Algunas mujeres son incapaces de establecer una relación estable con una pareja y para explicar estos problemas de relación invocan razones vinculadas con la realidad externa, antes que con su propia realidad interna.
Este artículo provee un punto de vista sobre el notorio significado de la figura paterna, real o fantaseada, en la subjetivización, en el desarrollo psicosexual y en la necesidad de la hija de ser reconocida como sujeto de deseo. Y para que esto se pueda llevar a cabo es necesario que el padre esté disponible para ser utilizado como “love object” y como modelo para la identificación y la formación del superyó. La autora, en primer lugar, presenta diferentes viñetas clínicas de una paciente adulta que, incidiendo en el tema de su trabajo, intentan reflejar las dificultades para la identificación con el objeto materno, su confusión self-objeto, el papel del padre, la huida hacia la fantasía de un padre idealizado expresado en sus relaciones amorosas, su confusión de rol genérico y como todo esto se manifiesta en las relaciones externas y en la transfrencia. Posteriormente describimos la importancia del padre en la literatura psicoanalítica; influencia que, no hace tanto tiempo, ha vuelto a tomar gran valor para los psicoanalistas, después de un largo periodo de preocupación por la indiscutible trascendencia del vínculo temprano entre madre e hijo-a. Finalmente exploramos el significado de la función paterna en el desarrollo psicosexual y en la identidad femenina de la hija desde los inicios de la infancia.
Artigo recebido a 25/08/2014 e aceite para publicação a 30 de Outubro de 2015.
Miembro Titular de la Sociedad Española de Psicoanálisis (SEP), E-mail:asunluen@gmail.com
Con la intención de centrar y focalizar el debate sobre la importancia del padre en el desarrollo psicosexual de la hija, he considerado pertinente empezar por exponer el material clínico, ya que fue la reflexión a posteriori del material lo que me estimuló a pensar en la paciente desde otra perspectiva. Durante el proceso analítico concentré la comprensión de la paciente, principalmente, en la tormentosa y ambivalente relación madre-hija, sin apenas introducir la ausencia del padre dentro de ese vínculo; situación que, en mi opinión, impidió que durante el tratamiento no me percatara que en ese enlace fusional y por extensión en la constelación familiar, mi paciente “actuaba”, alternativamente, otros roles que traspasaban al de hija: el materno y el paterno. Junto a ese enlace fusional asumía un rol masculino ante la madre, haciendo de marido ante la ausencia del padre o, en ocasiones, ejercía de madre de la hermana; en definitiva prestándose a todo tipo de dificultades en su identidad.
Siguiendo el estudio del material clínico del caso observé y fui consciente que, tanto la paciente como yo habíamos silenciado la huella del padre. Apenas hablamos, ni fantaseamos, sobre la impronta que dejó en su vida y, especialmente para sus relaciones posteriores, un padre ausente en la presencia; un padre que fue prohibido, intocable e “inventado” no por ella, sino por su propio narcisismo y/o por la invención de una madre deprimida, sin permitir que interviniera su propia percepción ni mucho menos su deseo.
Esta revisión del material, realizada a posteriori, despertó en mi el interés por integrar ambos temas e investigar la relación que puede existir entre esa huella innombrable de la búsqueda irrefrenable de ése “tercero” y la falta de evolución de la vida afectiva normal; desorganización afectiva que tuvo sus consecuencias tanto en el desarrollo de la simbolización de su vida profunda, como en la formación de un sentimiento de identidad, con una confusión de rol de género.
Sara es una mujer atractiva próxima a los 40 años, trabaja como responsable del departamento comercial de una empresa relativamente importante. En sus relaciones laborales es destacable la rivalidad y competitividad con sus superiores, particularmente si son mujeres. Cuando realizó la consulta llevaba año y medio separada del marido con quién convivió siete años. Fue ella quién tomó la decisión de separarse y, también, por propia decisión no tuvieron hijos; nunca veía el momento de sentirse preparada para ello, aunque a su pareja le hubiese gustado. Es consciente que lo que más le angustia son sus relaciones con los hombres.
Sara había iniciado una psicoterapia dinámica con un terapeuta a quién acabó abandonando después de seis meses por sentirlo “inexperto y acusatorio”.
Anterior a este matrimonio, Sara ha salido con varios hombres… “De hecho siempre he estado con un hombre al lado”, la mayoría de ellos procedentes de un estatus social inferior al de ella, y tuvo dos parejas a quienes destacó como “un poco más significativas” respecto al resto; sin embargo las dos relaciones contenían poderosas razones que impedirían la posibilidad de llegar a establecer un compromiso sólido y permanente. Uno de ellos estaba casado y después de cuatro años de relación con la paciente, ella estaba convencida que él acabaría dejando a su mujer. Con la otra pareja no podía mantener relaciones sexuales por la supuesta impotencia sexual de él. Algo se manifestó claro y evidente a lo largo del proceso analítico: aquellas poderosas razones no eran la causa de las repetidas rupturas de la relación, sino más bien las razones por las que la paciente se sentía poderosamente atraída. Se sentía triunfante mientras fantaseaba estar al lado de un hombre débil y de inferior estatus social a quién ella rescataría. Iniciaba la seducción convencida de ser “el hombre de su vida” y una vez conseguida la total colonización de la pareja, empezaba, en su fantasía, la desvirilización3 de aquélla como defensa para huir de cualquier relación afectiva estable. Por una parte ansía “tener pareja” pero, por otra parte, cuando comienza a salir con un hombre de manera más formal, le sobreviene una intensa angustia y una duda obsesiva: “A lo mejor esta no es tu persona, ¿y si encuentras otro mejor? Siento que mientras lucho por conseguir lo que quiero sufro, pero cuando lo tengo pierdo interés y entonces tengo ansiedad por vivir experiencias nuevas. Quisiera vivir sin tener que sentir el sentimiento penoso de necesitar a alguien”. A partir de aquí, se produce una desvalorización automática del hombre, quien comienza a presentar a sus ojos una cantidad de defectos que ella vive como intolerables, todo lo cual acaba siendo experimentado como una desvirilización.
La sintomatología, inicialmente más general de crisis de angustia, astenia, trastorno del sueño, apatía, tristeza, etc., a los pocos meses se fue transformando en “ahogos”, “angustias”, ansiedades agora-claustrofóbicas, leve insomnio, inhibición sexual y anorgasmia
Con este término he pretendido poner nombre al mecanismo por el cual Sara, en su fantasía, desproveía al hombre de su potencialidad viril, dejándolo desvitalizado. A consecuencia de este proceso la pareja pasaba de ser objeto de deseo a un objeto frágil y totalmente dependiente de ella; alguien que le urgía apartar de su vida, tras la pérdida del deseo sexual de la paciente. Uso el concepto de desvirilización y no el de castración debido a que, aunque en alguna característica pueden parecer similares, pienso se trata de dos conceptos con significados diferentes, sobre todo en el campo de la teoría psicoanalítica. En dicha teoría es muy importante el complejo de castración descrito por Freud, en el sentido de que en la niña puede aparecer este complejo al darse cuenta de que, en la realidad, el niño tiene pene y ella no. Pero cuando hablo de desvirilización me refiero, metafóricamente, a la necesidad de la mujer de que el hombre sienta una disminución en sus capacidades viriles. Por ello pienso que en este caso es mejor hablar de desvirilización y no de castración.
que le sobrevenían con sus relaciones de pareja y esto la llevaba a cortar la relación.
Su sintomatología la relacionaba con la marcha de su hermana, soltera y cuatro años menor que ella, con un novio que saben con seguridad consume drogas y la maltrata. En alguna ocasión la hermana les ha llamado para que fueran a rescatarla después de haber recibido golpes, pero una vez que los padres se han presentado es la hermana quien quita importancia a lo sucedido y continúa con la pareja. Esta situación ha provocado que, repentinamente, le entrara la duda y cierto sentimiento de culpa por haber dejado al marido. Lo describe como una persona muy buena, siempre pendiente de satisfacerla en sus necesidades y caprichos, a ella le hubiese gustado no haber perdido el amor por él, pero solo lo puede querer como amigo, no siente ninguna pasión. El último año de convivencia ya no mantenían relaciones sexuales y se veía encerrada en una dinámica rutinaria de la que se apartaba imaginándose una nueva relación apasionada o buscándola durante algunos de sus viajes profesionales. Ésta era la única manera que conseguía llegar al orgasmo, imaginándose haciendo el amor con otra persona que, bien, él fuera detrás de ella u otra versión ser ella quien tuviera que poner el empeño hasta conseguirlo e ir soslayando los impedimentos planteados por la pareja. Era este juego de seducción-decepción lo que más le excitaba.
Sus padres son descritos como una pareja que procedían de diferente clase social. El padre, descendiente de una familia de banqueros continuó con la profesión familiar, pero su ilusión era realizarse en el mundo artístico, el cual compaginaba por las noches y fines de semana. Cuando la paciente contaba 13 años se hizo pública la relación que el padre venía manteniendo con otra mujer desde hacía varios años, con la sospecha, convertida en tabú familiar, de que de esa relación nació un varón. Este padre, una figura admirada e idealizada por Sara como encarnación del “hombre viril”, del “conquistador”, que desprecia a la mujer, era, al mismo tiempo, rechazado por su egoísmo como padre: nunca se ocupó de sus hijas y siempre prefirió cuidar de sí mismo, de su cuerpo y de sus actividades.
La madre, en cambio, de bajo nivel social resignada a esperar a este marido al que, en el fondo, ama a pesar de los desplantes e infidelidades; figura ambivalente, a quien Sara “comprende” y de la cual se siente muy próxima y dependiente aunque por otro lado, la odie por su sometimiento extremo, por su frialdad afectiva como madre a quién describe frecuentemente deprimida, pero también hipercrítica y autoritaria. Siempre acababa imponiendo su criterio y cuando no lo conseguía practicaba el chantaje emocional amenazándolas con huir para siempre sin dejar rastro. Tanto la paciente como su hermana vivieron “pegadas a ella” y su opinión sobre los hombres, “has de recelar de ellos pues todos se aprovechan y si eliges alguno ha de estar a tu altura”, era algo que les fue repitiendo desde que las hijas eran muy jóvenes. La madre con una intensa idealización hacia su hermano, no se casó demasiado enamorada, pero un hombre de negocios le daba seguridad y pensó que se acabarían queriendo; tampoco sintió que el marido lo estuviera, más bien fue forzado a casarse por la familia.
En su trabajo, Sara parece ser una mujer eficaz que proporcionaba buenas ganancias a la empresa. No obstante, el tema laboral ha venido ocupando una buena parte del tratamiento debido a sus dificultades para entenderse con los superiores y la poca destreza para manejar a los inferiores. Había cambiado varias veces de empresa y en esta época su situación laboral corría el riesgo de tomar el mismo destino que las anteriores.
Desde niña tiene muy presente la sensación de soledad y aburrimiento que sentía tanto en casa como en la escuela. No tenía amigas pues en el fondo se sentía superior a ellas “más madura y no me interesaban los temas que hablaban”, siempre al lado de la madre “haciéndole compañía” porque el padre, plenamente ocupado con sus exhibiciones artísticas, apenas estaba en casa… “en el fondo me gustaba que me necesitaran, me sentía importante, era como tener un poder que luego utilizaba tanto con ellos como con las futuras parejas”, según palabras de la paciente. En esta realidad triádica ella adoptó el rol del padre, se erigió como representante de la “ley” y permanecía situada al lado de la madre, pero sobre todo ejercía un rol que le hacía sentirse la favorita y necesaria para ambos. Esta identificación con el rol paterno le originó dramáticas consecuencias para su desarrollo emocional y, posteriormente, para la elección de pareja, debido a que hacía de padre al lado de la madre.
Fue la etapa en la que empezó a salir por la noche y conocer chicos que Sara describe como la mejor para recordar, cuando más ha disfrutado porque se sentía alguien especial, diferente a las otras chicas. A partir de este momento siempre tuvo una pareja a su lado, dejaba a uno e iniciaba una nueva relación. Se consideraba atractiva y al relacionarse con los chicos era “como tener un poder de seducción que podía utilizar a mi favor para un fin concreto. Los chicos me veían muy
femenina, sensual y amable…probablemente fui creando un papel que quería representar. De pequeña era tímida y acomplejada, pero después, al contrario, me cambió el carácter“. En contraste con esto sabemos de su inhibición sexual y de sus dificultades para alcanzar el orgasmo; además, algo que no refirió hasta ya alcanzado el segundo año de análisis fue que, en alguna ocasión, realizó juegos sexuales con la hermana y una amiga. En otras ocasiones ha recibido insinuaciones de mujeres homosexuales, lo que despertó en ella el temor y la duda sobre su identidad sexual.
Considero que la paciente, una mujer con un fuerte vínculo, en muchos sentidos amoroso, con su madre quedó a la deriva de una relación fusional con ella, quién, al mismo tiempo potenció esta relación buscando consuelo en la hija. Por otra parte, este vínculo era experimentado por Sara ambivalente, lo vivía como restrictivo y controlador al haber sentido siempre que ella no le podía ser “infiel” a su madre. El padre ausente emocionalmente y centrado en sus asuntos no pudo ejercer su doble función de dar apoyo y soporte a la madre ni rescatar a la hija de ese enlace fusional. Sara quedó fijada a una relación propia de la etapa preedípica con notables consecuencias tanto para el desarrollo del self como de la sexualidad.
A continuación presentamos diferentes viñetas clínicas que, incidiendo en el tema de nuestro trabajo, intentan reflejar: las dificultades para la identificación con el objeto materno, su confusión self-objeto, el papel del padre, la huída hacia la fantasía de un padre idealizado expresado en sus relaciones amorosas, su confusión de rol genérico y como todo esto se manifiesta en las relaciones externas y en la transferencia.
La madre, frecuentemente, suele investigar la vida de otras personas, lo que siempre ha provocado la irritación de Sara, y más cuando se centra en ella y su hermana. Nos habla de una madre invasiva, dominante, que espía y sentencia todo lo referente al comportamiento de sus hijas, al mismo tiempo que ridiculiza y desprecia cualquier ejecución del padre. La paciente con tono alto se queja de que siempre las ha estado tratando como niñas pequeñas y que por eso nunca le presenta sus parejas porque hará lo mismo. A continuación se establece el siguiente intercambio:
A.. (Analista): Explica una situación familiar donde todos se meten en todo y me parece que Vd. está muy pendiente de no quedar excluida.
P. (Paciente): Estoy acostumbrada a estar metida en el medio de mi familia, son ellos quienes me lo piden. Qué derecho tiene mi madre de decidir sobre la vida de los demás. Quizás lo hace por protección, pero nos sigue tratando como niñas.
A.: En alguna ocasión hemos hablado que cuando Vd. cree estar excluida, bien afuera o bien conmigo, siente que tiene que ponerse a investigar.
P.: Siempre he estado en medio de mis padres, vivía el dolor, la pena y también la furia de mi madre porque mi padre le había dicho más de una vez que no estaba enamorado de ella. Mi padre, a su manera, también sufría por no estar enamorado de ella y mi madre me utilizaba para atraerle…. yo voy repitiendo lo mismo con las parejas.
A.: (Me quedo pensando en qué tipo de pareja querrá establecer conmigo: ¿seré yo la que ella necesitará que vaya detrás?, ¿ella me seducirá pero sin llegar a producirse un encuentro productivo?).
P.: Nunca me he podido enfrentar a mi madre y decirle claramente lo que me gusta y lo que no. A veces pienso si mi madre pretende que nosotras tengamos lo que hubiese querido para ella misma. Si pretende que seamos felices con un tipo de pareja que le guste a ella, ya que nos ha inculcado que tengan buena presencia, cultos, agradables, buena economía, etc. ¿Y mi padre?, ¡Qué sabrá él de nosotras!, antes no se metía en nada, vivía al margen, pero, ahora, también hace comentarios del tipo ¡uf, camarero!, no tendrá donde caerse muerto, comentarios despectivos sobre las parejas que me molestan mucho. Creo que debe tener una espina clavada de su comportamiento anterior como padre, como si sintiera que ha perdido toda credibilidad sobre nosotras.
A.: Parece que tiene muy presente lo que les gustaría a sus padres (ha estado hablando continuamente de ellos), y teme no le den valor a sus capacidades. Creo, también, que como analista me puede sentir como unos padres débiles e inexpertos que no la pueden ayudar.
P.: (Responde de manera muy general). De alguna manera, sí que estoy pendiente de lo que pueden decir, pero es paradójico pues yo quiero vivir mi vida; sin embargo, estoy ahí enganchada y no puedo vivir ni con pareja, ni sin ella, ni para adelante, ni para atrás.
Un sueño de esta época reflejará un mundo interno donde el self infantil se siente amenazado y puede quedar aplastado por la responsabilidad de tener que hacerse cargo del grupo familiar desorientado y perdido. En el sueño Sara y su familia están en un parque de atracciones. Nada más entrar ella ha de ir al lavabo. Todos se quieren subir a una noria, pero ella ve que no está bien sujeta, a medida que empiezan a subir y la noria comienza a dar vueltas, ésta se va cayendo hacia un lado. Hay personas debajo y la paciente piensa que
se pueden morir todos. Ella puede bajar y se pone en un extremo de la noria haciendo de contrapeso para evitar que aplaste a la gente.
Sara asocia este sueño con una discusión entre ella y la madre ocurrida dos días antes. Los padres habían marchado de vacaciones y la madre la llamó y (en palabras de la paciente) “….me recriminó que no la había llamado por teléfono, por lo que me espetó que era una desgracia tener una hija como yo. Y mi padre ni siquiera se puso al teléfono, él con sus temas”. Seguidamente la paciente recordó que siendo niña la madre, frecuentemente, tras discutir con el padre por sus ausencias, amenazaba con irse de casa para no volver más; comentario que aterraba a las hijas y como consecuencia, la paciente sentía la presión de permanecer “junto a su madre, sin poderle ser infiel”.
Considero que este sueño muestra como la paciente ha de ir al lavabo ante la necesidad de evacuar sus sentimientos de hostilidad, enfado y rabia. Por otra parte indica la desvalorización que hace del objeto, ya que es ella la que puede salvar a la gente de no quedar aplastada y el temor a morirse ella misma si la madre desaparece. La noria, quizás representaría lo azaroso de la vida y de los vínculos amorosos, giran sin finalidad, inestables e inseguros, de la que puede salir despedida. Si nos referimos más concretamente a la figura masculina pienso hay una desvirilización de la misma, ya que no es el padre el que aporta la fuerza para salvar a las personas, sino que es ella la que sí tiene este poder. La paciente niega la ansiedad evacuándola o haciéndola girar y se defiende de manera omnipotente del peso que esto le supone.
Podríamos decir que la desvirilización del objeto, también, aparece en la transferencia, bien confundiéndose conmigo mientras se apropia de todo lo creado por mí, o bien a través del repliegue narcisista donde la única “relación estable” que aparece es ella con un objeto interno que la halaga y le dice que no hay nada alrededor que le haga sombra. Ante una analista invasiva y escruñidora de su intimidad, trasunto de la madre, la desviriliza o la pudiera atacar para así protegerse de las exigencias que se derivarían de tal figura. Temor que la analista la requiera a ella en exclusiva, fiel in aetérnum.
Era frecuente que la paciente trajera el tema de su dificultad para mantener una estabilidad con las parejas. Habla que ha estado pensando en porqué se le hace difícil mantener una relación estable, admitiendo que “….solo quisiera relacionarme con lo que me gusta y desechar lo que me desagrada. En las relaciones acabo sintiendo que pierdo el tiempo y con una insatisfacción general. Así me he pasado toda la vida. Creo que me acerco mucho a las personas con las que pueda establecer dependencia mutua y de las que reciba afecto. Luego fantaseo como quiero que sea la relación y, finalmente, la realidad me frustra. Al enamorarme siento mucha angustia, tengo necesidad de sentirme querida y por lo poco que me den me quedo enganchada, es como una droga, pero cuando rompo siento dolor, pero, también, una especie de liberación. En todas las relaciones padezco mucho, porque suponen una carga de responsabilidad, excepto en aquellas que yo tengo el poder”. Esta manifestación de la paciente me hace pensar en un trabajo de Ferenczi (1932) en el que habla sobre los niños sabios o en Winiccott quien se refiere a los hijos que se tienen que ocupar de sus padres. Sara añade…. “cuando me separo de una persona no padezco por lo que la amo y la quiero sino, sobre todo, por lo que me da y necesito de él. Tener pareja lo asocio con aburrimiento, perder la libertad. No sé lo que quiero, ni una pareja estable, ni vivir la relación con este control”.
Esta psicodinàmica entre intrusión y poner distancia respecto al objeto constituía el patrón relacional de Sara (una manera de estar identificada con ambos padres); constante relacional que aplicaba en todo tipo de vínculo y por supuesto en su relación conmigo. Frecuentemente después de una sesión donde ella expresaba haberse sentido entendida y tenía la experiencia de cercanía conmigo, a continuación necesitaba actuar su intolerancia a la dependencia, su narcisismo, temores persecutorios de ser invadida, conocida y rechazada faltando, en ocasiones, a sus sesiones o solicitando cambio de horas. De esta manera se producía una inversión de roles: yo me convertía en la necesitada de la relación, esperándola y ella, en su fantasía, desvitalizando nuestra relación y triunfante al poder vivir sin sesión. La paciente huía de un compromiso estable conmigo, al igual que le sucedía en sus relaciones de pareja.
Conforme el análisis avanzaba sus comunicaciones perdían el tono altivo y autosuficiente y sus ilusiones narcisistas de grandeza o de idealización se atenuaban al mismo tiempo que, progresivamente, se desenmascaraba su núcleo depresivo, donde todo el despliegue histriónico y exhibicionista estaría al servicio de balancear una autoestima disminuida, tal y como lo refiere Green, A. (1974). Después de varias sesiones en las que se siente muy segura y potente, siente que esta autoimagen tiene poca base y al menor inconveniente todo se viene abajo. Lo ilustra a través de un sueño: “Mi madre estaba encima
de una montaña y, de pronto, empieza a rodar un tronco. Al principio era pequeño pero, a medida que caía se iba haciendo grande y le pasaba por encima. Fui hacia ella y vi que estaba medio enterrada, la intentaba sacar y lloraba temiendo que le hubiese pasado algo. Pensé que podía tener una fractura y si todavía estaba viva la podría perjudicar“. Muy emocionada añade:
P.: Tengo la sensación de que mi madre no tiene ganas de vivir, solo ve pasar la vida, sin ilusión y que, por nada del mundo, quisiera sentirme igual que ella: me ha tocado este marido lo aguanto, me han tocado estas hijas las aguanto. Ella es el reflejo de lo que no quiero para mi vida. La tenía como un modelo a seguir, pero, en parte, se me ha hundido. Siento pena por ella y quisiera que hiciera algo más para sentirse feliz. Como yo, que he vivido momentos de infelicidad y sé lo que he hecho para cambiarlos“.
A.: ¿A que se refiere?
P.: Lo más importante venir aquí y darme cuenta que daba una imagen de seguridad, aparentaba autoconfianza, pero no la sentía de verdad. No sé porqué pienso que mi madre se morirá de tristeza. No puedo soportar que un día falten mis padres, que se hagan mayores, sobre todo mi madre… el día que falte es como si me faltara algo de mí, todo y que las críticas más duras las he recibido de ella. Para mis padres yo era la fuerte, responsable, madura, no les podía mostrar mis debilidades y he hecho creer a los demás que soy así. Si mostraba la debilidad caería del pedestal en el cual yo misma me había colocado. Mediante el análisis he ido viendo que no era nada de todo esto. Antes, también, veía a mi madre como la madre que siempre tenía la razón, la que sabe todo y la que tira hacia delante con todo.
A partir de la revisión del material, la aportación del sueño y las asociaciones que le acompañaron me fueron significativas en dos sentidos. Por un lado considero que simboliza como la paciente se presenta a lo largo de las sesiones: inicialmente dominada por la autosuficiencia y la autoidealización y, al mínimo requerimiento, aquella imagen de base frágil se desploma. Interpretaría también el sueño como expresión de que el tronco hace referencia al pene, a los aspectos masculinos que pueden aplastar, enterrar y eclipsar todo lo femenino. Tomando como referencia esta comprensión podemos aseverar que la fantasía de la paciente respecto a la relación entre los padres no sería una relación fecunda y creativa, sino la subyugación del padre sobre la madre. ¿Y ella, con quien se identifica? Sara se acaba identificando con la figura masculina, aquella que domina al otro y es, desde esta posición, lo que le permitiría adquirir la capacidad sádica de aplastar la feminidad. Esta coyuntura nos ayuda a entender su persistente rivalidad con cualquier pareja.
Transcurridos dos años y medio de análisis, Sara pudo hablarme de su sexualidad…. “Ayer salí relajada y me supo mal no haber hablado de este tema. Continuando con lo que hablamos ayer, recuerdo la primera vez que tuve el deseo por una persona. Tenía 9-10 años, conocí a un niño, tenía mucha curiosidad por como se daba un beso y practicaba con la puerta del baño. Con 11 años se me despertó el deseo sexual y comencé a masturbarme. Noté que me aumentaba la excitación, pero no me satisfacía y me quedaba peor. Todo lo vivía con ansiedad por las cosas que hacía y la excitación que sentía, lo tenía que reprimir porque no era bueno. A partir de la adolescencia vino la colección de hombres. A los 18 años tuve la primera relación sexual, me gustaba el chico y necesitaba satisfacer mi necesidad; sobretodo lo que más me excitaba es que me fueran detrás y continuo enganchada a la excitación. Después empecé a tener fantasías sexuales con mujeres, sobre todo mujeres que sean como yo. El prototipo de mujer lesbiana no me atrae. Solo en una ocasión tuve un encuentro sexual con una mujer, ella se obsesionó conmigo de tal manera que tuve que provocar un enfado para cortar la relación radicalmente. Con quién sueño varias veces es con mi hermana, estamos en la cama y nos estamos satisfaciendo mutuamente. Ella me empieza a tocar y yo me dejo”. ¿Satisfacción autoerótica y narcisista de imagen especular con la hermana? ¿Cómo fiarse de los hombres que aplastan y entierran?
Considero que estas experiencias ponen de relieve su problemática preedípica y sus dificultades de identificación con una y otra de las imágenes de la escena primitiva. La excitación a la que alude y las fantasías sexuales con mujeres mostrarían por un lado alteraciones en su desarrollo sexual, lo que nos permite entender su elección, en ocasiones, de parejas impotentes, ya que presenta una sexualidad autoerótica e incluso homosexual, por lo que los hombres ya no serían necesarios, excluidos, como ella se sintió excluida del “comercio sexual de los padres” y, particularmente, de las infidelidades del padre que ella suponía. Por otro lado, vería estas fantasías sexuales como un recurso desesperado de buscar modelos con los cuales poder construir su identidad como mujer.
A través de este material clínico desearía haber puesto de manifiesto el drama de mi
paciente. Sara no pudo introyectar una pareja parental sana; en su lugar incorporó el modelo de funcionamiento de los padres. Mediante las parejas busca un falo-padre que no ha tenido, necesita conquistarlo creando una situación donde es el hombre el necesitado, para después abandonarlo y así poder triunfar sobre el padre. Con un hombre débil y dependiente se asegura que no la abandonen, como podría suceder si fuera potente y viril. Repitiendo esta dinámica evita tomar conciencia de su sentimiento de soledad, de no haber podido elaborar el duelo por el desinterés del padre y de su intensa necesidad de ser querida. Por otra parte, tanto sus fantasías homosexuales como los episodios esporádicos de homosexualidad son preedípicos, en la medida en que son una expresión de una fijación a su madre; una consecuencia de la falta de deseo de ésta (así es como lo experimentaba la hija) y donde el padre tampoco pudo rescatarla de esa captura narcisista. En definitiva, a través de la compulsión a la repetición, la paciente se halla atrapada en una dialéctica narcisista entre el yo ideal y su negativo, por lo que cualquier éxito le sirve para sentirse importante o poderosa, le suscita un efecto euforizante, como una droga; a su vez, cualquier fracaso lo vive con un dramatismo exagerado, hundiendo su autoestima y colocándose al borde de la depresión. Un conflicto indisoluble ya que si el yo ideal lo ostenta el otro, ella permanece en el negativo del yo ideal y al no soportar esto tiende a invertir la situación, es decir, mediante identificación proyectiva desprecia y desviriliza al otro. Sara desearía tener una pareja potente y sin embargo no puede soportarlo. Es desde este nivel, en el que “ella es más”, desde donde se le hacen insoportables hasta los más nimios defectos de sus novios. En este sentido parecería que tener novio equivaldría a realizar el ideal ante la madre: tener un novio perfecto; no como ella que tuvo a ese marido infiel. “Tener novio, en dos fases consecutivas” se convierte en una compulsión que hace imposible una relación estable, ya que primero se pega a él en una relación de amor narcisista y ante el peligro de ser abandonada como la madre (posibilidad cuando se está diferenciada), invierte su rol y es ella la que abandona. Por momentos, el novio no significa otra cosa muy diferente a un objeto fetiche.
Sara, atrapada como está en las redes de este narcisismo primario (Freud, S., 1914) y sin poder establecer pareja erótica, mantiene “la pareja” conmigo, con quién la paciente trata de repetir su conflicto proyectando su desesperación y necesidad de ser cuidada, incluso “especial del resto de pacientes” y esperando se le vaya detrás; sin embargo cada vez que una sesión había resultado fructífera y se sentía comprendida o se producía un acercamiento afectivo entre las dos, sentía que me aprovechaba de su “momento vulnerable”. Como consecuencia de sentirse atacada y en rivalidad conmigo (como representante de su madre) se defendía poniéndose fría y distante o poniendo en marcha defensas narcisistas convirtiendo la relación en algo imposible. Mientras, solo mi contención y la capacidad de permanecer como un continente de sus proyecciones, de permanecer, como la madre hacía con el padre, esperándola a veces con paciencia y otras con frustración posibilitaron que Sara digiriera su frustración y su dolor. Entonces, volviendo al motivo de consulta manifiesto “espera de mi orientación para encauzar los conflictos familiares”, ella se erige como representante de la familia (el padre), “ya que nada puede esperarse de estos padres” y esperaría que su analista, creara pensamientos y le facultara con todos los recursos para apropiárselos y así podría enfrentar cualquier adversidad.
Si bien se ha escrito mucho sobre la indiscutible importancia del vínculo temprano entre madre e hijo-a (bien como figura de apego pre-edípica, bien como rival edípica) y la posterior incorporación del padre como representante de la relación con el mundo externo para formar finalmente el triángulo edípico, solo algunos psicoanalistas (Freud, S., 1905ª); (Benjamín, J. 1991); (Kaplan, J. L., 1994); (Dio Bleichmar, E., 1995); (Britton, R., 2002); (Kernberg, O., 1995); (Sami-Ali, M., 1997); (McDougall, J., 1998, ); (Berman, R., 2002); (Quijano, E., 2002, ); (Chasseguet-Smirgel, J., 2003); (Harding, C., 2006); (Aulagnier, P., 2007) y (Drexler, P., 2011), han intentado explorar el valor, en el sentido de la influencia, de la figura paterna, real o fantaseada, en la subjetivización, en el desarrollo psicosexual y en la necesidad de la hija de ser reconocida como sujeto de deseo.
Al revisar la literatura psicoanalítica, sorprendentemente, pocos artículos parecen destacar la preocupación por la relación padre-hija e incluso en aquellos donde lo han abordado, el rol del padre ha sido tratado de una manera muy general.
El caso por excelencia donde “la huella del padre” marcó el desarrollo íntimo de la hija fue Dora, cuyo tratamiento, Freud (1905ª) describió detalladamente. La madre de Dora fue una figura ausente en su vida. Una mujer
burguesa con psicosis de hausfrau4, apegada a su hijo varón favorito. Negó las infidelidades del marido, importándole solo preservar el status de la esposa del hombre rico y prominente. Desde pequeña Dora estuvo demasiado cerca físicamente de su padre hipocondríaco a quien cuidó. Además conocía la relación extramarital de su padre con la Sra. K y, por otra parte, el Sr. K acechaba a la adolescente Dora con actitudes sexualmente provocadoras.
El padre de Dora le impuso el tratamiento con Freud el cual fracasó por problemas transferenciales-contratransferenciales. Freud no captó el conflicto edípico de Dora, su enorme apego, admiración e idealización de su padre, su trágica decepción por sentirse traicionada por él al querer entregarla a un hombre repugnante. A nuestro entender Freud no comprendió el enorme desamparo de esta hija sin madre, lanzada a un mundo sexual perverso. Este fracaso terapéutico de Dora tuvo un desenlace negativo para ella. Fracasó en su intento de asumir una identidad femenina valiosa y terminó como muchas hijas que son “sólo del padre” (Berman, R. 2002) identificándose con la madre que despreciaba y de la que huyó. Se casó con un hombre infiel, tuvo tres criadas y procreó un hijo varón a quien seguramente también idealizó.
En contraste con Dora, Freud tuvo una actitud diferente5 con Anna, la última de sus hijos. La excelente biografía de Anna , revela muchísima información sobre la relación distante de Anna con su madre, sus intensos celos de la madre y los hermanos, su excesiva cercanía física con el padre y su apremiante deseo de ser la favorita del padre. Se encargó de las curaciones diarias de su cáncer bucal. Fue analizada por él en dos ocasiones. Cabe añadir que, con el nacimiento de Anna, cesó la vida sexual de Freud con Marta y se especula que Freud no tuvo otra compañera sexual. Nos preguntamos cómo este hecho pudo influir en el Edipo de Anna, ya que renunció a una vida sexual propia, aunque se le conocieron varios pretendientes, entre ellos Jones.
En “Psicología de las masas y análisis del yo” Freud (1921) destacó la importancia del padre para el chico sobre todo en el periodo preedípico. Sin embargo, no se ha dado el mismo valor al padre como objeto en la vida y mundo interno de la chica, especialmente en este periodo de máximo conflicto (preedípico), que da lugar a la ansiedad de separación, al sentimiento de duelo o pérdida de la omnipotencia, como también a la lucha por ser reconocido como independiente por la misma persona de quien el niño y la niña dependieron. Personalmente considero la relación paternal como una relación básica en la que la niña debe aprender a confiar de la misma manera que ha aprendido a confiar en la madre. Especialmente desde el padre, la hija necesita sentirse deseada como mujer y recibir confirmación de su valor como una persona diferente y autónoma. Experiencias tempranas de cercanía, calidez y familiaridad con el padre la capacitaran para desarrollar una intimidad natural con él que, posteriormente, podrá transferir a otros hombres.
Benjamín (1991) sugiere que es en esta etapa preedípica donde aparece un deseo general, tanto del niño como de la niña, por ser reconocidos como “sujeto de deseo” más que meramente “sujeto de necesidad” y por lo tanto es en este momento de separación e individuación que, no solo el varón sino también la niña se acercan (“rapprochement”) al padre para su identificación. Este acercamiento al padre no se puede considerar un amor erótico en su sentido pleno (aunque Ferenczi abordara esta problemática en su trabajo sobre la “Confusión de Lenguas”), son los inicios de relación con el mundo externo. En esta etapa el padre cumple la función del representante simbólico de lo externo, de lo nuevo y diferente, ya que él no está contaminado por los conflictos relacionados con la dependencia como sí lo está la madre al tener que satisfacer las primeras necesidades del bebé, lo que llamaríamos la formación de una unidad biopsíquica. El padre, como el primer “extranjero”, socializa esa exclusiva y aislada unidad biopsíquica de la díada madre-bebé, posibilitando la relación con un otro separado. En el caso de la niña la ambivalencia con el objeto, durante la etapa de separación-individuación, es más intensa que en el niño a causa del lazo de similitud con la madre; razón de más para buscar un objeto diferente – el padre – en quien reconocer su independencia y alteridad, ambas simbolizadas por su otro genital. De esto último podemos deducir, citando a Benjamín… “que antes de que la niña se dirija al padre edípico como ”objeto de amor“, se acerca al padre para ”su identificación“. Por ende esta fase de identificación con el progenitor del otro sexo, siempre que esté disponible, se convierte en una base sólida, una precursora y constituyente fundamental para el desarrollo psicosexual de la hija, para el reconocimiento de la subjetividad de otra persona y el
Así llamó Freud a la “psicosis del ama de casa” que consiste en la obsesión neurótica por la limpieza. No obstante… “tales mujeres, como sucedía en el caso de la madre de Dora, ignoran totalmente su propia enfermedad y, por tanto, falta en ellas un rasgo esencial de la neurosis obsesiva”.
Actitud diferente en doble sentido: 1) Freud reconocía la ausencia de madre que padeció su hija y, quizás por este motivo, propició la relación íntima que existía entre los dos. Cabría pensar si esa ausencia de madre fue motivada por las exigencias del propio Freud sobre su hija a la que no dejó crecer de forma autónoma, manteniéndola constantemente a su lado. 2) Anna actuó de manera rebelde y en contra de los de su generación, sin embargo Freud valoró su saber y le cedió su legado científico.
posterior amor objetal“. Comparto el punto de vista de Benjamín y consecuentemente quisiera enfatizar que el interés de la niña por el padre en la etapa preedípica aunque pueda ser erótico, no es heterosexual. Su interés por el pene, en esta fase, no es heterosexual, sino llegar a tener algo que rivalice con el poderoso pecho. El padre, entonces, puede ser un objeto de amor homoerótico para la hija. Este amor homoerótico, impulsado por la fuerza de la fase de separación, conduce hacia el camino de la posterior heterosexualidad. Al inicio de la fase edípica cuando la niña confronta la exclusividad de la diferencia genital y se da cuenta que ella no puede ser, ni tener todo podrá reemplazar el amor homoerótico por el heteroerótico; podrá elegir amar en los hombres la masculinidad que ella una vez deseó. Ahora bien, aún y así la disponibilidad del padre para este ”amor identificatorio“ es más plausible que se dé con el hijo. Por el contrario, en el caso de la hija, si el padre está ausente o le faltan capacidades, la niña no puede investir al padre para poder identificarse con él, ni el padre otorgarle ese reconocimiento. Sería en este caso cuando la envidia del pene expresaría el deseo irrefrenable de la niña por el padre. La envidia de pene como expresión del fracaso de esta etapa identificatoria, pergeñando una masculinidad compensatoria. Este anhelo frustrado podría provocar que la niña ”tomara el pene“ (falo) como la representación simbólica o la imagen del padre. Tomar el pene como falo en el sentido de anhelar una totalidad ilusoria, un estado libre de deseo, que existe en el inconsciente como una posición básica . En relación a esto agregaría que una de las consecuencias de la idealización del falo y la decepción, por parte del padre, para este ”amor identificatorio“ puede infundir en la mujer adulta fantasías de relacionarse con hombres quienes representan su ideal. Otra consecuencia podría ser que la hija se acabe identificando con la omnipotencia y grandiosidad, atributos que ella imagina posee el padre. Sea una u otra la consecuencia, lo que quisiera remarcar es que la falta de reconocimiento y la negación de este vínculo identificatorio con el padre puede dañar el desarrollo psicosexual de la niña, en el sentido de alterar su identificación de género y su rol en la vida erótica. Por tanto tomar el falo como representación simbólica sería prueba de una falla en su desarrollo psicosexual.
Siguiendo esta línea de pensamiento, Leonard (1966) nos revela que lo crucial en el desarrollo psicosexual de la chica es: “si el padre está o no disponible para ella como objeto de amor (love-object) y si él es o no capaz de ofrecer su cariño sin ser seducido por las fantasías de ella, o, por el contrario, seducirla con sus sentimientos contraedípicos”. En la novela de Jaime Bayly “Morirás mañana” describe como una hija de cinco años seduce eróticamente a su padre, de una forma francamente explícita. Esto podría ser un ejemplo de lo complejo de estas fantasías y la confusión de lenguas de Ferenczi, y el papel activo de la niña en estos procelosos movimientos psíquicos.
Sin duda la relación edípica no puede desarrollarse con normalidad si el padre no participa en la situación familiar. La presencia real del hombre como padre y marido proporciona una gratificación compensatoria tanto para la hija como para la esposa, facilitando que ésta pueda rescatar su propia experiencia con su padre, “el padre dentro de la madre”; experiencia vital para el crecimiento de la hija. Asimismo, en el proceso de triangulación edípica la chica debería establecer una relación objetal con el padre desexualizada para que, posteriormente, le permita aceptar su rol femenino sin culpa o ansiedad y ser capaz de sentir amor por un chico dentro de su grupo de pares. La joven será o no capaz de este logro, dependiendo del tipo de relación contraedípica que le ofrezca el padre, la cual podría marcar un influjo doloroso en el desarrollo intrapsíquico de la hija.
Consideraríamos a Sara como un cuadro de histeria con una fantasía centrada en el sentimiento de desvirilizar al hombre a fin de sentirse superior a él. Observamos también una falla en la identidad de género, revelando la existencia de un conflicto situado en torno a una probable fijación fálica, con un considerable componente envidioso. A priori, pues, diríamos que nos encontramos en una problemática edípica, la intensidad de la cual mantiene fijada a la paciente en el todo o nada de la fase fálica, y, consecuentemente, a una escena primitiva entre dos personajes, uno de los cuales es fálico y el otro castrado con intercambio continuado de papeles. La paciente, entonces, con una fuerte rivalidad fálica entre ella y los novios, haría que éstos quedaran desvirilizados y pendientes de ella como su madre lo estaba de su padre. Esta lectura, fálico-edípica, sería la más obvia. Sin embargo, si miramos con detenimiento su historia clínica y tomamos en cuenta lo conocido sobre la dinámica familiar (el rol desempeñado por el padre
y la madre) y analizamos en profundidad el material, advertimos que la organización estructural de su personalidad admite una doble lectura: una fálico-edípica, como he descrito anteriormente, pero también otra preedípica, según la cual la “prehistoria” de Sara está marcada por una confusión con una madre “desvirilizada”, frente a un padre “viril”. En efecto, lo que en un principio nos parecía un claro ejemplo de neurosis histérica, la apariencia edípica es engañosa y falsa, ya que, en este caso, no se trataría de una fijación edípica no resuelta, sino de una fijación pregenital de la que la paciente huye precipitándose prematuramente hacia una falsa situación triangular. Es una huida hacia delante en un intento inútil de huir del conflicto que supone encontrarse oralmente atrapada entre la imagen de un pecho ideal e inalcanzable y la de un pecho malo y persecutorio; situación por la que se dirigió prematuramente hacia el padre sin haber resuelto el conflicto con el pecho, de modo que esto explicaría la sexualización precoz, las fantasías de bisexualidad y el carácter, en el fondo, conflictivo y persecutorio de la erotización histérica. Estas fantasías ponen de relieve sus dificultades de identificación con una y otra de las imágenes de la escena primitiva, vivida como pregenital y sádica. Diríamos, entonces, que la paciente permanecería fijada al conflicto edípico primitivo, a la ansiedad de la diferencia de sexos y a la ansiedad de castración.
¿Pero qué es lo que falla en la estructura neurótica de Sara que, irremediablemente, le lleva a una compulsión a la repetición? Responderíamos rápidamente que con el narcisismo hemos topado. Hablar de compulsión a la repetición es hablar de un predominio en la persona de una pulsión tanática, de un narcisismo tanático o de narcisismo primario en términos de Green (1983). El narcisismo primario, tal como lo postula Freud (1914) cuando habla de “His Majesty the Baby” dependería de la proyección del narcisismo de los padres sobre el bebé y por tanto de la expectativa de aquéllos. De acuerdo con esto, Sara estaría llamada a repetir una búsqueda tan incesante como estéril de dicho “príncipe” (para su madre); repetición desesperada de un narcisismo primario que no pudo ser resignado en beneficio de un deseo de objeto propio, porque nadie la rescató de allí. Ya hemos visto que su padre no lo hizo. Sin duda, la paciente permaneció enganchada al objeto primario, un amor narcisista, de aquí que sus temores homosexuales los veríamos como consecuencia de la falta de deseo de la madre, en una familia donde el deseo no circula y los repliegues narcisistas son la norma. ¿Y el padre? El progenitor de Sara no estuvo a la altura de su papel edípico: no la rescató de la captura narcisista, no la deseó y, en consecuencia, ni la introdujo en la sexualidad, ni probablemente la castró. (O quizás sí, tal y como se muestra en el sueño de “los troncos que caen sobre la madre”, interpretación del hombre que entierra a las mujeres). Ella lo idealizaba por su “libertad”, sus “affairs” y desde esta posición de identificación con la figura del padre, se comporta como él ; la paciente inicia sus relaciones, pero pronto los sucesivos novios totalmente pendientes de ella pasan a ser imágenes que representan a la madre dependiente, necesitada, castrada y fracasada, con quien ella debió cargar: un verdadero “agobio”….y, a continuación, se presentan todos los síntomas conocidos: primero la duda angustiosa, después las dificultades para disfrutar con la sexualidad y la desvirilización; finalmente el rechazo y el desprecio, previo descubrimiento progresivo de una serie de “defectos intolerables” que hacen imposible seguir con la relación. Al abandonar la pareja, en su fantasía inconsciente, cumpliría dos objetivos simultáneamente: por un lado se deshace de la pesada carga que supone estar “pegada” a una madre desvitalizada y a merced de sus requerimientos. Por otro lado, mientras el novio es el abandonado ella es la triunfadora sobre el padre. Y así por identificación proyectiva crea una situación donde el otro la necesite, conquistarlo para luego abandonarlo tal como ella se debió sentir. Así pues, el sentimiento de inferioridad que normalmente debería haber permitido el pasaje al Edipo – el amor al padre – quedó trocado en sentimiento de desprecio y triunfo sobre el hombre.
Estas consecuencias sobre el desarrollo pueden pasar desapercibidas si, como analistas, no observamos su importancia o malinterpretamos el material como una representación del conflicto en la relación madre-hija sin tener en cuenta la figura del padre (así es como yo lo había contemplado en un primer momento, hasta la revisión actual) o una relación edípica padre-hija.
Mientras me dispongo a escribir este trabajo recibo una llamada de la paciente. Han pasado dos años desde que nos despedimos y desea tener una visita para explicarme los motivos de su vuelta a su ciudad de origen. En la entrevista me informa que ha venido para realizarse una intervención quirúrgica. Explica que, actualmente, reside de manera fija en
un país del continente americano y convive con una nueva pareja. Añade que tenía mucha necesidad de verme sobre todo para agradecerme todo lo que le ofrecí y aprendió durante el análisis. Siente que ha sido en la distancia cuando mejor lo está aprovechando; sin embargo hay algo que le ronda por la cabeza desde hace meses y es que siente que, durante el análisis, si bien considera que trabajamos en profundidad la relación con la madre, con el tiempo ha pensado que a penas habló de la relación con su padre y a momentos lo siente como un vacío, como un tema pendiente de tratar. Me anuncia que dos días después de esta visita le practican la intervención y me llamará para poder tener otra entrevista antes de su marcha.
Por mi parte pude comprobar que en la finalidad de un análisis hay mucho de “desilusión creadora” (Marucco, N. 1998) y que, como dijo Freud en más de una ocasión, el análisis – en el mejor de los casos - permite mudar la miseria neurótica en infortunio cotidiano.
ABSTRACT
Some women are unable to establish a stable relationship with a partner and to explain these problems evoke reasons linked with the external reality, in preference to those with their own internal reality.
This paper provides a point of view about the obvious meaning of the father figure, real or fantasied, in subjectivity, in the psychosexual development and in the necessity of the daughter to be recognized as an object of desire. So, for this to be carried out, it is necessary that the father is willing to be used as a “love object” and as a role model for the identification and formation of superego. The authoress, firstly, shows different clinical sketches of an adult patient which, stressing the topic of her work, try to show the difficulties in the identification with the mother object, her self-object confusion, the role of the father, the fleeing towards the phantasy of an idealized father expressed in her love relationships, the confusion of the genre role and how all this is demonstrated in the external relationships and in the transference. Afterwards, we will describe the importance of the father in the psychoanalytic literature; influence which, recently, has become of great value for the psychoanalysts again, after a long period of worry of the indisputable transcendence of the early link between mother-son/daughter. Finally, we will explore the meaning of the father function in the psychosexual development and the female identification of the daughter from the beginning of infancy.
KEY WORDS: Importance of the father, psychosexual development and female identity.