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Según el doctor Franz Kuhn, mencionado por Borges en El idioma analítico de John Wilkins (1952, Otras Inquisiciones), cierta enciclopedia china, de autor desconocido y titulada Emporio celestial de conocimientos benévolos, clasificaba los animales del siguiente modo: a) pertenecientes al Emperador, b) embalsamados, c) amaestrados, d) perros sueltos, h) incluidos en esta clasificación, i) que se agitan como locos, j) innumerables, k) dibujados con un pincel finísimo de pelo de camello, l) etcétera, m) que acaban de romper el jarrón, n) que de lejos parecen moscas.
La arbitrariedad de la clasificación no deja de tener gracia aun cuando fuera apócrifa1 en cuyo caso resultaría al menos una caricatura ingeniosa de la inmemorial actividad ordenadora y clasificatoria, culta o popular, que produce en cada momento la red de familias, clases y categorías con que los hombres de todas las épocas han tratado de interpretar su mundo. Y su mundo interno, porque como Borges hace decir a Chesterton en el texto citado, «El hombre sabe que hay en el alma tintes más desconcertantes, más innumerables y más anónimos que los colores de una selva otoñal». Freud sospechó pronto la existencia de tal complejidad, y su obra trató de recogerla mediante una serie de categorías interpretativas que a veces sustituían las anteriores, y a veces se añadían a ellas, como en sus sucesivos intentos de establecer la etiología de la histeria (R. Fernández Vilanova, 1995, p. 93), o en sus ulteriores rectificaciones nosológicas, técnicas y metapsicológicas.
El problema de las teorías, categorías y clasificaciones que subtienden el campo del psicoanálisis, está íntimamente relacionado con el problema de la escucha que hoy nos ocupa porque es una de las tres patas en que se