Se cuestiona el concepto de verdad en función de la introducción del inconsciente. Solamente en lo manifiesto, y sostenido por los principios de la lógica aristotélica, identidad, no contradicción, tercero excluido y razón suficiente, la verdad se puede plantear como adecuación “intellectus et rei”. Pero si hay inconsciente, el ser queda constantemente cuestionado, lo que se dice no es, y la verdad apunta más a la imposibilidad, a la falta y a la nada. El psicoanalista debe poder y saber moverse entre el Escila y Caribdis de ambas posiciones, para no caer fuera del mundo, pero tampoco sujetarse a lo imaginario de una realidad del sentido común. A esa cuestión apunta la sutura del sujeto y del objeto que Lacan reconoce en la ciencia actual.
1. La verdad es una cosa del decir. Se dice o no se dice la verdad. Decir la verdad implica fundamentalmente que lo que se dice es. Ahora bien, eso pone en juego dos cuestiones, si lo que se dice puede decir al ser y si el ser del que se dice es. Como psicoanalistas estas dos cuestiones nos conciernen especialmente, por la complicación de la aparición del inconsciente. Y sobre todo por la perenne cuestión de si el inconsciente es el sitio donde se aloja la verdad, o si por el contrario es el sitio donde toda verdad se desvanece. Porque si hay inconsciente lo que se dice no es. Por eso también se puede enunciar que de la verdad “nada” para decir, en tanto siendo el concepto de nada tal vez el invento humano por excelencia, decir la verdad es fundamentalmente decir la nada como constante falta. La esencia de la revolución freudiana, que rompe la neta división entre lo racional y lo irracional, pone en cuestión la jubilosa promoción del ser pensante-parlante, como una de las más vanas y equívocas ilusiones producidas por ese mismo ser. La operación esencial fue la destitución del júbilo de la palabra. La jubilosa maravilla se complicaba con la ruinosa desgracia, porque las promesas del acceso al ser, al saber, a la verdad y a la objetividad, terminaban delatándose como mitos retrospectivos creados por el mismo habla, que aparecían como proyectos grandiosos que terminaban en su imposibilidad. En síntesis, paradójicamente la condición parlante nos impone aquello que finalmente nos torna imposible. El inconsciente entra en escena en su concepción radical, recogiendo la paradoja de la destitución del júbilo de la palabra que apunta a que porque se dice, hay algo que se quiere saber y que se quiere decir, que no se puede terminar de saber y que no se puede terminar de decir. Como que la hipótesis radical del inconsciente se gesta en el espacio donde se da cuenta de esa pérdida que puede definirse como la maldición que se gesta en el ser por el acto del habla.
Podemos vislumbrar el alcance ético de la cuestión. Como psicoanalistas ofrecemos en la cura fundamentalmente el inconsciente. Pero
Artigo recebido em 24 de Outubro de 2018 e aceite para publicação em 23 de Fevereiro de 2019.
Este texto tem como base a comunicação apresentada no XII Encontro Lacan, na IPA, subordinado ao tema «Verdade, Inconsciente e Realidade», organizado pela Sociedade Portuguesa de Psicanálise (SPP) entre 8 e 10 de Junho de 2018.
Doutor em Medicina, psiquiatra e professor auxiliar na UBA. Analista com funções didácticas na APA e APM. E-mail:
si el inconsciente es la promesa de inconsciente, pone en juego el imperativo categórico de la verdad en el lugar de la maldición que se gesta en el ser por el acto del habla. Implica el desengaño permanente de la ficción comprensible del contenido manifiesto, recuperándose la dignidad de la palabra como promesa y como sostén de una interrogación fundamental: ¿porqué es en general el ente y no más bien la nada? Y sobre el fondo de esa promesa donada por la cura, se prometen también el Edipo y la pulsión de muerte. Desde que se habla y desde que la palabra aparece como vehículo para colar una interrogación sobre el ser, se abre la dimensión de la ignorancia. Quien no es sujeto del habla no ignora y por tanto no tiene nada que saber, por lo cual no se le plantea tampoco el problema de la verdad. Pero cuando la cosa a saber se presenta, comienza una interminable búsqueda de la verdad. No tanto que se perdió la verdad, ya que fuera de la palabra y fuera del saber-ignorar no hay nada semejante al orden de la verdad, sino que lo míticamente perdido aparece después como verdad imposible. Verdad que antes no era, porque el ser era lo que era o no era lo que no era, pero que después dejó de ser. Su búsqueda deviene así un error temporal y una imposibilidad, porque cuando se habla se habla de lo que por hablar falta al decir. Si antes la hubiera habido habría esperanzas de recuperarla, pero ¿qué hacer con lo que antes no fue y después dejó de ser? ¿cómo encontrar una pérdida que nunca fue? El deseo del sujeto parlante queda atravesado de cabo a rabo por la problemática imposible de la verdad, e intenta colmarse en el orden posible donde se constituye la razón.
La imposibilidad de la verdad deviene en la razón de desear la razón, ya que en sí misma no tiene otra razón que su propia imposibilidad.
Y así toda verdad que quiera apelar a la razón o toda razón que quiera sostenerse en la verdad, no pueden efectuarse sino dentro del mundo del contenido manifiesto, dentro de la ficción de un mundo ordenado y comprensible, en suma, dentro de cualquiera de las ideologías mundanas.
Y solamente desde la verdad en la razón podemos entenderla como “adequatio intellectus et rei”, o en el plano de las validaciones lógicas. De estas últimas, aún Wittgenstein decía que para ser “Sinnvoll”, plena de sentido, una proposición molecular debería oscilar circunstancialmente entre su falsedad y su verdad, ya que para poder informar algo debe desplazarse desde el lugar donde lo verdadero y lo falso se imponen como un absoluto. Por su parte J. A. Miller (1973) cita tan adecuadamente a Leibniz, en La sutura, elementos de la lógica del significante, en que son idénticas las cosas que pueden sustituirse sin que la verdad se pierda, y justamente la problemática que el habla inaugura es la pérdida de toda posible identidad, ya que ésta aparece solamente “a posteriori” de su imposibilidad, que se manifiesta en la constancia del deseo insatisfecho. Porque en lo previo a la adecuación o a las validaciones lógicas se nos imponen las preguntas sobre si hay una verdad del ser, si la verdad es de verdad, etc. Y aquí es pertinente recordar a Ferrater Mora (1971) que en su Diccionario de Filosofía, nos ilustra con la diferencias que hacía Ortega y Gasset de la verdad en los griegos y en los hebreos. Mientras que el griego clásico dice de algo que es, el hebreo plantea la “emunah”, la confianza y la seguridad de que se cumplirá al ser como promesa, y dice amén, como si se tratara de una promesa de asintótico cumplimiento, que en algún tiempo algo será fiel a la palabra que termine de decir al ser y que finalmente habrá por fin la anhelada armonía con el “logos”.
2. M. Heidegger (1947) concluye su ensayo sobre la Doctrina de Platón acerca de la verdad, al que critica por haber priorizado la “paideia”, la correcta y justa relación del juicio del sujeto con su objeto, frente a la “Aleteia”, el desvelamiento, enlazando la pregunta por la verdad con la pregunta por el ser. Dice que ningún intento para fundamentar la verdad en la razón, en el espíritu, en el pensamiento o en cualquier modo de subjetividad, puede poner a salvo esa esencia, porque la respuesta no está a la altura de la pregunta. Porque antes que nada tiene que aparecer aquella indigencia en la que no solamente el ente en su ser, sino que el mismo ser se vuelve cuestionable. Y agrega en De la esencia de la verdad (Heidegger, M., 1943), que lo que posibilita la rectitud de un enunciado es el descubrimiento de un ente en su ser, por lo cual la verdad predicativa u óntica se basa en una verdad antepredicativa u ontológica. A esto hay que agregar la crítica a ese momento de amarraje del ser planteado por Descartes, donde Heidegger insiste en la copresencia del “cogito” con el “sum”, dándose la primera confusión del sujeto con el objeto, y sustrayéndose la posibilidad de un subjetivismo puro y neto que puede enfrentar a su objeto como una excepción a su raigambre metafísica. También Derrida (citado en Habermas, J., 1967) destaca contra Husserl la crítica a la conciencia pura contra el reino mediador de la comunicación lingüística, donde se sitúa al significado como esencia ideal para librarlo de las supuestas impurezas de la expresión de la lengua, sin la cual sin embargo ningún significado se captaría. Y justamente contra la platonización del significado, enfatiza el lazo de lo inteligible con el sustrato sígnico que lo expresa, es decir, hacer primar a la manera de Lacan, el significante sobre el significado. Y sabemos que Lacan a pesar de afirmar que el sujeto del psicoanálisis es el sujeto de la ciencia moderna, inaugurado por el amarraje del
ser en Descartes en relación al sujeto dudador, no deja de señalar la división subjetiva, y por ende la falla objetiva que constantemente pone en cuestión la separación entre saber y verdad.
3. S. Freud (1897) ya nos marcó las pautas de la cuestión. En sus famosas Cartas Heroicas, cuando enuncia que no cree más en sus neuróticas. El saber del dato objetivo del padre pervertidor no basta para saber la verdad del fantasma, sobre todo porque afirma que en el inconsciente no hay ningún signo de realidad. Por otro lado nos introduce a una constante división entre la “Wunscherfüllung” y la “Befriedigung”. Preconiza dos represiones, la primaria y la secundaria. El sujeto cree que no quiere saber y el psicoanalista le remueve las resistencias para que sepa y deje de ignorar. Aparecen también las famosas resistencias del Ello. Ello se resiste al sujeto, la verdad empuja y la verdad se resiste. Hay un saber al que el sujeto se resiste como encubrimiento, que una vez sabido encubre más definitivamente la verdad. Levantar la represión secundaria para instalar mejor la primaria. El sujeto le da la espalada al saber como la imposible verdad se la da a él. Pero no es una relación especular simétrica. Así no es solamente pòrque el sujeto reprime que no sabe algo. Eso es del campo del saber-ignorar, sino que porque algo no se sabe se reprime y se sustrae. La verdad se resiste y para poder saber, es decir para ignorar, el sujeto quiere creer que la resiste el. Sólo se puede ignorar lo que se puede llegar a saber, ya que lo que no se puede llegar a saber ni siquiera se ignora. Por eso la imposible verdad está fuera del campo de la ignorancia, ya que ésta es compañera del saber. Por eso la ignorancia se mantiene, el saber se conquista, pero la verdad se padece. Lo inconsciente no quiere saber sino –no-terminar de decirse, para no terminar de gozar, para no subsumirse a la lógica aristotélica. El que quiere saber motivaciones, causas formales, razones, es solamente el sujeto imaginario en función de su integridad narcisista. El psicoanalista debe saber que toda pretensión de saber la verdad exige siempre la causa formal, por esto por esto y por esto. Sin embargo, el por multiplica al saber por el desconocimiento dividiendo más al sujeto de su verdad. Y la verdad tiene su momento cuando el agujero se crea, el espacio se abre y la máscara cae. Es el momento de la transición entre dos mentiras, la que cae y la nueva que se instala. Pero en la transición es imposible quedarse porque no tiene solución sino solamente solución de continuidad. Volviendo a Freud en su trabajo La negación (1925) nos encontramos con una curiosa dialéctica. Si en lo inconsciente adviene el no ser bajo la forma de ser, el paso preconcsciente-consciente es la negación, como la aparición del ser bajo la forma del no ser, no es la madre. Momento categorizado tan bién por Jean Hyppolite (1966) en su comentario sobre la “Verneinung” y que ocupa un lugar preciso en la obra de J. Lacan. Allí la negación privilegia el pensamiento, la inteligencia y la independencia del principio de placer. Pero hace falta un nuevo paso, el de la negación de la negación, que culmina en una nueva afirmación, sí es la madre. Y sin embargo Freud destaca que lo esencial de lo reprimido se mantiene. Permanece la distancia entre lo afectivo y lo intelectual. Como si la afirmación original y la negativización de lo real que implica portara una traza de relación con la verdad en el momento de su pérdida, que la nueva afirmación padece. Freud deja de ser hegeliano, todo lo real no es racional. Finalmente en Inhición, síntoma y angustia Freud destaca que lo fundamental de lo reprimido es la castración, donde el sujeto reprime lo que lo reprime, por lo cual lo más profundo de lo reprimido es la verdad como falta.
4. Alain Badiou (2010) en La Filosofía otra vez, alude a las tres corrientes que realizan el giro de la verdad al orden del sentido, cuestionando el “loccus classicus” metafísico. La corriente hermenética (Heidegger, Gadamer), la analítica heredera del círculo de Viena (Wittgenstein, Carnap), y la postmoderna (Derrida, Lyotard). La primera intenta descifrar el sentido de la existencia, la segunda discriminar los enunciados de sentido de los que no lo tienen, y la tercera pluralizar los sentidos despojándose los grandes relatos míticos. Lo positivo de las tres corrientes es que implican una meditación sobre el lenguaje, interpretar en el primer caso, confrontar enunciados y reglas en el segundo, y destotalizar sentencias discursivas en el tercero. Creo firmemente que el pasaje del “locus classicus” metafísico al valor otorgado al sentido tiene todo que ver con el valor otorgado por Freud a la estructura del Edipo. Aquí la unidad imaginaria narcisista, que antes no fue y después no puede ser, se crea en el momento en que se fractura por la intervención de la palabra como ley. La herida narcisista es un paraíso perdido que aparece “Nachträglich”, excavada en el fracaso del primer significado materno que no puede agotar su sentido en su articulación con lo real, cuya interdicción de goce promueve, sentido ausente que paradójicamente inaugura la significancia en general. Detrás de cada significado habrá siempre un monótono hueco fundacional. Desencadena la pregunta por el sentido de la vida articulándola con el enunciado de porque se dice no se puede decir. Por eso creo que las diferentes búsquedas, significantes, letras, figuras topológicas, nudos, etc. Intentan ser respuestas a una pregunta que considero fundamental: ¿cómo decir lo que no se puede decir porque se dice con un decir que no sea el decir con el que se dice lo que se puede decir? Y si la búsqueda del sentido nos deja perplejos,
como diría Deleuze (1969), señalándonos que Alicia, la del país de las maravillas, siempre pregunta compulsivamente, en qué sentido, en qué sentido, es porque es siempre el cabo que falta, en tanto el significado siempre está en deuda con lo real, y el sentido nunca se agota. El grito de Münch representa magníficamente ese límite, en el cual el no decir se vela en el decir que todavía no se consuma, y lo real se instituye como lo que no se puede decir porque se dice.
5. Escuchando a J. Lacan, hay un largo pasaje desde la verdad como revelación de la esencia del ser, en sus primeros trabajos hasta la verdad que solamente da cuenta de la castración, donde se instaura la separación definitiva entre verdad y saber, aunque articuladas por la banda de Moebius. Vale la pena remarcar su famosa sentencia “ Yo la verdad hablo…Va más allá de la alegoría. Quiere decir sencillamente todo lo que hay que decir de la verdad, de la única, a saber que no hay metalenguaje…”. Frente a la división sujeto-objeto de la ciencia clásica Lacan (1966) insistirá en La ciencia y la verdad, en la sutura del sujeto, que no toma en consideración el origen metafísico donde ya el sujeto de la enunciación y del enunciado muestran su división, y donde lo que falla del objeto está determinado porque el que propone al objeto no es sino un sujeto que sufrió su propia división, y que como primer sujeto también se instituyó como primer objeto, en la primera respuesta al ¿qué hay para saber?. También importa destacar su insistencia en que la falta de lo verdadero sobre lo verdadero es propiamente el lugar de la “Urverdrengung”, de la represión originaria que atrae hacia ella a todo lo demás. Tiene un gran valor particular el momento de transformar la verdad en un lugar del discurso, que puede ser ocupado por diferentes elementos, como por ejemplo en el discurso del psicoanalista, el saber ocupa el lugar de la verdad. Como que la verdad es un casillero vacío que puede ser ocupado por distintos elementos. Y me importa destacar fórmulas finales de El reverso del psicoanálisis (Lacan, J., 1969–1970), donde afirma que el amor de la verdad es el amor de esa debilidad a la que hemos levantado el velo, el amor de lo que la debilidad esconde y que se llama castración. Agrega allí que entre el sujeto y lo real, entre el goce y lo imposible está la verdad. Lo real no es la verdad, sino lo que hace siempre de obstáculo a la misma. Y agregaría que si hay debilidad que llamamos verdad, está ligada a la sempiterna diferencia entre lo esperado y lo hallado, que desencadena el factor pulsionante.
6. Finalmente destacar diversas posiciones en la cura psicoanalítica. Una más conducida en la dirección metafísica, donde juegan la realización del ser, del saber, de la verdad y de la objetividad, sostenida por la lógica aristotélica (identidad, no contradicción, tercero excluido), que por mor de la lógica edípica y de su legalidad salva al ser y a sus significación, donde el lenguaje deviene espejo de la realidad, y donde el sujeto se siente espejado en una relación yo ideal-ideal del yo, y otra más conducida a la deconstrucción, en la cual importa la fricción entre el significado con el sentido y el sinsentido, como manera de más que hacer consciente lo inconsciente insistir en producir lo inconsciente en lo consciente. Tal vez el arte psicoanalítico incide en la articulación entre la metafísisca sostenida por la lógica aristotélica, donde lo que se dice es, con la deconstrucción que recordando al inconsciente apunta a que lo que se dice no es, como denuncia del ser de la lógica aristotélica como puro semblante. Porque en realidad el inconsciente es más el lugar de la ruina del ser y de la verdad como falta. Otro modo de producción con el lenguaje. Así hacer consciente lo inconsciente tendría legitimidad acompañado siempre por producir lo inconsciente en lo consciente, es decir, donde el saber se acompaña siempre del saber de la verdad como falta, y que el sujeto recuerde en el ser al no ser como falta (Szpilka, J., 1988). Porque, aunque se hace consciente lo inconsciente, no por eso la maldición que se gesta en el ser por el acto del habla, desparece. Siempre persistirá la compleja interacción entre significado, sentido y sinsentido, ya que lo simbólico nunca puede descontar o recoger la falta que creó y que llamamos lo real. Cada nueva palabra volverá a producirla una y otra vez, justamente porque lo que simboliza no es más que lo que cae por efecto de la simbolización misma.
¿Debemos abandonar la búsqueda de la verdad? Badiou diría que nunca, que a pesar de su imposibilidad no debemos cejar en ella, ya que es nuestro mayor compromiso ético, pero sí ser conscientes de los males que esta búsqueda puede implicar. El simulacro de verdad, una verdad sin vacíos, que conduce al terror, la infidelidad a la verdad, que cede sobre la misma, igual que Lacan insiste en no ceder sobre el deseo, y que lleva a la traición, y finalmente el exceso de potencia de la verdad, la última palabra sobre la misma, que lleva al desastre del animal humano. Así Nietzsche enloquece cuando propone dinamitar el nihilismo cristiano, intentando generalizar el sí dionisíaco a la vida, o los guardias rojos cometiendo desastres cuando deciden eliminar por decreto el egoísmo, siendo después fusilados, y los románticos que se suicidaban ilusionando un mundo donde habría lugar solamente para lo poético. Siempre debe persistir una vacante para lo innombrable, ¿el goce en el amor? La verdad viene a ocupar el lugar de un vacío, al mismo tiempo que debe crear un vacío nuevo.
Y finalmente, ¿entonces podríamos correr el peligro de decir que Auschwitz no fue verdad? Auschwitz desgraciadamente fue una verdad desesperante, pero porque hay que decirla, la verdad de Auschwitz no se puede terminar de decir. Será por eso tal vez que T. Adorno preconizaba que después de Auschwitz era imposible la poesía, aunque creo que quería referirse a que la metáfora que contiene todo decir es insuficiente para ciertos hechos catastróficos tan desgarradores, que nunca más pueden ser contenidos por ningún lenguaje.
ABSTRACT
We put in question the concept of truth because the introduction of Unconcious. Only in the manifest content, and based on the principles of the Aristotelian logic, the law of contradiction, the law of identity, the law of excluded middle, and the sufficient reason, truth can be considered in the sense of adecuacy “intelectus et rei”. But if we introduce Unconcious, the being is put in question, what we say is not what we say, and truth is more in relationship witht imposibility, lack and nothing. The psychoanalyst must know how to move between “Escila” and “Caridbis” of both positions, to not fall out of the world, neither to hold on to the imaginary reality of the common sense. This is the point stressed on by Lacan about the suture of the subject and object in the common science in our days.
KEYWORDS: suture, aristotelian logic, adecuacy, “intelectus et rei”, the nothing.