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(Aceptado para su publicación el 17 de diciembre de 2014)
En 1932, Freud escribió: “El yo puede escindirse”, debido a su naturaleza compuesta, que reúne identificaciones diversas. Siguiendo la metáfora del cristal, el yo siempre se quiebra siguiendo sus líneas de estructura predeterminadas. Pero para Freud tal escisión es reversible: “…el yo se escinde en una cantidad de sus funciones - al menos temporariamente. Sus partes pueden volver a reunirse luego” (1933[1932], p. 58). En ese momento Freud enfatizó que lo que caracteriza al yo es “una tendencia a la síntesis en sus contenidos, a una combinación y unificación de sus procesos mentales” (p. 76); más adelante escribe que la tarea del yo “es armonizar los pedidos y demandas de sus tres amos”, y añade: “si el yo es fuertemente presionado, reacciona generando ansiedad” (p. 77). Con el fin de evitar esta ansiedad, cuya intensidad puede ser variable pero a veces catastrófica, el yo emplea procesos defensivos que causan escisiones dentro de él mismo.
En 1938, en su artículo sobre la escisión, Freud (1940[1938]) realiza un balance de la alteración en la función sintética del yo: lo que considera a la vez desconcertante y completamente familiar, no es tanto el fenómeno de la escisión como el fracaso de la “naturaleza sintética de los procesos del yo”, que pensamos que podíamos “dar por sentado”; “pero,” continúa, “estamos en falta con respecto a esto. La función sintética del yo, aunque es de una importancia extraordinaria, está sujeta a condiciones particulares y es proclive a una cantidad de perturbaciones” (p. 276). Y esta vez, dice Freud: “la grieta en el yo nunca se cura, sino que aumenta con el tiempo” (p. 276). Así se suscita una cuestión esencial: la escisión del yo, ¿es reducible? En un intento de esbozar una respuesta a esta pregunta, primero es necesario complejizarla: entre el texto de 1932 y el de 1938, hay una diferencia en lo concerniente a la naturaleza de la escisión. En el primero, Freud considera la escis