Se enfatiza la importancia del “aquí y ahora” en la tarea analítica mediante la observación directa de la interacción entre el paciente y el analista, ya que permite una comprensión más precisa de la realidad psíquica del paciente y ofrece más posibilidades de intervención del analista —siempre que se dan las condiciones adecuadas de encuadre— que propician modificaciones en el mundo interno del paciente. Considero el “aquí y ahora” como el vértice prioritario porque trasciende el “vértice transferencial” que queda contenido en él. También se apunta la necesidad de contrastar el “aquí y ahora” con otros momentos del proceso analítico, que el material actual evoca. Se ilustra clinicamente, comparando el sueño de una paciente en el “aquí y ahora” con otro sueño que ya se trabajó y ahora evocado por el analista.
Desde hace unos años, el concepto de “aquí y ahora” se ha venido desarrollando desde presupuestos teóricos y técnicos diferentes. Esta vigencia se debe a la evolución experimentada en el psicoanálisis, de la que destacaría los siguientes desarrollos: a) una mayor comprensión de los niveles primitivos de la mente y su psicopatología, lo que nos permite saber que la comunicación verbal no es suficiente para acceder a lo pre-simbólico o lo no representado mentalmente, por lo que necesitamos observar la “situación total”, más allá de las palabras; y b) vinculado al anterior, la inevitable implicación emocional del analista, es decir, la importancia de la contratransferencia y su uso para una mejor comprensión del paciente. En este trabajo me propongo exponer los siguientes aspectos: en primer lugar, las dos consecuencias de la vigencia del “aquí y ahora”: a) el análisis del “allí y entonces” pasa a un segundo plano; y b) preguntarnos si sigue siendo prioritario el análisis de la transferencia. En segundo lugar, trataré de mostrar que aún dentro de la perspectiva del “aquí y ahora”, no siempre queda suficientemente reconocida la importancia de su conexión con el proceso analítico. Por último, con la ayuda de una viñeta clínica y la idea de Bion de un modelo de observación binocular, hago unas sugerencias técnicas.
En el origen del concepto del “aquí y ahora” se encuentra el de transferencia. Freud, al realizar su trabajo analítico consistente en acceder al pasado, para recordarlo, en lugar de repetirlo (Freud, S., 1914a), y así reconstruirlo, se encontró con un fenómeno perturbador: las pacientes histéricas establecían una relación “amorosa” con el analista. Su primera actitud fue que el médico debía dejar fuera de la relación profesional cualquier consideración al respecto. La experiencia de J. Breuer, huyendo de Anna O (Jones, E., 1976, pp. 235–236), su propio fracaso del análisis de Dora (Freud, S., 1905) y el conocimiento de las
Artigo recebido em 15 de Julho de 2018 e aceite para publicação em 21 de Setembro de 2018.
El tema del “aquí y ahora” lo he estudiado en otros trabajos desde diferentes puntos de vista (2010, y 2017). En este texto sintetizo algunos puntos primordiales y desarrollo otros. Conferencia presentada en la Ordem dos Médicos de Lisboa, el 6 de octubre de 2017.
Analista didáctico e ex-presidente da Sociedad Española de Psicoanálisis . Chair da Comissão Patrocinadora para o Grupo de Estudos da IPA do Núcleo Português de Psicanálise. Membro da equipa de redacção europeia do IPA–Interregional Encyclopedic Dictionary. E-mail:
dificultades de algunos de los primeros analistas ante situaciones similares, dieron por resultado el reconocimiento de que la transferencia no tan solo no constituía un obstáculo, sino que se convertía en un elemento necesario para la comprensión de los pacientes (Freud, S., 1912, 1914b). La transferencia, queda entonces definida como un fenómeno por el cual el paciente reedita con el analista el tipo de relación establecida con las figuras parentales del pasado. Si se le permitía vivir esta experiencia en la relación analítica, y se la comprendía, se abría la oportunidad de conocer la realidad psíquica que estaba en el origen de sus síntomas. Desde la perspectiva freudiana, pues, el concepto de transferencia remite al pasado de éste, para reconstruirlo en la medida de lo posible; el presente, el aquí y ahora de la relación analítica, tiene un papel mediador para acceder al pasado, que es el auténtico objetivo analítico. Así que el foco de atención predominante estaría situado en el allí y entonces.
A medida que el psicoanálisis fue ampliando su campo de intervención en patologías más graves y con pacientes psicóticos, así como en niños, se vio la transferencia como un fenómeno mucho más general y complejo que el de la paciente histérica, dando por resultado una mayor implicación del analista, y con ello la necesidad de centrar la atención en la transferencia analítica más que en el “allí y entonces”.
En esta línea, mencionaré dos aportaciones del pensamiento kleiniano. Los desarrollos de Klein sobre la transferencia y el concepto de identificación proyectiva. En cuanto a la transferencia, ella señala la necesidad del paciente de “transferir sus experiencias, relaciones de objeto y emociones tempranas, que focaliza en el analista; […] haciendo uso de los mismos mecanismos y defensas que en las situaciones primitivas” (Klein, M., 1953, p. 48). Klein amplia el concepto freudiano de transferencia, al enfatizar su importancia, y colocar al analista más en la escena analítica. Y a continuación añade: “Se desprende [de ello] que cuanto más profundamente podamos penetrar en el inconsciente y más lejos en el pasado podamos llevar el análisis, mayor será nuestra comprensión de la transferencia” (Klein, M., 1953, p. 48). Afirmación significativa, pues sigue siendo freudiana en cuanto reclamar la importancia de analizar “en el pasado”, aunque acentúa el hacerlo “en profundidad”. Ambas posturas han sufrido modificaciones en el pensamiento kleiniano contemporáneo. Por una parte, ha predominado el análisis del presente inmediato entre paciente y analista; y luego, en cuanto al análisis de “lo profundo”, no siempre hay que buscarlo muy lejos, sino que es “manifiesto” en lo que está ocurriendo en la relación entre ambos, siempre que sepamos observar las fantasías inconscientes latentes.
El concepto de identificación proyectiva es la otra contribución importante al desarrollo del “aquí y ahora”. Como es sabido, la identificación proyectiva (Klein, M., 1946) es una fantasía inconsciente de relación primitiva en la que aquello que resulta insoportable de uno mismo es escindido del self y proyectado en el objeto; y no solo se proyecta lo “malo”, sino también lo bueno, y no únicamente aspectos de self sino de los objetos internos o la totalidad de ellos. En la medida que lo proyectado es algo con lo que uno sigue identificándose, continua formando parte del self y del mundo interno del individuo, por lo que éste necesita controlar al objeto en el que se ha realizado la proyección. En la situación analítica, quiere decir que el analista se ve implicado más allá de las palabras del paciente, por todo lo que le está trasmitiendo, haciéndole vivir, en ese momento presente. El análisis del aquí y ahora, pues, resulta imprescindible para comprender al paciente.
W. Bion (1959) y H. Rosenfeld (1971) ampliaron la idea kleiniana de identificación proyectiva como defensa, al considerar sus posibilidades comunicativas. El propio W. Bion, además, ha llamado la atención sobre la importancia del presente como el objeto de atención primordial del analista. “La observación psicoanalítica no se ocupa ni de lo que ha ocurrido, ni de lo que va a ocurrir, sino de lo que está ocurriendo”. O bien: “Cada sesión que atiende el psicoanalista no debe tener ni historia ni futuro”. (Bion, W. R., 1967, p. 17); para concluir con la conocida recomendación bioniana de “La suspensión de la memoria, el deseo, la comprensión y el sentido de las percepciones…” (Bion, W. R., 1970, p. 43), “porque el único punto de importancia en cada sesión es lo desconocido” (Bion, W. R., 1967, p. 17). Volveré más adelante sobre estas controvertidas ideas.
Otra destacada aportación al concepto de “aquí y ahora” es la de B. Joseph que amplía la noción de “situación total” de Klein, y la considera “fundamental para nuestra comprensión y utilización de la transferencia” (Joseph, B., 1985, p. 447). Con ello quiere decir que se debe incluir todo lo que el paciente traiga a la relación analítica: lo verbal, lo paraverbal y lo preverbal; pues no son las asociaciones del paciente las que den cuenta de los niveles primitivos de la mente del paciente, sino la experiencia total de cómo se está relacionando en la sesión con el analista. Es por esta razón, dice Joseph, que la contratransferencia se convierte en una herramienta fundamental para acceder a la comprensión de la transferencia. Y para observarla es necesario seguir los movimientos que se producen en cada momento de la interacción analítica.
Aún cabe señalar otro aspecto de la idea de Klein sobre transferencia, referido a las “situaciones totales”. Si bien es necesario el análisis
de las experiencias primitivas sobre las que se fundamenta la transferencia porque constituyen la base para construir las relaciones de objeto, nos dice: “nuestro campo de investigación cubre todo lo que se encuentra entre la situación actual y las experiencias tempranas.” Y por lo tanto es necesario “el examen de sus vicisitudes a la luz de los desarrollos posteriores”. (Klein, M., 1946, p. 56). Con esta reflexión, Klein no se limita a detectar los orígenes de la relación de objeto, sino que amplía el alcance del análisis al examinar también otros momentos de la vida relacional del paciente. Dicho de otra manera, la transferencia analítica es resultado de una evolución experimentada a partir de las primeras relaciones de objeto internalizadas, que a lo largo de su vida el individuo, en los encuentros con nuevos objetos externos de diferente cualidad, con mejor o peor fortuna del contexto que acompañe dichos encuentros, harán posible algún tipo de modificación de las relaciones de objetos internos, para bien o para mal. Por lo tanto, es también necesario el análisis de esos otros momentos transferenciales anclados a distintos momentos del desarrollo psíquico del individuo.
Como ya dije, el “aquí y ahora” ha sido desarrollado por escuelas psicoanalíticas distintas, así que para evitar confusiones, creo necesario describir a qué dinámica del “aquí y ahora” me refiero, de acuerdo con las bases teóricas que sustento.
Sostengo una idea del “aquí y ahora” según el sentido de las fantasías inconscientes que subyacen en el paciente, en cuanto que un sujeto que se relaciona con el analista como objeto, y no a la interacción de dos sujetos. Dichas fantasías vienen determinadas por una historia relacional, introyectada desde el inicio de la vida, en continua interacción con los sucesivos objetos con los que se ha ido relacionando y que se reactiva aquí y ahora con el analista.
Si bien el “aquí y ahora” de la situación analítica está constituido por la transferencia como el fenómeno básico objeto de análisis, parece conveniente el reconocimiento del analista como objeto nuevo, es decir, no solo como objeto de proyección. Creo que esta idea está próxima a la versión de Britton (2006) sobre la “transferencia total” de Klein, en el sentido de que la transferencia no es completa hasta que se incluya “el presente actual” junto a “la transferencia actual”, y se contrasten (Britton, R. et al., 2006, p. 359). Según lo entiendo, “el presente actual” se refiere al componente no-transferencial de la relación analítica, lo nuevo diría yo; mientras que la “trasferencia presente” sería el componente “transferencial” propiamente de dicha relación. Al colocar una junta otra, observamos el contraste entre ambas, lo que nos permite, añado por mi parte, señalar al paciente los “malentendidos” o falsas representaciones (Money-Kyrle, R., 1968) de la relación. Por lo tanto, la exitosa idea de B. Joseph sobre la “situación total” de la transferencia, amplía el concepto de Klein, pero no lo agota. De acuerdo con Paula Heimann (1950, p. 114): “no todo lo que el paciente experimenta sobre su analista es debido a la transferencia”. Por lo tanto, no todo el “aquí y ahora” es transferencia, podemos decir, sino que una parte de la situación analítica debe incluir al analista como objeto nuevo. A mi entender, el progreso de todo tratamiento analítico, y psicoterapéutico, consiste, entre otras cosas, en que exista una disminución de las proyecciones sobre el terapeuta, para ir reconociendo a éste de manera más realista.
Esta conceptualización del “aquí y ahora” presupone la transferencia, o para decirlo con más precisión, la contiene. De ahí se deriva la cuestión técnica de si priorizar el primero o la segunda. Los que enfatizan la importancia del “aquí y ahora” lo justifican porque la inmediatez de la experiencia es un factor fundamental para contribuir a un análisis que genere cambios psíquicos. Así que se prioriza el análisis del “aquí y ahora”, para luego, si fuese necesario, señalar lo que se ha transferido, es decir, hacer referencia al pasado de donde procede.
Ahora bien, no siempre es posible esta actitud técnica. Y de manera particular en el caso de pacientes con experiencias traumáticas antiguas; bien por la existencia de unos objetos externos carenciales o traumatizantes, o bien por la baja tolerancia al dolor psíquico. En estos casos, si el analista se centra en el “aquí y ahora”, cuando el paciente se refiere al pasado traumático, puede ser sentido como alguien alejado emocionalmente, y que no le comprende. Probablemente, debido a la intensidad con que pueda ser vivida la transferencia, el paciente necesita defenderse de momento, al alejarse y referirse a las figuras parentales originarias, “allí y entonces”. Posteriormente, una vez que el analista haya contribuido a alcanzar cierto insight sobre esa relación del paciente con sus objetos internos, según la versión que ofrece del pasado, y haber intervenido como un buen objeto mediador, será posible tratar, en la misma sesión o más adelante, el aspecto transferencial de la relación analítica, ahora disociado. Por lo tanto, diríamos que la relación entre el “aquí y ahora” y la transferencia no siempre se produce en una sola dirección, desde el presente al pasado, sino que, a veces, puede ser necesario un movimiento de vaivén: aquí-y-ahora transferencia pasado, o bien, pasado ↔ transferencia ↔ aquí-y-ahora. Aunque, como veremos, en mi práctica procuro partir del “aquí-y-ahora”, siempre que sea posible.
El “aquí y ahora” es la conjunción de una dimensión temporal y una espacial para enmarcar una realidad, en nuestro caso el de la interacción entre paciente y analista. La cuestión estriba en precisar la coordenada de tiempo, ya que la de espacio parece que no sería variable pues está sujeta al setting propuesto, siempre el mismo.
¿Cuál sería, entonces, la unidad de referencia del “aquí y ahora”? ¿La sesión de 45 o 50 minutos? Aunque si tomamos la perspectiva de B. Joseph (2013) podríamos describir esta unidad en función del momento que abarca un movimiento de interacción entre paciente y analista; por ejemplo, el paciente trae una serie de asociaciones en el contexto de una determinada actitud y conducta pre y paraverbal → el analista responde (interpreta, aclara o pregunta) y → el paciente a su vez responde; ello puede durar unos minutos o toda una sesión. Este movimiento de interacción podría ser una unidad, digamos m (movimiento)-1; al momento siguiente, se produce otro movimiento, m-2, y así sucesivamente hasta el final de la sesión, habiendo tenido lugar el siguiente micro-proceso en la s (esión)-1: m-1+m-2+m-3… +m-n. En la sesión siguiente, se genera otro microproceso que representaríamos así: s-2 (m-1+m-2… +m-n), hasta cubrir toda una semana (Sm): Sm-1(s-1+s-2+s-3+s-4, y a veces +s-5). Tras la interrupción del fin de semana, se inician otros micro-procesos en cada una las sesiones de la semana siguiente: Sm-2, que continuarán con los de Sm-3, Sm-4 etc., hasta las sesiones de un mes y luego un trimestre, un año etc. En consecuencia, no será lo mismo el tipo de observación si, por decirlo de manera gráfica, aplicamos el zum a un movimiento de una sesión (m-1 en S-1) que si consideramos toda una semana/Sm), o un período más largo.
No es suficiente, pues, la alternativa entre “aquí y ahora” o “allí y entonces”, entre observar el presente o reconstruir el pasado. En mi opinión, es necesaria también la temporalidad de la relación analítica que incluye el “aquí y entonces”, y el “aquí y después”. Es decir, que el fragmento de relación analítica que observamos y analizamos en cada momento de cada sesión forma parte de un conjunto, tiene una conexión entre si, en cierta manera una continuidad, que permite al paciente mantener su identidad a pesar de las transformaciones que se producen. Y es lo que, desde la perspectiva del analista, llamamos proceso analítico. No quiero decir que el proceso sea algo que se desarrolla linealmente, por acumulación consecutiva de experiencias. Sabemos que comporta avances y retrocesos. El proceso consiste, más bien, en la complejificación de la vida psíquica del paciente, por incremento de insights sobre aspectos de su self y de sus objetos internos y de las relaciones entre ellos. Puesto que hoy día los análisis son largos, a diferencia de los tratamientos de la época de Freud, permiten que se establezca una fuerte relación entre paciente y analista, con una historia, un presente y un futuro. Existe un “pasado” de la historia del proceso analítico, en el que paciente y analista han participado conjuntamente, a diferencia del pasado de su realidad biográfica de la que solamente tenemos una inferencia a partir de la versión que nos da este último y de lo que se muestra, consciente e inconscientemente, en la relación con el analista.
Y desde esta perspectiva también hemos de considerar, lo que tenemos por delante en el proceso analítico, es decir, el “aquí y después” de la relación analítica, el futuro del proceso. No para ir a buscarlo, sino para estar abierto a lo que suscita, en cuanto temores, deseos, incertidumbres, y sus correspondientes correlatos, como tratar de anticiparlo aproximativamente, fantaseando formas de realidad futura. De nuevo, la advertencia bioniana de “no desear” (Bion, W. R., 1967) parecería que nos niega la posibilidad de aventurar esbozos de futuro. No tiene porqué ser así. Siempre que ese deseo no sature la realidad inmediata que tenemos delante, y sirva tan solo de mero ensayo, donde anticipamos esbozos de representación de una realidad posible, la que podemos imaginar, pero aceptando su limitación, pues hay una parte desconocida. Por lo tanto, mi sugerencia es la de incluir esta temporalidad del proceso analítico de manera complementaria en nuestro trabajo. En cierta manera, lo hacemos cada vez que tomamos en consideración las repercusiones para el paciente de una experiencia de separación analítica, antes de que se produzca, y no solo después.
Por razones de tiempo, me limitaré a ilustrar este aspecto de la relación del “aquí y ahora” con el proceso. En otro trabajo (Pérez-Sánchez, A., 2017), muestro un material clínico detallando los movimientos de la interacción entre analista y paciente en toda una sesión. Luego me ocuparé de cómo resolver esta conjunción de temporalidades.
La Sra. C es una mujer inteligente que siempre tuvo una actitud formalmente colaboradora. Cumplía con mi propuesta de encuadre analítico: acudía a la hora las cuatro sesiones semanales, aportaba un rico material, expresado con un lenguaje preciso y completo que permitía hacerme una clara idea de sus descripciones; asociaba sin dificultad, traía sueños etc. Al principio, me resultó una situación cómoda, excepto que la figura del analista resultaba, aparentemente, ajena a ella. Nunca hacía referencia directa a mí. Y cuando yo conectaba mi figura con la fantasía inconsciente del material que ella aportaba, siempre obtenía la misma respuesta: tras un silencio de unos minutos, retomaba el hilo de su discurso o pasaba
a otra situación, sin mención alguna a la relación inmediata conmigo. Más tarde, pudimos ver que esos silencios le permitían darse tiempo para controlar la repercusión emocional inmediata de mis palabras, dejarla a un lado y seguir con su discurso. Debieron transcurrir dos o tres años, hasta que pudimos concienciar y reconstruir cómo se había ido sintiendo durante el proceso analítico. Según su propia descripción, al principio, ella era tan solo una voz que salía de un ente etéreo, incorpóreo. Luego, pudo tomar conciencia que su voz pertenecía a un cuerpo, el suyo, que está presente aquí, echado sobre el diván y que experimenta sensaciones y sentimientos; más adelante, la conciencia se amplió al hecho de que su cuerpo es el de una mujer, y poco después, que ella, mujer, habla en presencia de una persona, el analista, de quien podía reconocer incluso que era del sexo opuesto. Pero dicha conciencia no supuso todavía ningún problema, puesto que, según ilustró muy claramente un sueño, ella vivía la comunicación en sesión como si su mente fuera un proyector cinematográfico que mediante sus palabras refleja en el techo blanco del despacho todo aquello que iba hablando, mientras ambos lo contemplábamos como si se tratara de una película; si yo, sin ser consciente aún de esta vivencia, aportaba algo, parecía que la paciente lo comprendía, pero resultaba algo ajeno a su mundo interno y a la relación con el analista. En consecuencia, las interpretaciones referidas al “aquí y ahora” difícilmente le llegaban. Aparentemente. Hasta que no descubrimos este tipo de comunicación escindida (comprensión intelectual, sin aparente resonancia emocional), yo viví en un cierto engaño, porque a pesar de ello, sorprendentemente, la paciente estaba consiguiendo importantes logros en su vida relacional y profesional; probablemente debido a dos cosas: una, haber encontrado en la relación analítica un clima de apoyo y tolerancia, de no ser juzgada, como, según ella, no había sucedido antes en su vida; y otro aspecto fue que, según pude darme cuenta más tarde, la experiencia habida conmigo, lo que yo le decía, no era completamente eliminado sino colocado en un estado de latencia, “secuestrado” de alguna manera, situado en otro nivel de su mente, hasta que pudiera tolerar su reconocimiento. Así que no había evidencia de auténtica modificación interna, precisamente por esa falta de reconocimiento del presente de la relación con el analista. Podría parecer que estoy describiendo a una paciente esquizoide o casi psicótica. Pero no es así. Pues junto a ese tipo de relación que ella me hacía creer y, en parte también ella creía, existía esa parte “secuestrada” que sí tenía un contacto adecuado con la realidad psíquica y con el analista. Aunque la defensa de escisión tan acusada respondía a la parte psicótica de su personalidad.
La Sra. C vino al tratamiento con una actitud de víctima por una serie de circunstancias de su infancia y adolescencia que culminaron en una relación de pareja sin salida que la llevó a un intento de suicidio, que motivó la demanda de ayuda. Tras casi un año de psicoterapia a dos sesiones por semana, cara a cara, vimos la necesidad de un tratamiento más intenso, pues me resultó evidente su capacidad para asumirlo, a pesar de sus temores, y pasamos a análisis de cuatro sesiones y en diván. Durante los primeros tiempos descubrimos que tras la imagen de víctima se ocultaba una actividad mental diferente de índole narcisista, por la que ella se consideraba una “superwoman”, que estaba por encima de los demás, incluso del analista, razón por la cual debía mantener alejada toda conciencia respecto de esta relación.
Ahora explicaré un sueño, tras varios años de análisis, y el fragmento de sesión que sigue. La Sra. C se encontraba con otras mujeres, parece que alumnas suyas, aunque no quedaba claro, porque en otros momentos parecía que eran como iguales. Ella intervenía en la corrección de un dibujo de una alumna. Pero lo llamativo del asunto -dice- era que la alumna no estaba presente. Era extraño, primero, que ella manipulara el dibujo de una alumna, cosa que no ha hecho nunca, pues considera que es algo muy personal, y además, hacerlo estando ausente. Asocia de esta alumna que es una persona que ha evolucionado mucho desde que empezó en la escuela, en un sentido muy favorable y positivo; tanto en conocimientos como incluso físicamente, pues ahora se cuida más. En el sueño, la paciente introducía modificaciones en el dibujo, destacando en particular el color rojo. Les decía a las alumnas que debían utilizar una barra de labios y no un rotulador, porque de esa manera la cera de la primera permitía dar una textura más intensa al dibujo. Además, la irregularidad de la cera al marcar el papel exigía expandirla con los dedos, con lo que siempre quedaría un rojo más fuerte y denso que con rotulador. Asocia luego una conversación en la que ella defendía, con vehemencia, que el rojo es el color que ha de tener una barra de labios. El relato del sueño es largo y rico en detalles.
Mientras está explicando las asociaciones sobre el rojo del lápiz de labios, me viene a la memoria otro sueño de hace varios años: ella está sentada en una habitación contemplando un cuadro rojo y, de pronto, aparece “la niña de El Exorcista” que, con rapidez, lo agarra y huye con él. Tiempo atrás, apareció en otro sueño la figura de una niña asociada a la película El Exorcista, un elemento que ha ido surgiendo con cierta frecuencia y que representa la omnipotencia destructiva y los aspectos infantiles perversos, según exploramos en el curso del análisis. Al tiempo que tengo esta evocación, la paciente comenta: “Ahora me estaba acordando de aquél sueño…” Hace una pausa como para recordarlo bien, y me anticipo: “De
la niña de El exorcista que roba el cuadro…”. “Sí, exactamente- contesta-. Porque era el mismo tipo de rojo…” Y vuelve a explicarlo, aunque ahora con mucha más riqueza de detalles de los que aportó en su momento. Dice: “Sí, el cuadro era una mancha roja que lo cubría todo. Era el único color. Pero no era monótono. No. Era un rojo con una textura desigual en varios puntos de la superficie del cuadro, de manera que a la luz mostraba matices distintos y una riqueza extraordinaria. Y yo, sentada frente al cuadro, lo contemplaba. Era una experiencia que me proporcionaba… mucha satisfacción“. Hace una pausa. Añado que fue entonces cuando “la niña del exorcista” roba el cuadro…”. “Efectivamente, —contesta—y se lo lleva corriendo, sin que yo logre alcanzarla”.
Si bien el sueño de hoy me ha evocado el de tiempo atrás, aún no he podido encontrar algún significado a dicha conexión. La sesión está terminando y me temo que no tendremos tiempo de comprenderlo. Pero comienzo a pensar si parte de mi resistencia a entenderlo radica en que yo habría querido ver el segundo sueño, el de hoy, como expresión de una evolución más positiva de la paciente, pues han transcurrido varios años entre uno y otro. El recuerdo que yo tenía de la comprensión del primer sueño era que el aspecto adulto de ella contemplaba con satisfacción lo que tenía que ver con su feminidad, hacía poco descubierta y reconocida en el análisis, como algo valioso, y no peyorativo y rechazado, como hasta entonces había ocurrido. El problema que se le planteaba a la paciente era el de controlar a la “niña de El Exorcista”, que cuando le robaba su “feminidad” la ponía al servicio de estilos perversos de relación (formas de seducción muy sutil, por ejemplo). Probablemente, esa comprensión era cierta, pero no era la única. En el sueño de hoy, resulta que ella aparece como profesora y alumna a la vez, y cuesta establecer la diferenciación entre quién ocupa la función de enseñar y quién la de aprender: “parece que éramos como iguales”, dice. Esto me hizo pensar en su dificultad de aceptar esa diferenciación en la relación analítica, también. Así que me costaba entender el segundo sueño como expresión de su evolución psíquica, a pesar de los considerables logros conseguidos externamente, al igual que la alumna del sueño. Pero al escuchar la nueva descripción que la paciente hace del sueño de “la niña de El Exorcista”, me doy cuenta que no se corresponde con la que hizo en su momento, cuando simplemente refirió que ella contemplaba el cuadro. Es ahora cuando se detiene a detallar el goce y la satisfacción que experimentaba, al descubrir su propia feminidad.
Y es al escuchar esta nueva versión del sueño antiguo cuando me doy cuenta que también la adulta de aquél sueño respondía, en cierta medida, a una dinámica narcisista. La diferencia estriba en que ese aspecto suyo que conocemos como “la niña de El exorcista” roba el cuadro, es decir, todo lo ligado a su feminidad para ponerlo al servicio de la perversión, para seducir y controlar al otro, lo que no sucede ahora.
Tras estos pensamientos, y para avanzar un poco en la comprensión de este material le digo que en el primer sueño aparece el cuadro ya realizado, mientras que en el de hoy vemos el proceso de elaboración del mismo. En el primero, la “niña de El exorcista” roba el cuadro, le digo, pero la Sra. C me interrumpe para añadir que en el segundo también hay robo, al intervenir en el dibujo de la alumna sin su presencia. Creo que esta precisión de la paciente me proporciona la clave para confirmar mis intuiciones de antes. Le digo que sí, y que probablemente, esa alumna que ha evolucionado es otra parte de ella misma, que ha experimentado una evolución en este análisis. Pero parece que la adulta se lo apropia, como si fuera algo que ha conseguido sola, por sí misma, y no con la ayuda del “profesor”-analista. Si bien en el primer sueño, era “la niña del exorcista” quien robaba para utilizar su condición femenina al servicio de formas perversas de relación, ahora es la adulta quien ha de decirse que es gracias a ella que se ha experimentado esa evolución. Responde con un breve silencio, tras el que añado que ella quisiera decirse que la experiencia de haber descubierto y aceptado su feminidad no ha sido algo derivado de la experiencia compartida conmigo durante estos años, sino producto de ella sola. Tras una nueva pausa responde: “Parece evidente que es así, y ahora estaba recordando lo que decía el otro día que a veces me sucede, de no ver algo que tengo delante de mis ojos; como cuando estás buscando un objeto entre los papeles y cosas sobre una mesa, y aunque lo tienes delante, no lo acabas de ver. Pues esto es igual, ya lo veo…”
En primer lugar, podemos ver, algo que considero necesario en la tarea analítica y que quiero destacar en este trabajo: tener disponible la experiencia habida con la paciente durante el proceso analítico, para recoger aquellos aspectos de la misma que el “aquí y ahora” los evoquen. En este sentido, el sueño de la sesión, me evoca claramente -así como a la paciente- un sueño anterior que incluía elementos también presentes ahora. Quiero llamar la atención sobre la reconstrucción conjunta del sueño en la medida que hemos coincidido en su evocación, así como en la nueva luz que arroja en el contexto del “aquí y ahora” de la sesión de hoy y contrastar lo que está sucediendo ahora con lo de entonces.
Ahora, la paciente habla de una niña-alumna que ha evolucionado, como ella misma. Y la evolución consiste en que “la niña de El Exorcista” ya no actúa sutilmente en las sesiones como lo
hacía antes. Por ejemplo, era frecuente el “robo” que hacía de mis interpretaciones, así como de las reacciones que estas movilizaban en ella. En cuanto a las primeras, durante mucho tiempo había estado utilizándolas para comprender la conducta de personas próximas a ella, (y colocarse por encima de ellas) lo que costó que trajera a las sesiones. Pero también robaba las vivencias que podía experimentar como reacción a lo que le suscitaban las intervenciones que yo acababa de hacerle. Las silenciaba, como dije. Con el pretexto de estar pensando en lo que le había dicho, cuando en realidad era una manera de ocultar la reacción emocional, con dos finalidades, al menos: para disminuir la importancia del analista para ella, así como por temor a dichas emociones (por ejemplo, la erotización o, por el contrario, el enfrentamiento). Ahora, esto sucedía mucho menos, y cuando tenía lugar, la propia paciente, al poco de haberlo actuado, lo denunciaba en la misma sesión.
Por otra parte, mi resistencia inicial a comprender el sueño de hoy era porque no percibía una evolución tan favorable como hubiera deseado al compararlo con el sueño antiguo; resistencia que se me hizo evidente al conocer la nueva versión de la paciente sobre este último, según la cual la paciente-adulta contemplaba con admiración el cuadro que representa su propia feminidad. La paciente me aclara que en el sueño de hoy también hay robo, al intervenir en el dibujo sin la presencia de la alumna. No obstante, existe la culpa por dicha intervención, sentimiento que estaba completamente ausente en el primer sueño. Al contrario, en el sueño antiguo, la “niña del Exorcista” disfrutaba y se excitaba con ello. Así como ahora tampoco era un robo definitivo pues en ningún momento había la intención de apropiárselo. Otra diferencia es que, en el primer sueño, el cuadro aparece ya terminado, mientras que en el segundo se está elaborando, al igual que el proceso analítico que sigue en marcha. Destaca también en el sueño de hoy, el hecho de que existe una valoración más explícita de la feminidad a través del “rojo” del lápiz de labios, al precisar que ese es el color que le conviene, así como por la descripción de una realidad nada plana: la textura del rojo del lápiz de labios, desigual, al igual que su feminidad, irregular, con densidad, con matices. No obstante, el sueño de ahora indica también que la paciente tiene conflicto para el reconocimiento de la diferenciación entre quién enseña y quién aprende. Ciertamente, esta paciente ha aprendido mucho en el análisis, pero han sido muy frecuentes las sesiones en las que ella habla y habla de manera precisa, rica y detallada, como si realmente no necesitara que el analista dijera nada. En parte esto sucede en la sesión de hoy, con el relato del sueño y sus largas y prolijas asociaciones. Quizá por eso, cuando ella apunta el recuerdo del sueño anterior, yo la interrumpo para comunicarle la misma evocación. Es decir, que la vivencia inconsciente que me está haciendo sentir es que no me necesita, que ella podría hacer la sesión sola, sin que intervenga el analista. Pero su respuesta a mi intervención indica que ahora reconoce la ayuda que le presto para aceptar “ver” lo que tiene delante, es decir, que ha habido cambios en ella.
A mi modo de ver, la posición específica que corresponde al analista en su trabajo analítico es el de una actitud de observación de la realidad psíquica, que podríamos denominar según el modelo de la “visión binocular”. Parto de la idea de Bion (1962, p. 86; 1965, pp. 66, 74 y 85) que para “visualizar” la realidad psíquica es necesario dos puntos de vista, el consciente y el inconsciente, que al modo de la visión binocular, cuando se conjugan dan por resultado un visión más completa. Pues bien, en mi opinión, esto es aplicable al considerar las tres modalidades temporales: presente, pasado y futuro; una visión binocular en la que “un ojo” está puesto en el presente y el otro, en el pasado o en el futuro (Pérez-Sánchez, A., 2007, 2010). Y es la alternancia de uno a otro lo que confiere una dinámica enriquecedora de la experiencia.
Bion señala que no siempre la visión binocular está disponible, y entonces es necesaria una escisión (splitting), pero si esta no tiene por objetivo destruir la visión binocular, será pasajera y luego permitirá reunir las partes escindidas (Bion, W. R., 1965, p. 66) lo que comportará la correlación y confrontación entre dichas partes, algo necesario para el trabajo analítico (Bion, W. R., 1970, p. 93). Según lo entiendo, durante un momento de la sesión, observamos desde el punto de vista del presente inmediato exclusivamente, para lo cual escindimos el pasado del paciente e incluso el pasado del proceso analítico; y también escindimos las perspectivas futuras. Sería la conocida fórmula bioniana “sin memoria, ni deseo”. Pero, al momento siguiente, algo de lo que observamos nos evoca, nos mueve al “vértice” del pasado, sea el biográfico del paciente o al de este en el proceso analítico. La confrontación entre uno y otro vértice es imprescindible para establecer el vínculo entre ambos.
La doble visión puede incluir los puntos de vista consciente/inconsciente, paciente/analista, y aún dentro del mismo individuo pueden darse diferentes vértices neurótico/psicótico. Bion advierte que para que este enfoque binocular sea efectivo “el analista debe ser consciente, mientras escucha el material del paciente, de los peligros de sus asociaciones [del analista] con este paciente en particular” (Bion, W. R., 1965, p. 74, traducción APS). En mi opinión, esta doble visión está atenta, por un lado, al material del paciente y, por otro, a lo que ello suscita en el analista, es decir, su tarea
contratransferencial. Como sabemos por el mismo Bion, existe el peligro de saturar el material y pretender que ya lo comprendemos, antes de dar la posibilidad de que se despliegue en la transferencia o en la relación analítica. Pero junto a este riesgo, pienso que las asociaciones del analista movilizadas por el material del paciente pueden ser aportes valiosos para ampliar la comprensión del mismo. Es ahí donde considero que la función analítica se enriquece cuando el analista está abierto a la evocación de material originado en momentos anteriores del proceso analítico.
De manera más específica, la visión binocular nos permite poner en conjunción aspectos distintos del contexto espacio/temporal de la relación analítica. Correlacionar el vértice del paciente, determinado por su visión del pasado, con el del analista, desde el presente, ha constituido la tarea analítica fundamental, mediante el concepto de transferencia, como hemos visto en Freud y Klein. Tal vez ahora, vemos que no siempre es necesaria esa contrastación con el pasado, si es posible establecerla entre los distintos momentos del proceso analítico. Es decir, contrastar el “aquí y ahora” con el “aquí-y-entonces”, y el “aquí y ahora”, con el “aquí-y-después”.
La importancia del “aquí y ahora” en la tarea terapéutica se ha ido imponiendo cada vez más ya que posibilita una comprensión más precisa de la realidad psíquica del paciente, al observarla directamente en relación con el terapeuta, al tiempo que hay más posibilidades de intervención, si se reúnen las condiciones de encuadre adecuadas, para propiciar modificaciones en el paciente. Considero que el “aquí y ahora” es el vértice prioritario desde el cual observar la realidad psíquica del paciente. No obstante, existe el riesgo de fijarnos solamente en la inmediatez de esa realidad y perder de vista otros aspectos importantes del paciente. La inmediatez del “aquí y ahora” obliga a una actitud de “análisis”, es decir, de escrutinio de esa realidad inmediata, dejando de lado, disociando otros aspectos del paciente. En mi trabajo analítico, la reconstrucción del pasado no es el objetivo terapéutico. No obstante, la versión que nos trae el paciente de su pasado requiere de estudio para familiarizarnos con el conocimiento del tipo de objetos internos que habitan su vida mental. De esta manera, podremos detectarlos en su momento, cuando se hagan evidentes en la relación transferencial. Cuando decimos que el paciente trata a su analista como trataba a su madre, por ejemplo, es porque tenemos un conocimiento de su pasado, de cómo el paciente “dice” que la madre le trataba y sus consiguientes reacciones. Pero, además, la cuestión que trato de destacar en este trabajo es que frente al “aquí y ahora” no tan solo existe la alternativa del “allí y entonces” según la consideración clásica, sino que también es importante tomar en cuenta el “aquí y entonces” y el “aquí y después”, es decir, la historia del proceso analítico entre paciente y analista. La comprensión de lo que sucede en una sesión será una adquisición nueva, pero para que se consolide deberá ser comparada en algún momento con lo que ya conocemos. Es decir, que junto a esa actividad de análisis, de escrutinio, de los elementos aportados en un momento determinado, parece necesaria también una actividad de síntesis, que contribuya a la integración de los insights que han ido surgiendo en el curso del proceso analítico. Obviamente, no me estoy refiriendo a hacer un “resumen”, como si se tratara de lecciones a aprender, pero sí a mostrarlo en el momento que surja; como en el caso de mi viñeta, al traer la paciente un sueño que evoca otro de hace años y donde puede apreciarse la evolución experimentada por ella internamente y en la relación analítica.
ABSTRACT
The importance of the “here and now” in the analytic task is emphasized through the direct observation of the interaction between the patient and the analyst, since it allows a more precise understanding of the patient's psychic reality and offers more possibilities for the analyst's intervention —provided that there are the adequate setting conditions— which lead to modifications in the internal world of the patient. I consider the “here and now” as the priority vertex because it transcends the “transferential vertex” that is contained in it. It also points out the need to contrast the “here and now” with other moments of the analytical process, which the current material evokes. It is illustrated clinically, comparing the dream of a patient in the “here and now” with another dream that was worked through some time ago and now is evoked by the analyst.
KEYWORDS: “here and now”, analytic technique, transference.