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Encara en este artículo el autor la enorme importancia que tiene la vida afectiva de los niños para su futuro desarrollo intelectual y su conducta en la escuela. Empieza haciendo notar, mediante la comparación de una serie de obras científicas, cuán distinta es la forma de escribir de los autores. Mientras unos recurren a continuas citas de diferentes autores para ponderarlos, otros, en cambio, sólo lo hacen para criticarlos. Hay quien se posesiona de ideas ajenas como si fueran propias y quien va directamente al tema que se ha propuesto.
Los motivos que impulsan a los niños a estudiar son igualmente muy distintos. Unos lo hacen por una cuestión de rivalidad, otros por complacer a sus padres, un tercero únicamente por deber. Muy pocos son los maestros capaces de comprender cuál es la situación afectiva que impulsa a sus alumnos. El mayor servicio que el psicoanálisis ha prestado a la instrucción ha sido demostrar hasta que grado el desarrollo intelectual depende de la vida afectiva, afirmación que es ilustrada aquí con varios casos.
El pensamiento de los escolares es mucho menos objetivo de lo que suponemos, y los conocimientos en general les sirven para transferir afectos de los que no tienen conciencia y que les preocupan sin saberlo. Estos sentimientos inconscientes les son útiles para adquirir los conocimientos, pero si de pronto sus intereses afectivos cambian, los conocimientos adquiridos caen en el olvido súbitamente.
Además de los de agresividad, los conflictos sexuales desempeñan un importante papel durante el período escolar, siendo el gran problema el de la masturbación.
Debemos considerar que el niño, antes de ser inteligente, es afectivo. Todo niño cuyo desarrollo ha sido falseado no podrá encontrar su completa capacidad intelectual hasta que se haya despojado de sus reacciones afectivas inadaptadas. Naturalmente, es casi imposible pretender que los maestros descubran los problemas afectivos de sus discípulos, ya que conscientemente ellos mismos los ignoran