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No hay, dice el autor, sociedad alguna que no esté basada sobre alguna forma de disciplina. La idea de una disciplina “libre”, “natural” es una ilusión, es decir, producto de un pensamiento dominado por el principio del placer. En toda comunidad civilizada, la disciplina es siempre artificial y debe ser enseñada utilizando sustitutos de la realidad. La conducta adulta está esencialmente determinada por los métodos con los cuales han sido inculcadas las reglas “usted debe” y “usted no debe” y de una manera general se puede configurar un superyo rígido e inflexible o un yo fuerte y dotado de espíritu crítico. La educación del superyo tiene como resultado una vida colectiva sin flexibilidad pero estable en condiciones normales; ella exige poca responsabilidad individual pero restringe considerablemente el acceso al bienestar individual. Por otro lado, la educación del yo, conduce, contrariamente, a una vida colectiva variada, elástica, pero crítica, que no es fácil tampoco dirigir. Las posibilidades de elección en vista al placer individual son más numerosas pero en cambio deben ser pagadas con una mayor responsabilidad individual. Traspasar los límites determinados por nuestra propia educación es, según el autor, la tarea más difícil para todo educador. Habría un peligro tanto en una como en otra dirección. Las dos pueden volverse ciegas a todo lo que no es su objetivo esencial.
E. Pichon Rivière