Se presenta en este articulo un recorrido conceptual sobre las diferentes formas de pensar la temporalidad y lo traumático donde es posible percibir que la capacidad de encontrar evidencias de la ligadura indisoluble sujeto-trauma-tiempo es claramente un emergente central de la identidad y el quehacer psicoanalíticos. En ese sentido, la consideración de una temporalidad singular representa uno de sus actos más persistentes de rebeldía frente a la voracidad de Cronos. A partir de la conceptualización de los procesos inconscientes, Freud desmonta la certeza de la causalidad y la explicación asestando una marca indeleble a esta pretensión. La potencialidad de nuevas representaciones y condiciones de inscripción de vivencias -y, por lo tanto, nuevos trayectos subjetivos-, donde el analista actúa creando un pasado/futuro para un sujeto que aún no existe, implica afirmar no solo que el tiempo subjetivo no se puede mensurar, sino que se puede re-crear en análisis, en la transferencia.
El advenir no es posterior al sido y este no es anterior al presente.
La temporalidad es temporaria como advenir presente que va siendo sido”
Ayer en la escalera Encontré un hombre que no estaba allí No estaba allí de nuevo hoy Oh, cómo me gustaría que se hubiera ido
Psicanalista, membro da Sociedade Portuguesa de Psicanálise. E-mail: sila.usal@gmail.com
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La noción del tiempo es tan fascinante que ha motivado miles de escritos dedicados a esa invención humana que permite fragmentar y ordenar nuestras vivencias. Por supuesto que uno sabe que el trayecto entre la vida y la muerte no suele ser lineal, que siempre ha habido historias poco razonables, trayectos difícilmente mensurables, relaciones impredecibles entre tiempo y espacio, y su consecuencia: los múltiples pliegues simultáneos de la experiencia, nuestras marcas y el modo que subjetivamos y narramos nuestra historia.
Curiosamente, mi formación académica, previa al training analítico, ha sido clásica, epistemológicamente basada en la evidencia y sostenida, fundamentalmente, en la motivación por reconocer relaciones causales entre los hechos de la vida de una persona, entre sus causas y las consecuencias, entre una conducta y otra, entre el síntoma y su correspondiente origen traumático.
De hecho, los años dedicados a la epistemología y a la ciencia descriptiva, me pusieron frente al desafío de tratar de aprehender algo de ese registro, de identificar causas para ciertos trayectos, aceptando, de antemano, la inevitable derrota. Confieso que, desde siempre, desde antes, cada pequeño fracaso en esa lógica explicativa me ha provocado un profundo regocijo: la sobrevivencia del azar, de lo indómito, de lo inesperado, ha sido y sigue siendo para mi, el fundamento de la esperanza.
En este documento, partiré del supuesto de que tiempo es experiencia. Experiencia es experiencia del sujeto, es subjetivación. De este modo, tiempo es condición de posibilidad para el sentido. Sentido que reorganizará las coordenadas traumáticas de la subjetividad. De este modo, revisar la noción de temporalidad en sus posibles variantes nos permite ampliar la mirada sobre las vivencias traumáticas, la compulsión a la repetición inmutable y la apertura a un tiempo nuevo, propio de la creación.
Esta afirmación deriva de una complejidad paradigmática, que no es ingenua ni es desprevenida, es el emergente de una serie de construcciones conceptuales y filosóficas que se han consolidado en rebeldía durante el último siglo y que el Psicoanálisis ha ligado a la experiencia humana. Tratar de relacionar las distintas formas de temporalidad con las vivencias traumáticas, las condiciones del análisis, con las vivencias de temporalidad del sujeto, invita a un rastreo de su devenir, que tiene mucho mas de genealogía que de historia.
El objetivo último es cuestionar la simplificación de un tiempo inerte y recobrar el valor de la oportunidad. Es decir, este trabajo pretende aportar a la idea de que el tiempo lineal es, literalmente, la mayor de las convenciones sociales es la gran renuncia subjetiva en pos de la civilización pues ha implicado la desmentida –y posterior redescubrimiento freudiano- del tiempo-atemporal del inconsciente y de la memoria como en reinscripción permanente.
Las lógicas de las sociedades occidentales contemporáneas han ido borroneando aquellas vivencias del tiempo que no se asimilen a sus ideales de eficacia y de rendimiento. Las máquinas tecnológicas hoy miden, anticipan y marcan el ritmo que regula no sólo la rueda del engranaje social, sino también nuestros modos de vivir, de pensar, de actuar y de sentir. Las posibilidades de nuestra experiencia quedan así amalgamadas a una misma lógica: las prácticas de los sujetos se cuantifican y evalúan según sus resultados: “éxito” o “fracaso”. Los ordenamientos discursivos, a la vez, consolidan una diversidad aparente de un mundo que ha adoptado los mismos parámetros de medida para todos sus espacios. El devenir se ha reducido al tiempo de un “trayecto”: así, se esgrime siempre rastreable, ordenable, evaluable, transmisible, en un juego equivalente de polaridades: anterior/posterior, causa/efecto, incluso progrediente/regrediente en cualquiera de sus versiones sucesivas.
En esta dinámica, la experiencia de la temporalidad supone la visibilidad de un espacio en el cual, o bien se despliega como una dirección –progreso o retroceso-, o bien queda disuelta en un instante que perece sin dejar marca. Esto abarca claramente muchas de las formas en las que intentamos
dar cuenta de nuestros procesos analíticos. El tiempo pareciera no poder pensarse – ni, por lo tanto, vivirse – por fuera de los términos imperativos de esta bipolaridad.
Sin embargo, hay un tiempo otro que existe y ocurre a nivel de la vida, afirmando, insistentemente que se puede vivenciar a partir acto de diferir. De hecho, el acto de sentido, remite a la creación de una diferencia. Una diferencia entre un antes y un después para el sujeto, entre repetir y recordar, entre no saber y saber. La cuestión entonces reside en cómo nominar, en cómo otorgar materialidad a la ocurrencia de este acontecer. El tiempo de la diferencia, el tiempo de la oportunidad. Momento y acto son distintos, pero, en este escrito, no existen uno sin el otro.
Para ello parece oportuno situarse en la frontera del tiempo cronológico y rastrear las huellas de otros modos de la temporalidad.
La interpelación a la temporalidad en psicoanálisis es evidente, más allá de mi propio interés, en los diversos escenarios de producción y debate dentro de nuestras instituciones: tradición/invención; frontera, umbral, borde, ruptura, discontinuidad, transformaciones son significantes que intentan nominar, captar el instante inédito del acontecimiento, los rastros dispersos y contingentes del evento anómalo de la creación de una diferencia.
La tensión se manifiesta frente la inercia teórica de encontrar regularidades, orígenes, permanencias, tradiciones, líneas evolutivas, curvas de desarrollo y corrientes de influencias de las que tratan de racionalizar y hacer discernibles las lógicas del psiquismo y la experiencia subjetiva. De hecho, la misma construcción teórica en Freud, ha surgido como un ejercicio de escritura, de generación de un espacio, donde se hizo lugar – y tiempo - a las historias menores, compuestas por una infinidad de marcas silenciosas, de relatos de vidas, de fragmentos de lo cotidiano; conformando un “archivo” que luego, la tradición, por momentos parece buscar reproducir o salvar acuñadas en grandes memorias de nuestra historiografía psicoanalítica.
Lo que trato de enfatizar, es que nunca sucede una reconstrucción cronológica hacia delante (o hacia atrás) donde se marcan los mojones de la intervención analítica como pistas del trayecto, sino que se inaugura un tiempo otro, el tiempo de la supervisión, el tiempo de la apertura, el escenario “sin tiempo” donde se juega un pensar, que efectivamente articula con el relato recortado de la viñeta. Es un tiempo que, lejos de poder encontrarse en algún lado (en el pasado o en una promesa de futuro), se actualiza en aquello que va aconteciendo efectivamente.
Este ensayo pretende ser, un ejercicio empezando por tres figuras mitológicas para intentar recobrar la trama de un tiempo de tres dimensiones: el tiempo de la historia, el tiempo freudiano y el borde: la novedad, la expresión de una potencialidad propia del instante. El tiempo de la marca traumática, la cuña en la memoria, el tiempo de la interpretación, el tiempo nuevo de la significación, el tiempo de la acción que conecta los otros dos universos que cursan en paralelo y el tiempo indeleble de aquellas vivencias perennes que configuran nuestro psiquismo. Sin embargo, el acto analítico implica la posibilidad de pensar en un tiempo no advenido aún, como plena potencialidad del análisis.
Apelar a los mitos de la Grecia clásica permite recobrar un supuesto que nosotros a veces olvidamos: es imposible asimilar la vivencia del tiempo a los términos de una dicotomía. En el lenguaje mitológico encontramos tres figuras que básicamente han organizado la experiencia del tiempo en la Grecia Antigua: Aión, Cronos y Kairós.
En primer lugar, tomaremos el personaje que ha devenido una pieza fundamental de la organización histórica del tiempo en Occidente. Estamos haciendo referencia al mito y a la figura de Cronos. En la mitología griega el cielo y la tierra han estado desde siempre unidos, Cronos nace de esta unión eterna entre Urano y Gea y su acción principal es la de provocar una separación entre sus progenitores mediante la castración de su padre. La introducción de la distancia en el
vínculo implicará la posibilidad de un nuevo ordenamiento de creaciones: el orden cósmico, de las cosas y más adelante, el orden de los hombres. Este nuevo ordenamiento supone un largo proce-so, explicado con violencia en el relato mítico de Cronos.
Una vez producida la castración de Urano, Cronos reina sobre el mundo y procrea con su madre, Gea. Advertido por los oráculos que morirá en manos de uno de sus hijos, Cronos los engulle uno a uno. Cronos teme el tiempo; teme su final. Aunque su ilusión es la eternidad, su acción es, paradójicamente, el ejercicio de la muerte, la reproducción de la finitud. Cronos representa aquello que sucede entre la vida y la muerte. Cronos destruye a todos sus hijos excepto uno, Zeus – salvado por Gea - quien derrocará a Cronos y reordenará el mundo de los hombres.
Por otro lado, como contrafigura, se nos ofrece el mito de Aión quien no tiene origen ni descendencia. El comienzo y el final no le implican en lo absoluto. Aión siempre estará. Sus figuras son dos. Por un lado, es representado como un anciano, imagen de lo permanente. Podemos animarnos a decir que es el Dios del tiempo de la vida. Siempre vida. Puede aparecer rodeado de una serpiente que se muerde la cola, en tanto imaginario del “eterno retorno” (Nietzsche, 2014). Aión alude a una potencialidad humana, de exceptuar la muerte. Afirma una fuerza constitutiva del hombre, la plena potencia. La vida sin muerte. Por otro lado, la misma figura de Aión ha sido presentada con la imagen de un joven que sostiene la totalidad del Zodíaco, en la que se van sucediendo las estaciones, los ciclos de la tierra, aquello que finalmente ha de permanecer.
Cronos y Aión son dos formas del todo: El eterno nacer y morir y, también, el eterno estar y retornar. La duración, el intervalo, la medida son las marcas Cronos, y con ellas, la instauración de un espacio de tiempo que se sucede entre la vida y la muerte. Aión, en cambio, personifica el tiempo de lo perenne. Tales figuras se corresponden con imaginarios que rigen distintas relaciones tiempo/espacio. En la línea de la causalidad se asienta toda la lógica aristotélica, por ejemplo, en las grandes conceptualizaciones sobre la eternidad, se encuentran Heráclito, Platón y más adelante, San Agustín.
Como sea, la apropiación que Occidente ha hecho del legado clásico griego ha empobrecido el juego dinámico presente en las figuras descritas. Al insertarse en un lenguaje de juicios y valoraciones, Aión ha sido desplazado por Cronos. A partir de esta “decisión”, la potencialidad humana de creación plena ya no podrá exceder los esquemas mensurables de una disciplina. Esto es: aquello que no se puede medir no importa o, con frecuencia, no existe.
Casi como una alternativa, el mundo clásico intenta introducir una tercera figura que habilite a concebir un tiempo otro, un tiempo “propio” que permita realizar una lectura de las emergencias singulares de la experiencia humana. De ahí Kairós, entonces, tercer tiempo capaz de sortear la dualidad planteada en la separación de las dos figuras anteriores.
La cuestión acerca de la “naturaleza divina” de Kairós es controvertida; lo cierto es que, se trata curiosamente de un dios menor, un duendecito, las fuentes coinciden en postular que es hijo de Zeus (que destituyó a Cronos) y de Tjé (diosa de la suerte y de la fortuna). Este doble parentesco será fundamental: Kairós surge del tiempo mensurable, pero también del azar. Kairós no es representado ni a la manera de un titán, ni de un anciano, es un adolescente. Tiene los pies alados y en la mano izquierda sostiene una balanza desequilibrada. Una navaja afilada en la mano derecha le permite ir produciendo su propio corte del tiempo. Es bello y su cabeza conserva un pequeño mechón de pelo que le cae sobre la frente. Kairós es increíblemente veloz, sus pies alados no le permiten volar muy alto, ni tocar el suelo. No permanece nunca por mucho tiempo en un lugar. Es el dios de las oportunidades. Es bello porque las oportunidades son, para los griegos, artífices de la belleza.
Azarosas y fugaces como las apariciones de Kairós, estas oportunidades deben ser aprovechadas cuando aparecen; de lo contrario, escaparán y no habrá posibilidad de retenerlas. Kairós entonces se vuelve la figura del “momento oportuno”.
Barbara Cassin (1986) nos recuerda que esta noción implica siempre un punto crítico e introduce discontinuidad en toda línea temporal. Por eso su propio tiempo es otro, no puede reconocerse ni en la línea, ni en el círculo, ni dentro del bucle dialéctico. Su tiempo no es tampoco el instante sin marca. Al contrario, exige una acumulación de saberes, de enunciados, de prácticas, que puedan llevar a ese momentum como emergente de una tensión crítica de un movimiento que no busca una realización.
Hay entonces una tarea, un hacer, que forma parte de Kairós, produciendo y creando puentes entre las dicotomías establecidas, poniendo en tensión las posibilidades de apertura entre Cronos y Aión. Kairós tiende puentes entre los dos polos. Es el tiempo de irrupción de una potencia en el centro del diagrama de las posibilidades mensurables. El tiempo de Kairós no es otro que el de la ocasión de poder efectuar un pliegue que haga diferencia en un contexto que ha uniformizado las posibilidades de la experiencia. En el concepto se afirma, la importancia de la apertura de un espacio y de un tiempo para la dispersión y la disolución de lo identificatorio, donde el sujeto crea (y crea las condiciones para su potencia) a partir de las tensiones de estos movimientos. Sin duda, ni Cronos ni Aión nos ofrecen un paisaje de “discontinuidad”.
Las condiciones para un cambio posible y efectivo, para un uso del tiempo disruptivo, requieren a la vez un cuestionamiento de las condiciones de sus procesos de subjetivación asignándole un valor lógico a este “trabajo de la diferencia”. ¿Es posible reflexionar sobre las dificultades para figurarnos la discontinuidad? ¿Incluir lo “accidental” en nuestras experiencias de subjetivación? No se trata nomás de “puras invenciones”; recoger estos retazos de tiempo, estos “accidentes”, sino de asir los acontecimientos en su singularidad. Es posible entonces pensar que, por ejemplo, el instante creativo de la intervención analítica sucede “en el momento justo”, más allá de la cronología propia del proce-so, de la propia cronología histórica, y que además del escenario de la transferencia como plena potencia, sucede una “ruptura” – un rasguño en la línea - que tiene su propio tempo, que es en si misma una diferencia.
En términos generales, puede afirmarse que hasta mediados del siglo XX se asumieron cuestiones centrales para la ciencia: por un lado, que la realidad (natural, social y humana) era inmóvil y lineal y; por otro, que dicha realidad sufría cambios bruscos, discontinuidades o “accidentes” que eran reducidos a problemas simples o descartados. En los últimos 100 años, sin embargo, al revalorizarse el tiempo como variable, tales saltos discontinuos pudieron verse en el contexto de un proceso y surgieron conceptos como irreversibilidad, relatividad, incertidumbre e inconsistencias. Una de las voces más potentes en rebeldía frente a la causalidad simple, marcando la necesidad de hablar de más de un formato temporal para el psiquismo, fue la de Sigmund Freud.
Tal vez, la hipótesis temporal freudiana más audaz no haya sido el sostener inicialmente que fuera necesario la evocación de un pasado donde se ubicaba la causa del padecer del sujeto, sino que lo traumático no proviene exclusiva ni principalmente del acontecimiento sino de su recuer-do. Incluso, aún más, parte de su obra fue afirmar que la activación de la escena traumática, ni es un recuerdo, ni es una escena, se trata de algo que nunca ocurrió.
En el comienzo de sus investigaciones, la lógica temporal freudiana sobre la causación de los síntomas histéricos era lineal y cronológica, por tanto, su búsqueda inicial remitía a la identificación de la causa en el pasado de la vida del sujeto. Así, la primera hipótesis sobre la emergencia del síntoma histérico, compartida con Breuer, le otorga un valor etiológico decisivo al trauma o a una serie de traumas (Freud, 1895). Esta hipótesis no es original, pues aparecía ya en Charcot y en Janet, pero con Freud y Breuer adquiere un mayor relieve con fórmulas que orientaban el trabajo clínico. Sin embargo, la regularidad en los relatos y su enorme frecuencia dio pie a la aparición de nuevas preguntas que exigieron hipótesis cada vez más agudas.
En las elaboraciones de Freud posteriores a su colaboración con Breuer, el valor etiológico del trauma se mantiene como parte integrante de un sistema conceptual mucho más elaborado donde la causalidad tomará una nueva perspectiva. La primera concepción estrictamente freudiana del trauma se puede situar en la teorización sobre la patogenia de la histeria, desarrollada en varios textos, escritos en los años 1895-96. Donde se despliega un primer modelo sobre lo traumático a partir de las siguientes afirmaciones: Primer punto: el trauma es siempre un trauma sexual; segundo punto: el trauma se constituye en la temporalidad del après-coup. Freud propone una lógica absolutamente innovadora para explicar por qué son necesarios dos momentos, separados en el tiempo, para que se constituya el trauma. Así, se vincula un acontecimiento reciente (no necesariamente sexual) con un evento anterior (el trauma sexual), consiguiendo así despertar, après-coup, la potencialidad traumática del recuerdo que se vuelve traumático a través de la rememoración.
Con el desarrollo de sus investigaciones, Freud va a sustituir la condición necesaria de la existencia de un acontecimiento real de seducción vivido pasivamente, por las teorías de la sexualidad infantil, las fantasías sexuales inconscientes, la realidad psíquica. Pero esto afectará su postulado sobre una causalidad retroactiva. El trayecto freudiano en el desarrollo de la teoría sobre trauma, precisa incluir sus ideas sobre las tensiones entre trauma, sexualidad, represión y pulsión. Es un modelo que va complejizándose, que tiene un recorrido que incluye modificaciones, y que permite inferir las diferentes lógicas temporales freudianas. Y, al mismo tiempo, el nacimiento del concepto de “realidad psíquica”.
Sus ideas formuladas en la Carta 69 a Fliess (Freud, 1897), afirmaban que su teoría de la neurosis no se sostenía en la teoría traumática de la seducción y comenzaba a delinear la prevalencia de las fantasías en la causación de los traumas sexuales.
Más adelante, en sus estudios sobre las neurosis traumáticas (Freud, 1920) el trauma no se origina en la vida sexual infantil del sujeto, sino en el momento mismo de la experiencia. La temporalidad de lo traumático es el presente. Surge la “compulsión a la repetición” como intento perenne de descarga del exceso de excitación y se consolida un tiempo traumático ligado al “eterno retorno”, a una lógica propia de Aión, de lo que siempre existe en presente y, por tanto, no pierde eficacia causal.
Sin embargo, el telón de fondo de una dinámica pulsional siempre tendiente a recuperar la homeostasis, la pulsión como traumática en sí misma y el más allá del principio del placer, permite delinear dos dinámicas paralelas, consciente e inconsciente, dos temporalidades concurrentes: la línea cronológica del presente y la vida inconsciente atemporal y permanente.
El peso acordado a la realidad, concebida como realidad vital, sólo es tomada por él como modelo, no está situada dentro de la teoría sino en sus fronteras. La realidad que se encuentra efectivamente en la teoría, capaz de producir síntomas neuróticos, es la sexualidad infantil, manifiesta en el lugar central del complejo de castración. Así, Freud reafirma el papel central de la sexualidad y de lo pulsional en el campo del psicoanálisis, manteniendo la idea de conflicto psíquico donde uno de los polos es siempre la sexualidad.
La tensión entre realidad material y realidad psíquica se encuentra a lo largo de toda la historia del psicoanálisis, al punto que en 1937 Freud enuncia el concepto de verdad histórica, relativo al peso causal del modo en que subjetivamente una persona significa sus experiencias en el encuentro singular de los acontecimientos del mundo exterior en el enclave singular de su mundo interno y sus vivencias inconscientes (conflictos, deseos, defensas). La relación entre trauma y tiempo necesita de un enclave donde las temporalidades consciente e inconsciente puedan anudarse. Esta afirmación es válida para el potencial traumático de una experiencia y una fantasía; pero también para el potencial elaborativo del análisis.
Finalmente, en Análisis terminable e interminable (Freud, 1937) vuelve sobre el debate entre lo innato y adquirido con el concepto de herencia arcaica
es matizado al incluir factores de la historia personal y la etiología especifica individual. Afirma que la herencia arcaica del hombre la forman fragmentos de vida psíquica transmitida de generación en generación que constituyen el bagaje inconsciente y que tienen eficacia causal puesto que son aportados filogenéticamente (Freud, 1939). La consideración de las huellas mnémicas referidas a lo vivido por generaciones anteriores no solo amplia la noción de herencia sino que permite considerar la transmisión generacional como el modo natural (consciente e inconsciente) en que los saberes, los bagajes emocionales y los legados se traspasan a los herederos. El tiempo entonces incluye una extensión inmemorial, eterna, siempre vigente y pulsante, una línea temporal donde el sujeto es arrojado y se constituye con determinantes que ya están allí, en la prehistoria de su existencia.
De algún modo, Freud siempre otorgó una extensión y tiempo imponderables y eternos a su territorio de lo inconsciente. Esto es evidente a lo largo de toda su obra. Textos como Tótem y Tabú (Freud, 1913), Pegan a un niño (Freud, 1919) y Construcciones en psicoanálisis (Freud, 1937), trabajan este lugar y función de un escenario vacío. Los conceptos freudianos van surgiendo a partir de encuentros que dejan vislumbrar el tiempo de lo inconsciente.
Estos registros inconscientes, que permanecen ocultos, emergen por un instante apenas a una superficie siempre presente, como lo evoca esa “pizarra mágica” al cual Freud hiciera referencia en 1924. De hecho, en su Nota sobre la pizarra mágica, Freud señala que el aparato psíquico “es ilimitadamente receptivo para percepciones siempre nuevas, y además [procura] huellas mnémicas duraderas —aunque no inalterables” (Freud, 1924, p. 244). Esto implica que la huella mnémica tiene la capacidad de modificarse y, por lo tanto, existe la posibilidad de retranscripción o reescritura en el aparato psíquico.
La alterabilidad de la huella mnémica no apunta exclusivamente a la apertura a la modificación, sino también a un fenómeno de efecto retroactivo (Nachträglichkeit) donde no solo un recuerdo se recupera, sino que toda recuperación la modifica, conformando un producto psíquico a posteriori. Por otro lado, las nuevas impresiones ocurridas “aquí y ahora” también están abiertas al impacto de aquello que podría venir. El futuro y la expectación de este futuro toman parte en la formación y alteración de la huella mnémica. De este modo, la noción de inscripción psíquica y recuperación involucra la significación, la resignificación en un punto de encuentro potencial entre pasado, presente y futuro.
La obra de Freud es despliegue y apertura de esta singularidad temporal que configura la subjetividad, cuya base y condición se encuentra en este entramado último que constituye el sujeto del inconsciente. Hasta el texto de Estudios sobre la histeria (Freud, 1895) que escribe juntamente con Breuer, se vuelve evidente a este acto en el cual se va abriendo la puerta a una nueva manera de temporalizar al sujeto, de contarlo en su historia. A partir del psicoanálisis, este tiempo será vida eterna, una fuente inagotable, pues ella se funda en el desencuentro mismo con el objeto, “La falta expresa la vida del lenguaje” dirá Lacan tiempo después (1975, p. 145).
Más adelante se irá creando el dispositivo necesario para que este tiempo pueda transitar. Primero se reconocen sus manifestaciones a través de las formaciones del inconsciente, La interpretación de los sueños (Freud, 1900) nos proporcionará las pautas de este movimiento. La transferencia, a su vez, se erige como el espacio en donde se despliegan los relatos. En este cauce que la transferencia crea van apareciendo los contenidos: los deseos inconscientes. El tiempo así va mostrando sus ataduras, hay que hacerlo discurrir. Si se atora es sufrimiento, si discurre es creación. Aunque esta separación es meramente didáctica, puesto que ambos son distintas caras de la misma moneda.
El tiempo en psicoanálisis puede llevar muchos nombres, el tiempo de la formación de síntomas, el tiempo del Edipo, los tres tiempos del análisis expuesto por Freud en Recuerdo, repetición y reelaboración (1914), o el tiempo finito e infinito. La temporalidad de la clínica psicoanalítica apunta al tiempo del cual surgen estos tiempos, el tiempo de búsqueda y falla del objeto de satisfacción,
el tiempo del recorrido alrededor de la zona erógena, el tiempo de la libidinización. También el tiempo en el que se constituye y habita este sujeto como punto de encuentro del psicoanálisis con lo social, pues es también este tiempo, lazo entre el sujeto yla civilización.
En su texto de 1929 El Malestar en la Cultura ya Freud habló de este desencuentro entre la pulsión y la cultura. Es a partir de esta contradicción que encuentra la especificidad de su clínica, donde se le da cauce a aquello que da lugar a la diferencia. Es este lazo entre dos momentos que producen un agujero en su diferencia lo que le va a otorgar al tiempo de la subjetividad su especificidad. Dentro de la teoría psicoanalítica, la nominación de tiempos paralelos – de la conciencia y de los procesos inconscientes -, de los procesos primarios y secundarios, de los mecanismos de desplazamiento y condensación y luego, de las metáforas, metonimias y construcciones, intentan dar cuenta de los signos dispersos, de los enigmas a descifrar, en esos cruces temporales entre un relato continuo – la propia historia -, un escenario de potencialidad plena – la transferencia - y un rasguño en esa trama, una ruptura, que permite el encuentro entre esas dos dimensiones. Nuevamente, Cronos, Aión y Kairós permiten pensar ese acontecer.
Freud trajo al escenario de Cronos, la figura de Aión ofreció una lectura en paralelo de aquel desencuentro: la cultura y la pulsión, la conciencia y lo inconsciente, lo que Le Poulichet llamará “el tiempo que pasa y el tiempo que no pasa” (2014, p.75).
Dentro del corpus psicoanalítico, la desestimación del tiempo cronológico no es tan sencilla como parece. Probablemente esto se relacione con el hecho de que dentro de la teoría existen preguntas simples –que pueden ser respondidas por la causalidad lineal o mediante el establecimiento de líneas evolutivas- y preguntas complejas – que apelan lisa y llanamente a la indeterminación del inconsciente - que necesitan de otra lógica y constituyen otro objeto.
Green es uno de los autores que defiende lo que él considera irreductible en el psicoanálisis, más allá de su noción sobre lo inconsciente, sino la conceptualización de “la mente del analista trabajando”. Específicamente, Green en La Diacronía en Psicoanálisis (2002) afirma que ambas pretensiones de causalidad, la remitida por Green a la complejidad y la aristotélica – erigida como ideal por Freud en sus comienzos -, no son de ningún modo excluyentes. Que conviven, que paradójicamente se necesitan. No solo porque coexisten en el modo en que el sujeto se representa su vivenciar, no solo porque es escenario clínico es diacrónico, sino porque Freud nunca quiso desasirse de ambas pretensiones: con la misma pasión con la que exploro y describió la causalidad no lineal del inconsciente, sostuvo el intento de alcanzar una verdad previsible.
He aquí tal vez uno de los deslizamientos más interesantes: rebelarse contra la causalidad simple no implica necesariamente desentender-se del mito de Cronos. Apelar a la indeterminación, a la reversibilidad, a los tiempos paralelos, no deriva necesariamente en una protesta contra la búsqueda de permanencias, de regularidades o líneas evolutivas.
Antes del nacimiento del psicoanálisis, cuando Freud construía su teoría, se puede observar la importancia que desde entonces daba a la recuperación de los recuerdos. En 1896, año en cuando utilizó por primera vez el término psicoanálisis, ya se había ocupado del tema de la memoria. Es en la famosa Carta 52, escrita el 6 de diciembre, cuando expuso a Fliess sus ideas sobre “el mecanismo psíquico” y la memoria:
Tú sabes que trabajo con el supuesto de que nuestro mecanismo psíquico se ha generado por estratificación sucesiva, pues de tiempo en tiempo el material preexistente de huellas mnémicas experimenta un reordenamiento según nuevos
Page 27nexos, una retranscripción {Umschrift}. Lo esencialmente nuevo en mi teoría es, entonces, la tesis de que la memoria no preexiste de manera simple, sino múltiple, está registrada en diversas variedades de signos (Freud, 1896, p. 274).
Para Freud, conciencia y memoria eran fenómenos excluyentes. Existía un espacio entre percepción y conciencia en el cual se producían distintos tipos de trascripciones de la percepción, diferenciadas en virtud de su modo de asociación: por simultaneidad, por causalidad y por representación. La memoria, además de encontrarse separada de la conciencia, se caracterizaba por tener el valor de una escritura, en ella quedaban inscriptos trazos, huellas que respondían a una lógica y a una dinámica.
Las conceptualizaciones freudianas tenían que ver directamente con su práctica clínica. En La etiología de la histeria (Freud, 1896) propuso que el origen de la histeria se encontraba infaliblemente en el vivenciar sexual. Une vivencia sexual, recuerdo y olvido en una misma consideración; Freud ahonda en el efecto cobrado por los recuerdos inconscientes, tiempo después de que la vivencia sexual había ocurrido. De esta manera, un suceso acontecido en la infancia podía llegar a manifestarse bajo la forma de elemento patógeno en la adolescencia o en la edad adulta, gracias al efecto retroactivo provocado por el enlace entre percepciones actuales y recuerdos reprimidos.
En su trabajo La sexualidad en la etiología de las neurosis (Freud, 1898), “llenar las lagunas del recuerdo” (pp. 266-7) era ya un precepto de la cura psicoanalítica. Un año después, en su texto Sobre los recuerdos encubridores (1899), retomó la idea del olvido como consecuencia de un conflicto permanente entre fuerzas contrapuestas en el aparato psíquico. Por una parte, había un impulso el cual dirigía el recuerdo hacia la conciencia; por otra, una resistencia estaba encargada de impedirle el paso.
Es en 1899 cuando, paralelamente a los preparativos de la publicación de La interpretación de los sueños, Freud llevó a cabo concepciones las cuales hoy siguen siendo audaces en relación con el tipo de construcción entre subjetividad y temporalidad: todos nuestros recuerdos eran de una u otra forma encubridores. Encubridores porque no sólo no correspondían con exactitud a la historia vivida, sino porque, fundamentalmente, ocultaban “lo realmente” vivido.
En esta alternancia – encubierta - entre la historicidad y la realidad de lo vivido, se evidencia la dificultad de discernir cuál recuerdo es verdadero y cuál falso: “Acaso sea en general dudoso que poseamos unos recuerdos conscientes de la infancia, y no más bien, meramente, unos recuerdos sobre la infancia” (Freud, 1899, p. 315).
Así afirmará que esta es la condición esencial de nuestra infancia: los recuerdos encubridores que “contienen y transportan el olvido desde el que se teje nuestra historia. Lo recordado se juega en el tiempo de un devenir actualizado, es la historia tal y como se le da sentido retroactivamente”. (Freud, 1899, p. 315)
Espacio y tiempo para Freud, implican los procesos contrapuestos de continuidad y simultaneidad. En el movimiento producido en la generación de una obra, en su recreación cada vez que se lee, se impone la dimensión del tiempo como trasfondo y estructura de esta. Con el modelo de los sueños, Freud produjo un gran cambio en el pensamiento contemporáneo, al dar cuenta de los mecanismos responsables de la producción onírica, al menos en términos más exhaustivos de los propios de la psicología de conciencia. Propuso cuatro mecanismos para explicar las formaciones oníricas: condensación y desplazamiento, los otros dos subordinados a estos primeros, el miramiento por figurabilidad y la elaboración secundaria. Bajo este modelo explicativo más que descriptivo, Freud pudo incursionar no sólo en el estudio del inconsciente, sino en el de todas las formaciones generadas en él: olvidos, lapsus, actos fallidos y síntomas: signos de la oportunidad, disidencias, excepciones que ofrecen la oportunidad de ligar nuestras temporalidades paralelas (Freud, 1900).
De hecho, un tiempo después afirma:
Lo inconsciente es totalmente atemporal. El carácter más importante, y también el más asombroso,
Page 28de la fijación psíquica es que todas las impresiones se conservan, por un lado, de la misma manera como fueron recibidas, pero, además de ello, en todas las formas que han cobrado a raíz de ulteriores desarrollos, relación esta que no se puede ilustrar con ninguna comparación tomada de otra esfera. Teóricamente, entonces, cada estado anterior del contenido de la memoria se podrá restablecer para el recuerdo, aunque todos sus elementos hayan trocado de antiguo sus vínculos originarios por otros nuevos“(Freud, 1901, p. 266).
En 1915, Freud formula, en uno de los trabajos comprendidos dentro de La metapsicología, Lo inconsciente, su tesis sobre la atemporalidad del inconsciente: “Los procesos del sistema Ics son atemporales, es decir, no están ordenados con arreglo al tiempo, no se modifican por el transcurso de este ni, en general, tienen relación alguna con él” (pp. 164) En esta propuesta, encontramos de forma clara como Freud plantea para el inconsciente un modo de tiempo completamente diferente al funcionado en la conciencia, uno desde el cual no es posible hacer referencia a hechos pasados: ¿cómo pensar, entonces, los procesos inconscientes que están exentos de cualquier vínculo con el tiempo y de los no registrados por la conciencia?
En este tema podría afirmarse que hay un salto lógico, una disrupción entre los dos primeros enunciados de Freud, pues si bien se puede comprender el hecho de que los procesos inconscientes no están sujetos al tiempo ni se vean afectados por él; esto no significa que estos procesos no tengan ninguna relación con el tiempo. En el inconsciente se llevan a cabo operaciones a través de procesos los cuales suceden en el tiempo; sin embargo, en sí mismos no establecen una temporalidad. A este respecto, Le Poulichet (2014) se pregunta sobre esta misma cuestión: ¿cómo es posible hablar de “procesos” inconscientes sin pensar en el transcurrir del tiempo en ellos?
La solución propuesta por esta autora es afirmar la no contradicción existente entre el enunciado de la atemporalidad de los procesos inconscientes y el enunciado de la no ordenación de estos en relación con el tiempo. No un suceso después del otro, sino uno a la vez del otro. En la funcionalidad del inconsciente simultaneidad y sucesión no se contraponen, y, en esta no contraposición, se nos muestra como las leyes del inconsciente dominan la función de la memoria (Le Poulichet, 2014).
A través de la aparente contradicción existente en el postulado freudiano acerca de la atemporalidad del inconsciente, Sylvie Le Poulichet (2014) propone pensar en una división entre dos formas de tiempo: el tiempo que pasa y el tiempo que no pasa. El primero responde al modelo de la sucesión ordenada, pasado, presente y futuro. El segundo es el tiempo el cual actúa de forma simultánea sin que tengamos noticias de él, tiempo de los procesos inconscientes desprovistos de síntesis y que, por lo tanto, tampoco pueden devenir pasado (Le Poulichet, 2014, p. 41). Sin embargo, entre ellos existe la posibilidad del encuentro, la contingencia jugada en el azar, en la combinatoria simbólica de cada historia y de la fuerza de la pulsión la cual interviene definiendo también la configuración de oportunidades abiertas entre un devenir de algo que está por llegar.
Entonces, es el choque de los tiempos cuales pasan y aquellos que no, y no la simple actualización del pasado en el presente en un sentido lineal, lo que opera como determinante sobre los efectos del tiempo en la subjetividad. Los actos jugados en la repetición dan cuenta de la fuerza pulsional sin ciclos, sin detenimiento, insiste en un permanente transitar porque por los procesos inconscientes no pasa el tiempo, sino ellos mismos constituyen el tiempo del pasar (Le Poulichet, 2014).
La jugada implicaría percibir los accidentes, las desviaciones ínfimas, los errores, los fallos de apreciación, los malos cálculos que han producido aquello que existe y es válido para nosotros; es descubrir que en la raíz de lo que conocemos y de lo que somos no están en absoluto la verdad ni el ser – diría Foucault en 1983 -, sino en el accidente.
El Kairós, el instante. Lugar-tiempo donde se nos arrebata de Cronos y se nos sitúa en Aión. Es dable pensar que, de manera análoga, la escena clínica montada por la potencialidad de la transferencia permite, en sesión, ese desdoblamiento del tiempo. Esa vivencia en paralelo, en la que analista y paciente entran, asumiendo que sucederá algo “en el momento oportuno”. De hecho, varios autores remarcan el valor teórico y técnico de esa expectativa.
Moreno (2018) refiere que los procesos psíquicos son más de uno y se cruzan y se hacen tope. No se relacionan, no se complementan, se topan. Los procesos asociativos, ligados a las cadenas representacionales que se activan y vinculas dentro de un discurso hilado por un tiempo lógico de significación consciente y, los procesos conectivos, que son irrupciones, anomalías, que provocan la posibilidad de cambio y resignificación, incluso de inscripción de nuevas vivencias. Esos dos procesos, de manera indómita e inédita se cruzan y promueven un nuevo discurso. Habla de una actualización de representaciones, mucho más de una resignificación del pasado.
Esa actualización es un acto de creación, se sostiene en la acción, en la realización de un potencial. Es invención. La apuesta es atender a lo que produce un rastreo de lo discontinuo. Para ello, el analista habrá de armarse de otro vocabulario: “umbral”, “ruptura”, “mutación”, “transformación”, “accidente”.
Así, es posible estar puede estar atento a los cortes, los intentos de sutura, los sucesos en lucha. Es decir, se trata de arriesgar las verdades y las certezas de la historia pasada, de las memorias consolidadas – y su cronología - que nos dan existencia para sostener la búsqueda del saber. Arriesgar el archivo histórico de nuestra memoria para producir un contra archivo historiográfico cada vez que sea posible.
Este hiato es permitido, justamente, por la mirada atenta de un saber que se produce en movimiento, como juego creador en el tiempo. El instante de la asociación creadora, de la intervención analítica, de la ligadura entre los tiempos coexistentes. Aquello que sucederá “en el momento oportuno”. La tarea no es otra, entonces, que la de aprestarse a acoger cada momento del discurso irrumpiendo como acontecimiento, en esta puntualidad en la que hace aparición y en esta dispersión temporal que le permite poder ser repetido, conocido, olvidado, o transformado.
Acontecimiento y archivo jugarán aquí su apuesta tratando no sólo de registrar las marcas singulares que han dejado en el pasado sino de explorar la potencialidad de esas huellas en nuestro presente. La fuerza de la actualidad – y de la acción de la palabra - se asienta en las formas en que ésta puede ser parte de una inquietud, de una pregunta que explora las posibilidades de crítica y de producción de una diferencia en nuestro escenario analítico. Se hará evidente así la función de un Kairós al que veremos jugando a producir vuelcos en la linealidad del tiempo. Kairós es pieza clave de este juego, de esta aventura azarosa y de esta producción profundamente analítica.
Llegado este punto, el proceso de transformación es irreversible y el azar ya no es una amenaza a la parsimonia de la certeza, sino que se transforma, en tanto expresión de incertidumbre, en uno de los nodos de “la mente del analista trabajando” (Green, 2002): la espera atenta de esa discontinuidad que abre camino a la significación.
En este documento, parto de la afirmación de que “tiempo es experiencia”. Es sentido, es subjetivación. Hasta acá hemos reseñado la métrica del tiempo cronológico, el magma atemporal de lo inconsciente, el instante del acontecer donde se encuentran estos procesos gracias a potencial de una asociación, gracias a la intervención del analista, quien ha inventado/encontrado una oportunidad.
En términos de aquello representado y reprimido, una de las formas del acontecimiento tiene que ver con el encuentro de aquello olvidado con su recuerdo. Sin embargo, aquello no representado, aquello que repite, que no puede evocarse, que insiste es inasible aún para nuestro Kairós.
Simplemente porque nunca ha estado allí.
Freud consolidó la noción de Nachträglichkeit (1896, 1914) como un proceso activo que por medio del significado rellena las lagunas entre vicisitudes afectivas - pasadas e inconscientes - y el presente. De esta manera, la simbolización se confiere con posterioridad [Nachträglich] a los sucesos traumáticos anteriores, pasando a ser susceptibles al control omnipotente. Esta noción concibe dos vectores temporales para Nachträglichkeit: el primero se refiere a un proceso causal que opera en dirección al avance del tiempo contra la tela de fondo de la realidad fáctica, mientras que el segundo alude a un movimiento regresivo que permite la comprensión de escenas y fantasías inconscientes que ocurren en un nivel de proceso primario. Ese movimiento temporal que ocurre en dos partes fue anteriormente observado y descripto por Freud en Nuevas puntualizaciones sobre las neuropsicosis de defensa en 1896.
Dice Dahl (2011) que la mala traducción del término como acción diferida o après-coup provocó una desatención sobre este concepto hasta que Freud, en su trabajo sobre Moisés (1937), describe plenamente los aspectos temporales del Nachträglichkeit, buscando no solamente reconstruir los sucesos del pasado con una base causal determinista –cronológica -, sino comprender la verdad subjetiva de este acontecimiento en la transferencia siguiendo un trayecto retroactivo en el tiempo.
De algún modo permite la confrontación de dos filosofías acerca del mundo; una mirada del eterno retorno de la repetición estoica, al cabo que la repetición del mundo y su extinción –donde todo ardía en fuego - para volver a crearse. Que implica una repetición desde cero y sin cambios, pues una vez quemado, se reconstruía para que los mismos actos ocurrieran una vez más en él. O, una interpretación de esa repetición – dentro del marco de la filosofía oriental - donde la existencia sigue siendo un hecho cíclico, en donde cada acto, cada instante y acontecimiento se repetirán eternamente. En contraposición con la filosofía occidental, en el pensamiento oriental, el eterno retorno llevará a la perfección del universo, pues en cada reinicio se pulirá cada hecho, hasta ser perfecto.
La noción de cambio psíquico para el psi-coanálisis que propone el último Freud hasta Faimberg (1998), tiene que ver con el potencial de cambio de la repetición pues es allí, en la eternidad del tiempo que no pasa, donde pueden inscribirse las condiciones para nuevas acciones diferidas que impactan en el pasado y en el futuro al mismo tiempo. Acá es necesario hacer un punto en el desarrollo y enfatizar, el último Freud – señala Faimberg - y Winnicott se expresan sobre – mucho más que crear nuevas representacionescrear nuevas condiciones de inscripción. Es decir, experiencias inéditas para nuevas potencialidades de inscripción (nuevas líneas temporales posibles).
La comprensión del tiempo retroactivo de la resignificación tiene un impacto extendido en la teorización psicoanalítica sobre lo traumático. Sin embargo, es Faimberg quien se sirve de Winnicott para explorar una nueva hipótesis sobre la temporalidad psíquica (1998, 2016). Faimberg habla de la situación aún no advenida a partir de su lectura de “Fragmento de un análisis” de Winnicott. La autora propone que es esta facultad del psicoanalista, la de creación de las condiciones psíquicas necesarias en el paciente para el advenimiento de una situación nunca ocurrida, la que permitirá el advenimiento del sentido.
Faimberg (2016) dice, que es posible pensar que algunos pacientes, frente a la ruptura temprana del ambiente facilitador, no podrán acceder a aquello que nunca tuvieron. Y también dice que, por el contrario, el cambio psíquico radica en ese potencial de crear en el presente las condiciones de ocurrencia de algo que en el pasado no ocurrió aún. Winnicott dice, originalmente, as “yet situation”: la situación todavía no advenida. Faimberg afirma:
Las situaciones todavía no advenidas formaron frecuentemente parte de las interpretaciones de Winnicott, otorgando un significado retroactivo a aquello que no estaba ahí… aún. En este sentido, establecieron las condiciones psíquicas para desplegar las dos fases de la operación de Nachträglichkeit (2016, p.15).
Por supuesto, en términos de pensar la temporalidad que liga a dos eventos, y la causalidad que los vincula; si asumimos que las condiciones de repetición cambian – por efecto del advenimiento de una nueva situación -, también cambian las cualidades de aquello que se repite. Dicho de otro modo, La inscripción de “marcas” (como categoría de sucesos) es condición necesaria de la retroacción, en la medida en que sin tal inscripción resultaría imposible el movimiento de retorno libidinal y la elaboración de nuevos nexos. Pero cada marca es (en su singularidad) condición suficiente relativa de la retroacción2.
Dice Faimberg:
La capacidad de transformación que vuelve posible el método psicoanalítico mismo es un concepto clave con el cual comprender -por más paradójico que resulte-, que la insistencia es una precondición para el cambio psíquico, para un cambio de aquello que insiste en ocurrir(2016, p. 16).
Esta precondición es la creación de una situación en el pasado que haga posible la representación y la significación. Es una noción de temporalidad que tiene sentido exclusivamente dentro de la dimensión clínica del análisis y ayuda a comprender aquellos textos finales freudianos sobre “Construcciones en Análisis” (Freud, 1937) donde, más allá de la resignificación, se apela a la creación activa de vivencias psíquicas. Faimberg dice “las situaciones todavía no advenidas son creadas activamente por Winnicott, quien por medio de sus interpretaciones otorga dimensión al futuro de un paciente que aún no está ahí” (2016, p. 15); es decir, el analista está creando las condiciones para que su paciente sea capaz de experimentar aquello que le sucedió en el pasado. Tomando las palabras de Bion
(1990), la creación de “memorias del futuro” donde el analista es una voz más en un concierto de múltiples personajes psíquicos que nos habitan.
Luego de este recorrido conceptual es posible afirmar que la capacidad de encontrar evidencias de la ligadura indisoluble trauma-vivencia-tiempo en la construcción del sujeto psíquico es claramente un emergente central de la identidad psicoanalítica. En ese sentido representa uno de sus actos más persistentes de rebeldía frente a la voracidad de Cronos. A partir de la conceptualización de los procesos inconscientes, Freud desmonta la certeza de la causalidad y la explicación asestando una marca indeleble a esta pretensión. La potencialidad de nuevas representaciones y condiciones de inscripción de vivencias - y, por lo tanto, nuevos trayectos subjetivos -, donde el analista actúa creando un pasado/futuro para un sujeto que aún no existe, implica afirmar no solo que el tiempo subjetivo no se puede mensurar, sino que se puede re-crear en análisis, en la transferencia.
Dentro de esta perspectiva, la esperanza en la cura está fundada en la noción de un sentido potencial (Khan, 1978) que permitirá la reunión, en el objeto analítico, del sentido presente y del sentido ausente. Esa reunión se inventa /encuentra, en un sentido winnicottiano, en el momento oportuno, en tanto discontinuidad.
Este es un cuarto tiempo freudiano donde experiencia es tiempo. Donde un nuevo trayecto se crea a partir de una experiencia. Y en ese acto, la intervención del analista crea objetos que permiten pasar de la potencialidad a la realización de un tiempo oportuno y creativo.
Nas Fronteiras de Chronos: Do Tempo do Trauma à Criação de um Tempo sem Precedentes
Resumo
Este artigo apresenta um panorama conceptual das diferentes formas de pensar a temporalidade e o traumático, onde é possível perceber que a capacidade de encontrar evidências do vínculo indissolúvel sujeito-traumatempo é claramente um emergente central da identidade e do trabalho psicanalíticos. Nesse sentido, a consideração de uma temporalidade singular representa um de seus mais persistentes atos de rebelião contra a voracidade de Cronos. A partir da conceptualização dos processos inconscientes, Freud desmonta a certeza da causalidade e da explicação, deixando uma marca indelével nessa afirmação. A potencialidade de novas representações e as condições de inscrição de experiências - e, portanto, de novas trajetórias subjetivas -, onde o analista atua criando um passado/futuro para um sujeito que ainda não existe, implica afirmar não só que o tempo subjetivo não pode ser medido, mas que pode ser recriado na análise, na transferência.
Palavras-chave: Temporalidade, trauma, subjetivação, memória.
In the Frontiers of Cronos: From the Time of Trauma to the Creation of an Unprecedented Time
Abstract
This article presents a conceptual overview of the different ways of thinking temporality and the traumatic, where it is possible to perceive that the ability to find evidence of the indissoluble link between subject-trauma-time is clearly a central emergent of psychoanalytic identity and psychoanalytic work. In this sense, the consideration of a singular temporality represents one of its most persistent acts of rebellion against the voracity of Chronos. From the conceptualization of unconscious processes, Freud dismantles the certainty of causality and explanation, striking an indelible mark on this pretension. The potentiality of new representations and conditions of inscription of experiences -and, therefore, new subjective trajectories-, where the analyst acts creating a past/future for a subject that does not yet exist, implies affirming not only that subjective time cannot be measured, but that it can be re-created in analysis, in the transference.
Keywords: Temporality, Trauma, Subjectivation, Memory.
Aquí se articulan tiempo, causalidad y lógica, constituyendo el nudo de la invención freudiana del tiempo inédito. En ese sentido, cada marca o inscripción en el aparato, ubicada en un marco específico de circunstancias, funciona como condición suficiente relativa de su retroacción. Para mas detalle ver Von Wright, G. H. (1971) quien explica la causalidad retroactiva mediante la posibilidad de que, ocurrido A, sucedan B y B'. En este caso afirma que la relación de B con A depende de las condiciones en las que A sucede. Así, cuando A sucede en las condiciones p, se obtendrá B o B', estableciendo la opción de pensar en el cambio de las condiciones p – para lograr B o B' - en tanto la existência fáctica de A es inmodificable.