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Difícilmente se puede definir lo que constituye una mente normal, ya que los datos estadísticos no suministran las bases necesarias. Por ello las definiciones de normalidad se suelen apoyar en criterios referentes a la felicidad del sujeto, a su eficacia mental y a la existencia de sentimientos sociales positivos. En todos ellos se apoya tambián el autor, pero profundiza, explicando las motivaciones inconscientes que provocan las actitudes conscientes citadas.
Así estudia los sentimientos sociales y sus modificaciones aparentemente normales, que constituyen las formaciones reactivas o la llamada “fuerza de carácter”. De su examen deduce que la mejor valoración de tales sentimientos sociales en un individuo debe hacerse basándose en la libertad interior con que se originan y no en su intensidad manifiesta.
Del mismo modo se deben valorar las tendencias amorosas directas. Teniendo además en cuenta el que en un individuo normal existe una correlación directa entre la hetero y la homosexualidad, manifiesta o sublimada, y no una oposición entre ambas.
La eficacia mental puede considerarse más normal, si proviene de una sublimación que si se origina de un desplazamiento de energías psíquicas. Y por lo que se refiere a la felicidad, se debe tener en cuenta la experiencia psicoanalítica que demuestra cómo su empeoramiento es debido a la actuación de la tríada: temor, odio y culpabilidad, cuyo origen se halla en la situación edípica.
Finalmente el autor llega a la conclusión de que el criterio más firme de normalidad es la falta de angustia. Lo que no significa una actuación de valentía manifiesta, sino la ausencia de reacciones profundas enmascaradoras de temores inconscientes.
Garma.