pone en cuestión la estructura rígida que se construyó en el “período de latencia”, la que elabora diques a la sexualidad y habilita al niño a dedicarse a aprender. Se trata de su ingreso en la cultura. Entonces, son cuestionados los modelos ofrecidos, aparece la sexualidad en primer plano y reina una gran confusión.
El psicoanálisis se ha ocupado extensamente de esta etapa del ciclo vital. El/ la joven se ven frente a la tarea de “emigrar” del mundo del “niño en la familia” hacia la construcción de la subjetividad adulta. Si bien desde recién nacido, y también antes en su “prehistoria”, el sujeto está imbricado con el otro y con el mundo que lo circunda, es en la adolescencia cuando se topa con la tarea de encontrar su lugar en el mundo a través de la tarea que describiera Freud como “el desasimiento de la autoridad parental” (1912).
Las instituciones, comenzando por la familia y siguiendo por la escuela, actuaron como fuerzas externas reguladoras del sujeto y moldeadoras de identidad, ayudando a reglamentar este pasaje. No se nos escapa que ambas han estado y siguen estando, en gran medida, produciendo un imaginario nacido hace más de 200 años. Tal vez como consecuencia de esas distancia, estas instituciones han perdido fuerza en su función de regulación.
Cuando revisamos las más diversas situaciones históricas, observamos que cada sociedad construye ritos de pasaje para acompañar situaciones de umbral como el nacimiento, la muerte y/o el matrimonio. Esas ceremonias rituales acompañan en
Cabe señalar la importancia de los aportes de Giorgio Agamben y Gilles Deleuze en lo que respecta a la reflexión teórica en torno a este concepto.
la medida que anuncian y certifican un hecho que aconteció. En tiempos remotos, así como en algunas sociedades tribales en la actualidad, existían ritos de pasaje de la infancia a la adultez. Si nos detenemos en esos ritos, observamos que la sociedad provee a los jóvenes de ceremonias que instituyen su condición de adultos.
Podríamos decir entonces que la sociedad contemporánea no provee de los ritos de iniciación institucionalizados. Los rituales de hoy en día, creados por los mismos jóvenes – y llamativamente parecidos en distintos lugares del mundo occidental, se asemejan más a las pruebas de coraje que pueblan los cuentos infantiles. Pueden consistir en besarse con alguien a quien acaban de conocer -no necesariamente de diferente género –, tomar alcohol hasta perder la conciencia, fumar marihuana o ingerir otras sustancias, entre otras.
Enlazado con estas variaciones, otra tendencia adquiere notable presencia en los espacios de discusión en psicoanálisis: es el denominado desfallecimiento o caída de la llamada “función paterna”4.
Si bien esta declinación tiene una larga historia, de hecho algunos historiadores la vinculan con el nacimiento del primer cristianismo, es el Estado Moderno a través de sus instituciones el que limita al padre y regula los derechos del hijo (notemos que ya no son sobre el hijo sino del hijo). En este contexto, en el que también nace el psicoanálisis, surge un modelo de familia nuclear, burguesa, monogámica y heterosexual. Esta configuración familiar, en combinación con las prácticas de crianza dominantes, explican y bien la elección de Freud del mito de Edipo como complejo nuclear de las neurosis y su lugar central en la estructuración de la personalidad y en la organización de la sexualidad humana. Como sabemos, Freud -además de formular su centralidad- también proclamó su universalidad.
Pero la formulación de esta universalidad no nos impide observar las variaciones en las configuraciones familiares y las estrategias de crianza. Por ejemplo, en las sociedades premodernas, el modelo de crianza no estaba centrado en los niños. Adultos y niños convivían, con parientes y vecinos, sin que existieran espacios diferenciados para adultos y para niños que se excluyeran. En este contexto, las regulaciones para evitar el incesto estaban a cargo de la Iglesia y el Estado, no de la familia. En contraposición, la familia moderna – cuya vigencia como modelo se extiende hasta mitades del siglo XX – hace centro en la pareja conyugal. El amor debía circular en la pareja, entre ellos y sus hijos. Según Moreno (2014), “en esta nueva modalidad de crianza, se favoreció definitivamente, también como ideal, la cercanía física y afectuosa de padres e hijos amorosos” (p. 61). Esta tendencia, que por otra parte también podría entenderse como una práctica de encierro, tuvo una curiosa consecuencia que destaca el autor en el mismo capítulo: al mismo tiempo, la familia moderna cumplía una doble y paradojal función al prohibir el incesto y promover la sensualidad en el seno de la familia. No es de extrañar, entonces, que Freud se encontrara con la sintomatología neurótica prevalente en la época (la histeria y las fobias) ni que resultara natural ubicar al Complejo de Edipo como el complejo central de toda neurosis en su expresión de la neurosis infantil.
Ahora bien, la crisis de la sociedad moderna también implica la crisis de las prácticas de aislamiento con la estimulación de la sensualidad endogámica y la prohibición simultánea. El modelo de la familia actual posmoderna está muy lejos del ideal moderno. Por un lado, los pacientes que nos consultan pueden pertenecer a configuraciones familiares diversas: familias ensambladas, monoparentales, parejas del mismo sexo, entre otras. Tampoco el contrato entre cónyuges está basado en una unión permanente.
Asimismo, la atribución de autoridad al padre se ha debilitado, como ya señalamos. En este momento ya no confundimos, o no deberíamos hacerlo, la función paterna con el rol que desempeña un hombre que en general se llama padre y que habita en una familia en la que es padre de los hijos y marido de la esposa, por ejemplo. Hoy en día no es necesario que ese rol lo cumpla un hombre y que a la vez sea el padre. Puede ser otra persona y no necesariamente del género masculino.
También adquiere centralidad un conjunto de interrogaciones en torno de la filiación a partir de los desarrollos tecnológicos que comienzan a cuestionar lo que antes parecía irreductible: la paternidad biológica y el concepto de incesto.
Por otra parte, el aislamiento en la familia no es una tendencia imperante en esta época. Hoy en día predomina un ritmo acelerado que impone la presión de la cultura a través de una suerte de carrera hacia un prometido éxito que no podríamos decir en qué consiste. Somos parte de un engranaje que nos hace correr sin que sepamos hacia dónde nos dirigimos. Esta presión también la sufren las instituciones educativas que hoy proponen iniciar la escolaridad a niños que no hablan y
La función paterna no se arma de improviso, se deviene padre. Se trata de la construcción lenta, silenciosa y reformulada a cada paso de la función que se pone a prueba al mismo tiempo que se construye y se ejerce. Por este motivo resulta más pertinente hoy hablar de parentalidad, término que recubre una superficie entre dos círculos que se intersectan produciendo un territorio común: los dos círculos serían el devenir madre y el devenir padre.
usan pañales, asegurándoles, dicen, un lugar en determinadas escuelas y más adelante en la universidad. También la sufren los padres que exigen a los psicoanalistas resultados rápidos para “reencauzar” al niño o al joven en la carrera.
Como parte de este clima de variaciones, observamos que las madres que antes sufrían por tener que regresar al trabajo luego de la licencia por maternidad, a veces vuelven antes del período establecido. Es fácil condenar esta conducta si no comprendemos algo de lo que está pasando: como la maternidad se ha retardado en edad, las mujeres puérperas han dejado lugares de trabajo que temen perder, y no sin razón. Pero tal vez no sea solamente eso.
La tecnología con sus avances en la comunicación ha “roto” o “atravesado” el encierro moderno. Lo que caracteriza a nuestra época es el acceso directo a un discurso inmediato a través de internet que se ofrece fácilmente y lleno de opciones. Hoy en día el lugar de encuentro es predominantemente virtual: textos o SMS, Facebook, Twitter, WhatsApp, Instagram, Snapchat, Tumblr y blogs, son algunas de estas posibilidades. El territorio del encuentro también puede acontecer en los teléfonos celulares que cada vez tienen más elementos.
Con estas descripciones, no pretendo sintetizar el conjunto de variaciones epocales. Tampoco ensayar un análisis exhaustivo sobre los adolescentes actuales. Más bien, pretendo subrayar algunas variaciones en la subjetividad en general y en el adolescente en particular que tienen consecuencias para la clínica psicoanalítica y nos exigen revisar nuestra caja de herramientas.
A la luz de la caracterización realizada, surgen algunas interrogaciones. A saber: ¿cómo se produce subjetivación y se construye la sociabilidad en un contexto como el actual fuertemente mediatizado con preponderancia de la imagen, la exposición, la visibilidad y la celebridad entronizados por los mass media? Estas preguntas, claro está, requieren de una perspectiva temporal que todavía no tenemos. Como dicen los historiadores: no se puede escribir la historia mientras está ocurriendo; se necesita una cierta distancia para observar los cambios, describirlos y pensarlos. Sin embargo, mi impresión es que los mecanismos mentales usados por los niños, los adolescentes y los adultos familiarizados con la informática, se acercan más a los que están ligados a la escisión o splitting que a la represión. No es que piense que la represión no se utiliza pero el tipo de interacción mediática por la cual un joven puede estar mirando televisión, chateando, mirando un video corto de YouTube y enviando un SMS al mismo tiempo, me parece analizable en términos de splitting y disociación de diversos niveles del self que le permiten ¿dispersar? o ¿concentrar? la atención en varias cosas a la vez.
Confrontado con estas situaciones, el psicoanálisis tiene por delante la gran tarea de encontrar la definición de los mecanismos mentales que prevalecen en nuestra época para así dar cuenta de lo que vemos en la clínica con pacientes jóvenes. En relación con la sexualidad, por ejemplo, las características del mundo con el que el adolescente de hoy se encuentra, es muy diferente al de las jóvenes tratadas por Freud, como Dora, Catalina o la joven homosexual. Aquí también cabe preguntarse si la idea de represión sexual propia de la concepción victoriana –tan presente en la época de Freud- sigue siendo el mecanismo princeps en la actualidad.
Vayamos desde lo más visible hacia un terreno conceptual. La relación entre lo visible y lo oculto de la sexualidad, claramente observable en los cambios paulatinos en la manera de vestirse, denotan que si en la época victoriana la consigna era ocultar, en la actualidad -con la prevalencia de la imagen y el anhelo “hacerse ver”- la consigna parece ser el mostrar. En otro terreno, Marcelo Viñar (2014) nos señala que “antes regía el mandato social de castidad y se fomentaba la fobia a la desfloración, hoy rige (en el imaginario colectivo) el mandato de iniciación sexual precoz” (p.4).
Si retomamos el concepto de intimidad, tan significativo para la sexualidad adulta, vemos que éste fue afectado fuertemente por la revolución informática hasta el punto en que se ha dado vuelta, y ha pasado a ser un espectáculo, tal como lo plantea la autora argentina Paula Sibilia (2008). Sin perder de vista estas variaciones, entiendo que aunque la privacidad sea irrumpida por los medios, hay un espacio, el de la intimidad, que puede ser cuidado y preservado. Es un espacio mental que le brinda a un individuo la posibilidad de tomar contacto con un área de la mente en la que transcurren las relaciones emocionales y la creatividad en todas sus dimensiones (una de las cuales, la de generar sueños, es muy preciada por nosotros). En nuestra época, para algunas personas el único espacio de privacidad lo constituyen sus sesiones analíticas y es allí donde puede comenzar la construcción de la noción de intimidad.
Cuando repasamos estas variaciones, el oficio del psicoanalista parece conmoverse. Miramos nuestra (vieja) caja de herramientas
y a veces no encontramos lo que buscamos. O al menos, lo que encontramos no nos alcanza. Los niños, adolescentes y jóvenes, también los adultos y las familias en general, no se parecen a las que pensó Freud. Entonces, sobrevuelan las preguntas: cuál es el estatuto de estas variaciones, en qué consisten, qué tipo de lenguaje está en juego (dimensión clave para nosotros), cómo conceptualizar la temporalidad de estos vínculos, etc. Una vez más, los psicoanalistas nos confrontamos con la necesidad de volver a preguntarnos sobre nuestras herramientas para que un encuentro sea posible.
Con la pretensión de subrayar las transformaciones en la caja de herramientas del analista, nos detuvimos en la primera parte de este artículo en algunos cambios sociales y culturales en la subjetividad y en las configuraciones familiares. Con estas descripciones no pretendemos ser exhaustivos, ni muchos menos.
Por otro lado, en esta segunda parte, pretendemos dar un paso más vinculado con nuestra pretensión de pensar el oficio actual de psicoanalista. Si como señalamos aquellos que se presentan en el consultorio cambian y ya no son lo que eran, ¿qué consecuencia tiene esta tendencia sobre nuestra tarea? ¿Qué efectos observamos sobre la caja de herramientas con la que estamos habituados a operar?
Esta interrogación puede ser abordada de diversas formas. Hacer eje en unos dispositivos y/o herramientas o concentrarse en otros. En este caso, decidí focalizarme en una herramienta clave para nuestro oficio que sospecho se ve afectada por las variaciones que hemos considerado. A saber: la interpretación psicoanalítica. Estamos ante una de las modalidades posibles de intervención del analista en la sesión. Pero no se trata de cualquier modalidad. Más bien, estamos ante la que es considerada la herramienta princeps del analista.
Me concentraré en el encuadre como dispositivo para luego considerar, al ritmo de mi propio devenir como psicoanalista en los últimos años, en qué ha cambiado la herramienta interpretación en cuestión.
Comencemos por una evidencia para los analistas: para que la transferencia se desarrolle es condición necesaria el encuadre analítico instalado. Vale aclarar que con encuadre no me refiero a las condiciones formales del mismo sino al encuadre como condición a ser internalizada y por eso ligada a la llamada actitud analítica. Así definido, el método analítico es la salvaguarda que tenemos los psicoanalistas ante cualquier trasgresión técnica que podamos cometer. Por otro lado, el método también es lo que les ofrecemos a los pacientes que nos consultan. Inclusive desde la definición de Freud, en él confluyen la investigación y la terapia. Y en este último aspecto está incluida la teoría de la cura que cada analista sostiene de acuerdo a sus referenciales teóricos.
Ahora bien, el encuadre ha sufrido cambios en los aspectos formales desde que nació el Psicoanálisis: número de sesiones semanales, formas de saludo entre paciente y analista, monto de honorarios y modalidades de pago, entre otros aspectos. Más allá de estas variaciones, también registramos cambios en aspectos más internos y sutiles. Por ejemplo, los modos de comunicación. En la Argentina, sin ir muy lejos, el uso difundido del tuteo en lugar del obligado usted de otras épocas se ha transformado en algo frecuente. Por otra parte, analista y paciente no siempre están solos en el consultorio, ya que muchas son acompañados por los elementos que brinda la tecnología. Los SMS, Whatsapp e emails están incorporados como modos de pedir cambios, avisar ausencias y decir “estoy llegando”. Hace no mucho tiempo, me solicitaron a través de una comunicación telefónica. Al estar frente a frente en la entrevista, le pregunté cómo llegó a mí y me respondió sin vueltas: “la googlée, doctora”.
Como destaqué en la introducción, pensar las variaciones de las que somos parte implica pensar las transformaciones en las subjetividades actuales pero también en las condiciones de trabajo para los analistas. Al respecto, puedo considerar mi propia experiencia que, por otra parte, es representativa de una tendencia: vivo y trabajo en Buenos Aires, ciudad que ha sido escenario de un auge del Psicoanálisis en las décadas del 50 y 60, y que parece muy difícil de comprender desde otras latitudes. Para poner un breve ejemplo, cuando quise pedir hora para iniciar mi análisis didáctico cerca del fin de la década del 70, llamé a cinco analistas y cuatro me respondieron que con mucho gusto me iban a atender al cabo de 2, 3 o 4 años. No sería necesario agregar que hoy esta situación es inexistente.
Por otro lado y como parte de un proceso social y cultural más general, nuestra época se caracteriza por el cuestionamiento de la autoridad, incluso aquella vinculada con el saber. Maestros y profesores, la escuela
en general, están atravesados por estas variaciones. También el analista. Ahora bien, este cuestionamiento tiene efectos que se observan tanto en los dispositivos como en las herramientas que usa el psicoanalista. Ante este cambio de estatuto, una primera reacción podría ser considerar que los efectos han sido necesariamente negativos. Por ejemplo, ante el crecimiento de las ofertas de alivio rápido del sufrimiento se ha perdido terreno. Sin embargo, desde mi perspectiva, yo creo que el psicoanalista se ha vuelto más sensible a las circunstancias de su entorno y a sus propias resistencias al psicoanálisis. De esta manera, se ha permitido revisar críticamente su actitud frente a la tarea y cierto aislamiento prescindente
Si el Psicoanálisis es cuestionado desde afuera, ¿por qué no interrogarlo desde adentro? ¿Por qué no preguntarnos acerca de nuestras herramientas? ¿Sobre su validez y sentido? Como se trata de un campo problemático enorme, apenas me concentraré en un asunto, como adelanté: en la interpretación, en tanto herramienta prínceps de un psicoanalista. A través de esta pregunta, tal vez, podamos interrogarnos acerca de nuestra propia práctica.
La literatura psicoanalítica en torno de la interpretación es amplia y variada desde los inicios del psicoanálisis. Se impone un recorte a los fines de introducir el tema. Comencemos entonces por el maestro R. Horacio Etchegoyen.
R. Horacio Etchegoyen (2014), quien se ha ocupado del tema de manera minuciosa y profunda, considera a la interpretación psicoanalítica como el instrumento fundamental para la tarea de un analista. Según su perspectiva, ésta es la herramienta del terapeuta en tanto que condición necesaria y suficiente para su ejercicio. Los fundamentos de la técnica psicoanalítica (1986) y el valioso Un ensayo sobre la interpretación psicoanalítica (1999) son de insoslayable consulta. Ahora bien, en el capítulo V del mencionado ensayo, el autor define a la interpretación transferencial como “la más singular y específica de nuestro quehacer” (1999, pág. 53) Por otra parte, la interpretación completa abarca en pasos sucesivos tanto el conflicto trasferencial como el que no está estrictamente ligado a la transferencia. Y este último puede ser el conflicto actual o el histórico, tanto infantil como el más temprano que incluye las vivencias del período pre-verbal.
Una última cuestión que merece ser subrayada. Según Etchegoyen, la interpretación puede ser testeada durante la sesión analítica y esto implica “incluir en el diálogo analítico el juicio sobre lo que le hemos interpretado” (1999, p. 66). No se trata, señala, del juicio racional sino que proviene del inconsciente y surge sin que el paciente sepa lo que hace.
Esta posición (que ve al psicoanálisis como una ciencia) contrasta con una propuesta que sostienen varios autores5 que entiende que la práctica analítica está más cerca del arte o de una artesanía. Así pensado, interpretar no es tanto explicar, dar sentido o “descubrir” los contenidos inconcientes sino una actividad ligada a describir y a conjeturar imaginativamente en un trabajo interpretativo llevado adelante por analista y paciente. Sobre esta cuestión, compleja por diversas razones, volveremos más adelante.
Retomemos la noción de interpretación. En este caso, de la mano de un artículo clásico en psicoanálisis de James Strachey, (1934) y sobre la interpretación mutativa. Cuando Etchegoyen revisa el trabajo, sugiere que es quizás el artículo que mejor describe la dialéctica de la interpretación. En una breve síntesis, podríamos decir que Strachey se pregunta sobre los efectos terapéuticos del psicoanálisis y sostiene que la interpretación depende de los cambios dinámicos que produce, en especial la interpretación mutativa.
En este marco, el autor postula la creación de un Superyo auxiliar que es resultado de la proyección de los impulsos y los objetos arcaicos en el analista. La presencia del analista como Super yo auxiliar genera, entonces, impulsos dirigidos al analista pero éste, al no comportarse como el objeto original, hará que el analizado tome conciencia de la distancia entre el objeto arcaico y el actual. Por otro lado, esto es lo que va a permitir, en términos de Strachey, romper el círculo vicioso neurótico. Para que esto ocurra, claro está, es necesario sostener el setting analítico e intervenir con la interpretación.
Según Strachey, la interpretación mutativa produce un cambio estructural, se modifica el objeto arcaico que se puede reintroyectar como más benévolo y cambia la naturaleza severa del Superyo.
Hoy, a 80 años de la publicación de uno de los artículos más citados y discutidos en psicoanálisis desde variadas perspectivas teóricas, cabe preguntarse sobre la vigencia de las ideas presentadas. Por otro lado, esta
Entre ellos Bion, Meltzer, Ferro.
pregunta está vinculada con la expansión del campo de los cuadros psicopatológicos tratados con la terapia analítica. En este sentido, ya no es posible desarrollar generalizaciones sobre el uso de la herramienta interpretación sin singularizar al paciente, al analista y sus referentes teóricos.
A partir de los estudios sobre el desarrollo psíquico temprano y el análisis de niños pequeños, en sus diferentes aproximaciones conceptuales, se ha incluido en la aproximación a la interpretación todo lo referido al lenguaje no verbal (gestos, mímica tonos de voz, silencios).
De todas maneras, la pregunta acerca de la acción terapéutica de la interpretación psicoanalítica sigue dejando abierta la cuestión y es germen de posibles desarrollos futuros en un momento en el que el psicoanálisis tiene abiertos espacios de debate acerca de las condiciones actuales de nuestro trabajo, la posibilidad de análisis a distancia utilizando los avances tecnológicos y la viabilidad del uso de nuestras herramientas en contextos ampliados.
Después de revisar ideas de Etchegoyen y de Strachey sobre la noción de interpretación, me interesa hacer una breve incursión por otras disciplinas.
El término interpretación también tiene una larga historia fuera del ámbito del psicoanálisis. En el campo de la filosofía, por ejemplo, la relación entre la percepción y la génesis del conocimiento ha sido un objeto de preocupación de larga data. Esta discusión es compartida actualmente por las ciencias duras, para las que no solamente no existiría el objeto observado sin observador sino que el observar produciría efectos en lo observado.
La interpretación también se relaciona estrechamente con el arte, cualquiera sea su expresión. Susan Sontag, en su célebre artículo “Contra la interpretación” (1961), pone en cuestión el papel históricamente atribuido a la crítica en su tarea de interpretar, traducir y develar lo que una obra de arte expresa. El punto central, para Sontag, es que este tipo de crítica, confunde la obra con su contenido. Esto lleva, según la autora, a que el arte se vea exigido a dar cuenta del sentido, lo que lleva a la exigencia de interpretarla. Este ensayo, revulsivo y crucial en los años sesenta, conserva hoy el valor de poner en cuestión el valor absoluto de la interpretación en el arte.
Para Susan Sontag, los procesos de interpretación de la obra de arte, los intentos por volver inteligible un texto en particular o una obra en general, esconden una tentativa de alteración: no se trata de “leer” el cuerpo textual (sea literatura o artes visuales), sino de revelar su sentido, su contenido secreto.
Este ensayo, que merecería un mayor espacio, resulta estimulante al entrar en el terreno de la interpretación psicoanalítica pues nos incita a pensar nuestra práctica desde una actitud de interrogación y cuestionamiento. En esta dirección, la crítica de Sontag nos invita a repensar nuestra propia práctica a la luz de las alteraciones actuales. Por ejemplo, ¿las herramientas clínicas elaboradas a fines del siglo XIX nos permiten intervenir en la clínica de la misma manera? ¿Qué ha cambiado? ¿Qué permanece? ¿En qué sentido una herramienta puede dejar de serlo?
Ahora bien, esta disposición a la revisión no resulta sencilla. Me atrevería a decir que, a veces, nos cuesta tanto o más que a nuestros pacientes.
Dicho esto, no hay que perder de vista que la interpretación en tanto herramienta princeps para el analista sigue vigente. Tal como adelantamos, el impacto de los cambios culturales, sociales, familiares, subjetivos y tecnológicas se hace sentir en nuestros consultorios. Ha cambiado la presentación de la psicopatología y el encuadre analítico acepta nuevos modos de comunicación con la realidad informática presente en el vínculo analítico. Sin embargo, es necesario repensar la herramienta en cuestión.
Si ampliamos el foco con una mayor lente de aumento, detectamos cambios y mutaciones que implican transformaciones profundas en la manera de concebir el diálogo analítico. Si volvemos a la pregunta sobre la interpretación en el marco del consultorio, no hallamos algo equivalente a “la interpretación correcta”. Si el analista construye una opinión acerca de lo que está ocurriendo en la relación transferencial, él mismo se hace cada vez más dependiente del contacto con su propia contratransferencia que va a poner a prueba, siguiendo a Bion (1962), la capacidad negativa, es decir la capacidad de tolerar dudas, incertezas y el no embarcarse en la búsqueda irritante de hechos y razones. Se trataría, podríamos concluir, de una construcción que puede operar y funcionar pero que siempre es tentativa, conjetural y contingente.
Para avanzar esta caracterización, vale detenernos con un poco más de detalle en dos aspectos técnicos: el contenido y la formulación de la interpretación. Respecto al contenido y haciendo una observación sobre mi propia tarea a lo largo de muchos años de práctica6, puedo detectar diversos cambios. En el marco de la tradición ligada al modelo kleiniano, en el que me formé por otra parte,
En análisis de niños, adolescentes y adultos
se supone una prevalencia de la hostilidad al comienzo de la vida, con la percepción del impulso de muerte y su posterior deflexión por temor al aniquilamiento. Este enfoque – que ciertamente no se corresponde con la manera de interpretar de Melanie Klein – tuvo consecuencias en una manera de interpretar, la que hizo foco en la hostilidad por sobre un variado repertorio de ansiedades a tomar. Este modelo, al que Meltzer denomina “teológico” (1984), supone que al nacer estamos amenazados de “infierno” y a través de ciertas operaciones mentales, tales como el splitting y la idealización, se emprende el camino del desarrollo. Las ansiedades en juego en esta configuración -esquizo paranoide- determinan un clima especial en la atmósfera del consultorio que podríamos llamar, en consonancia con el modelo que Meltzer llama teológico (1984), el “clima del descenso a los infiernos”. Este clima pudo haber hecho aparecer como natural el trabajo interpretativo del analista con cierto apuro por otorgar significación. Tal vez se trate de que, con los sentimientos contratransferenciales imperantes en ese clima, siempre resulte más apropiado entrar en el infierno con argumentos, que sin ellos.
Esta tendencia pudo llevar, según entiendo, a la génesis de circuitos cerrados de índole paranoide en la interacción analítica. A mi juicio, se estrechó la receptividad que, por otra parte, tendría que dar lugar a los impulsos que vengan al campo transferencial. Cabe aclarar que no estoy diciendo que la transferencia negativa no existe. Por el contrario, considero esencial su interpretación pero siempre en contrapunto con los impulsos libidinales que, en última instancia, permiten que el paciente esté en la sesión hablando o jugando con nosotros.
Si leemos trabajos con material clínico de hace más de treinta años, es notorio que se interpretaba mucho más que hoy en día. Quizás un cierto furor interpretativo puede tener como causa una necesidad defensiva del analista quien, a través de la acción de hablar, puede dar curso a su propia ansiedad frente al contacto con la hostilidad más primitiva. Si ahora examinamos el área de la formulación de la interpretación y colocamos, como contrapunto, al modelo estético que postulé en el año 2000 (Ungar, 2000), se puede desprender una modalidad interpretativa diferente basada, creo yo, más en la posibilidad de observar y describir más que en la de explicar. Desde mi punto de vista, esta modalidad interpretativa metacomunica, asimismo, una actitud de observación, de reflexión y de conjetura.
Retomaremos aquí el debate acerca de si el psicoanálisis es una ciencia o un arte que apenas señalamos antes. El analista presenta a su paciente conjeturas bajo la forma de interpretaciones y éste debe realizar un trabajo psíquico con ellas. La interpretación es, así pensada, una invitación a trabajar. A diferencia de una hipótesis científica que es taxativa, la conjetura imaginativa supone una opacidad que determina una actitud más pudorosa en el momento de interpretar. En esta dirección, el tipo de formulaciones: “a mí me parece…”, “yo pienso que” o “podríamos pensar” no es una estrategia diplomática para que el analista luzca más humilde sino una enunciación que nos recuerda que la imposibilidad esencial de saberlo todo.
Para dar cuenta de los cambios en mi propia manera de trabajar, he revisado materiales clínicos de los comienzos de mi tarea con pacientes en análisis y otros más recientes desde una actitud de observación, experiencia de comparación que me ha permitido tomar contacto con las transformaciones en la práctica de manera muy vívida.
A continuación presentaré dos viñetas de mi propia clínica para estudiar cómo ésta se ha modificado. La primera proviene del análisis de un niño realizado hace treinta años y la segunda es de una paciente, estudiante universitaria, en una sesión de hace poco tiempo atrás. Este contrapunto nos permitirá observar las intensas variaciones en torno de la interpretación.
El primer ejemplo es un breve fragmento de la primera sesión del análisis de Andrés. Se trata de un niño de 5 años que fue traído por una intensa tartamudez y dificultades en el nivel de gráficos esperables para su edad. Su análisis fue realizado con una frecuencia de cuatro sesiones semanales.
Llega y se despide fácilmente de la madre (quien lo trajo). Viene comiendo caramelos efervescentes que hacen ruido en su boca. Abre la boca y me dice “Mirá cómo explotan”. Yo lo miro. Comienza a hablar a gran velocidad en tono alto, tartamudea mucho, tose y estornuda. Cuenta que le regalaron una bicicleta y que en un asado el día anterior “los papás comían afuera”.
Le interpreto: Como es la primera sesión estás asustado, querés llenar todo de palabras porque adentro tenés ideas que sentís que son cosas que te explotan en la boca como el caramelo.
Andrés agrega: “que me explotan en la boca como bombas”.
Le interpreto: me tenés miedo, no sabés cómo voy a recibir lo que sentís que son bombas adentro tuyo.
Andrés: Decime: ¿para qué vine? Ah sí…vine para que me digas que tengo que venir. Pero yo practico básquet y hoy falté.
Le interpreto: Por un lado quisieras ver conmigo por qué te explotan las palabras en la boca y las cortan y tartamudeas, pero por otro tenés miedo y preferirías quedarse con lo que ya conocés que es el básquet.
Este breve ejercicio de observar mi modalidad interpretativa cuando era una joven analista resultó revelador. Al leer las interpretaciones que le hice a Andrés en su primera sesión, estoy de acuerdo con el contenido (me parece que apuntaban al centro de máxima ansiedad, como nos enseñara Melanie Klein). Al mismo tiempo, la formulación me resulta muy asertiva. Otorga significado y no abre caminos. Más bien presenta hipótesis que no dejan prácticamente lugar a otras ideas nuevas.
El contacto con la obra y la persona de Meltzer, sobre todo en la formulación de un modelo estético (Ungar, 2000), tuvo un gran impacto en mi manera de entender el oficio psicoanalítico y a la hora trabajar. En el modelo estético, el saber del analista va a estar siempre excedido por lo que el paciente transfiere, no hay chance de conocimiento total o completo dadas las cualidades no observables desde lo sensorial del llamado objeto psicoanalítico. Así, se desprende un estilo de interpretación psicoanalítica que se basa fundamentalmente en la posibilidad de observar y describir no de explicar.
Si retomamos el breve ejemplo clínico de la primera sesión con un niño de cinco años, vemos que la primera interpretación le adjudica al niño desde sentimientos a intencionalidades. “Como es la primera sesión estás asustado, querés llenar todo de palabras porque adentro tenés ideas que sentís que son cosas que te explotan en la boca como el caramelo”. Cuando hoy releo estas viñetas, me veo a mí misma como una joven analista muy entusiasmada pero con poca vacilación. Hoy tendría una actitud más descriptiva con una mayor aceptación de que el trabajo interpretativo supone una secuencia, un diálogo, una serie de conjeturas. Si tratara, en una suerte de ejercicio, de imaginar mi modalidad de intervención actual, se me ocurre lo siguiente: hoy me detendría en el comienzo de mi interpretación. Entonces, le hablaría a Andrés de su temor de comenzar una experiencia nueva con alguien que apenas conoce mientras su mamá se queda afuera (tomando lo de que ayer, en el asado los padres comieron afuera). Hoy también no me apresuraría a interpretar las “ideas le explotan en la boca”, y no lo haría porque entiendo que esa fantasía no está. Me sigue resultando evidente, como en ese momento, que hay una fuerte relación entre la agresión y su síntoma (las palabras salen cortadas). Sin embargo, esperaría a que el niño tuviese la oportunidad de llegar a eso de algún modo. En síntesis, con mi ayuda pero desde él.
Por otra parte, Andrés acepta inmediatamente mi sugerencia de que algo le explota en la boca y agrega “que me explotan en la boca como bombas”. Eso le produce más excitación, y trata de utilizar defensas maníacas omnipotentes de poseer material explosivo que puede utilizar. Luego de mi segunda interpretación relacionada con su posible temor de que no pueda recibir su agresión, surge la confusión y recién ahí parece preguntarse donde está y con quien “Decime: ¿para qué vine? Ah sí…vine para que me digas que tengo que venir.”
El niño se pregunta y tal vez no pueda esperar una respuesta. Se contesta con algo que puede calmarlo: que yo le voy a decir para que tiene que venir a análisis. Esa invitación es la que hoy tendría cuidado de aceptar, la de responder rápidamente al servicio de atenuar la ansiedad de ambos.
Durante el tratamiento de Andrés, que fue intenso y no muy largo, la hostilidad pasó a la acción en varios momentos, incluido el lanzamiento de objetos que me golpearon. Tuvimos que suspender sesiones antes de la hora con presencia de la madre en la sala de espera hasta que termine la sesión, trabajando allí con él. Lentamente apareció la posibilidad de dibujar y luego de un lapso de tiempo el síntoma disminuyó. Este paciente, como casi todos, me enseñó mucho acerca de la técnica con niños y sobre todo a seguirlo a él en sus posibilidades de acercarse al centro de su ansiedad y de su dolor mental, lo que me ha resultado de utilidad en el trabajo con pacientes de cualquier edad.
La cuestión de la invitación, a la que me referí al presentar la viñeta del análisis de Andrés, me ofrece una entrada para observar-me trabajando en una sesión bastantes años después.
Una joven paciente, en el curso de su cuarto año de análisis y a poco de empezar la sesión de un día lunes, me comunica con mucha emoción, y en tono de pregunta, que ha decidido invitarme a la ceremonia de su graduación universitaria que tendrá lugar dentro de dos meses. Luego se queda en silencio.
Yo no respondo nada, ni siento necesidad de hacerlo. Al rato, ella sigue hablando acerca de lo difícil que le resultó llegar a esa decisión de invitarme, pero siente que para ella será importante mi presencia. Que jamás se le hubiera pasado por la cabeza invitarme a una fiesta, por ejemplo de su cumpleaños pero que esto es diferente.
Hace otro silencio de varios minutos. Luego dice que estuvo hablando con su novio y pensaban que seguro yo no querría ir, porque eso es salirse del encuadre. Hace otro silencio, esta vez más prolongado, y dice que pensándolo más, quizás yo no querré ir porque pienso que la podría poner más ansiosa a ella.
Debo decir que transcurrió más de la mitad de la sesión en la secuencia descripta.
Recién ahí le interpreté que quizás necesitaba mi presencia concreta en su ceremonia de graduación porque no confiaba contar conmigo desde adentro de ella. Que luego llegó sola a la conclusión primero, de que no iría porque estoy encerrada en las reglas del encuadre, para pasar a pensar que quizás no iría para cuidar su análisis y así a ella.
La sesión continuó y fue evidente el clima de alivio que sintió la paciente, tardó poco en decir que ahora pensaba que quizás se sentía obligada a invitarme por algo ligado a su propio sentimiento de exclusión en diferentes grupos desde niña.
Esta situación transferencial abrió el camino para seguir explorando aspectos de su conflictiva edípica, ya que enseguida asoció con que sus padres le han contado que en la primera visita que hiciera al hospital cuando nació su hermano, tres años menor que ella, se cayó al entrar y tuvieron que hacerle una curación menor en el mismo lugar.
Luego de una breve intervención mía en relación a que parecía que en ese momento su enojo por sentirse desplazada se volvió contra ella misma, la paciente sigue recordando lo difícil que fue para ella encontrar no sólo un lugar en la familia-es la hermana del medio de tres-sino que esta situación se repitió en los grupos de niñas en su infancia y temprana adolescencia.
A partir de este breve fragmento de una sesión y con la pregunta de la interpretación como norte, me pregunto por otras posibilidades ante esa invitación que hubiera desarrollado a lo largo de mi propia historia como analista. Podría haber permanecido callada, según el modelo de que el analista no debe contestar preguntas. También podría haberle interpretado a la paciente en relación con lo que significa mi presencia en su graduación como una proyección de su self infantil en mí, presente en la escena primaria. El hecho es que no le respondí. Creo ahora que utilicé como indicador mi contratransferencia, al no sentir presión ni necesidad de mi parte de hacerlo. No hablé en ese momento porque no lo sentí necesario. Pienso que decidí tomar su pregunta y pensar. Sobre todo pensar qué podía ofrecerle a ella para seguir pensando acerca de su deseo de invitarme. Ahora bien, eso fue posible luego de sostener una actitud de silencio hasta formular una interpretación que permitiera que la paciente hiciera un recorrido: desde su idea de invitarme hasta llegar, sola, a la decisión de no hacerlo.
Este recorrido por la situación clínica y centrada en la operación interpretativa no pretende sintetizar la complejidad de nuestro escenario, tanto a nivel de las variaciones en las subjetividades como en el oficio del analista. Sin embargo, entiendo que nos permite pensar una variación sustantiva en el estatuto de interpretación. Al revisar ese contrapunto, donde por otra parte es parte de mi historia como analista, no puedo dejar de observar las variaciones a la hora de interpretar. Visto en perspectiva, veo diferencias que describen mi posición pero estoy segura que también la de otros analistas. Hoy me veo interpretando más cerca del paciente y de su estado de ánimo. Observo un trabajo conjunto. Se trata de una invitación a un proceso de pensamiento que, para seguir vivo, requiere volver a pensar.
Para concluir, retomemos la pregunta relacionada con la caja de herramientas: ¿Qué herramientas de nuestra clínica necesitamos poner en cuestión para seguir trabajando como psicoanalistas? En el caso de la interpretación, la herramienta prínceps, esta pregunta es compleja porque no se trata de sustituirla por otra como lo haría el artesano mientras mira su caja de trabajo sino de revisar su uso a la luz y en tensión con de las variaciones actuales. No hay dudas de que no se trata de un ejercicio sencillo. Sin embargo, resulta necesario y se convierte en una invitación que no podemos dejar pasar.