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Los diversos trabajos sobre el “derecho materno” —comienza el autor—, tema muchas veces tratado desde la aparición de la obra de Bachofen , no están libres de fuertes motivos emocionales. Éstos perjudican la objetividad de las observaciones y conclusiones. Así, por ejemplo, tiende Vaerting (“The Dominant Sex”) a una representación de una inversión extrema de la relación entre los sexos: todos los derechos y todo el poder (en la familia, en la sociedad, en el amor y en el gobierno) estarían en manos de la mujer. Esta descripción se lee, dice el autor, “como el sueño de una feminista”.
Los hechos contradicen a esta representación. El hombre de los tiempos “bárbaros” no era más manso que el del presente. “Progenie materna”, es decir, la costumbre de determinar la descendencia y sucesión según la línea materna, no es idéntico a mando materno (como ya Frazer recalca). Se encuentra frecuentemente la “progenie materna” junto con la esclavitud de la mujer. El mando estaba, salvo algunas excepciones pasajeras, probablemente siempre en manos de los hombres (Frazer). Lo esencial, tal vez lo único importante, del “derecho materno” es el cálculo de la descendencia según la línea materna. Junto a esto, hay una serie de otras características, pero éstas aparecen muy irregularmente y, por lo tanto, confunden y complican el cuadro para el investigador.
La denominación “matriarcado” debería ser usada solamente para aquellos casos raros donde existe realmente el mando materno, es decir, donde la madre es el jefe de la familia y tiene la potestad sobre los hijos. La existencia precedente de tal matriarcado es señalada por aquellos casos mucho más frecuentes donde el hermano de la madre posee la potestas (“organización avuncular”). La herencia de la propiedad y la sucesión (de la jefatura, etc.) en la organización de derecho materno se transmite generalmente del hombre al hijo de la hermana. La morada es determinada —en las formas extremas de las organizaciones de derecho materno— por la